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La vida de antes hecha museo

La vida de antes hecha museo

REPORTAJES
Actualizado 16/04/2017 17:17

En Navaleno, el Museo de Pedro Delgado contiene más de 2.000 piezas que lo único que pretenden es recordar. “Hay quien no recuerda ni la peseta y no quiero que eso pase. Por eso guardo esto, como una forma de recuperar la memoria, nada de dinero ni beneficio económico”.

Una distracción peculiar la de Pedro Delgado. Este carpintero metálico se dedica en sus ratos libres a coleccionar piezas antiguas que recupera y les da una segunda vida. Así, al acabo de 30 años ha conseguido recabar una colección de más de 2.000 piezas que visitan todos los años entre 900 y 1000 personas que salen maravilladas de allí. “He visto personas mayores salir de aquí llorando, es una gratificación enorme porque se emocionan al ver que los pucheros que tengo aquí son como los que había en sus casas”, cuenta Delgado. Es necesario ir allí para hacerse una idea de toda la memoria que contienen esas paredes. 160 metros cuadrados de historia, de recuerdos que, al entrar, hacen que el visitante se transporte a la forma de vida de unas decenas de años recién idas. “Dentro de un tiempo, como no hagan colecciones de móviles, no sé qué van a hacer”, se lamenta Pedro; que guarda con cariño todos los objetos para que nadie se olvide de cómo era la vida antes.

Ese es su único objetivo. Que no se olvide cómo vivieron sus padres, sus abuelos, él mismo cuando era más pequeño. “Ahora tenemos todo tipo de comodidades, antes tenían lo que tenían”. La vida era de otra manera, es cierto, y a veces se nos olvida. Pero hay personas como este carpintero metálico que dedican su tiempo a recordárnoslo. “Mis padres no tuvieron hipoteca, comían de lo que había y vivían según sus posibilidades, ahora no sé lo que estamos haciendo”. Pero también reconoce que cada uno vive la época que le toca y a nosotros nos ha tocado esta, la de los móviles y la realidad virtual donde todo son comodidades.

Pedro Delgado no quiere ni oír hablar de deshacerse de alguna de sus piezas y se plantea la posibilidad de que algún día, el local se quede pequeño. “Tengo algunas ideas en mente, pero no sé qué voy a hacer cuando no quepa nada más”. De momento va consiguiendo colocar todas las piezas. Y sobre la continuidad del museo, tampoco lo tiene claro, “el día que yo no esté no sé qué pasará con esto, no sé quién se lo quedará”. Pero sí tiene clara una cosa, no le gustaría que se perdiera.

LAS PIEZAS QUE CONSERVA

Más de 2.000 piezas entre las que hay de todo. Va recopilando todo lo que encuentra y que, de no ser así, iría a la basura. Lo expone cuidadosamente colocado en las paredes o en vitrinas al efecto. Un verdadero museo amateur. Conserva piezas que tienen varios siglos, como una rueda con la llanta exterior de madera que calcula será de 1850 ó 1860. “Pero tampoco estoy seguro porque no podemos invertir en fechar todas las piezas, eso costaría mucho dinero”, se lamenta Delgado quien tiene el museo como divertimento propio y al que no le saca rendimiento económico. “También nos falta cartelería para indicar los objetos. Alguna vez, cuando he ido a ferias la he puesto, pero no puedo mantenerla todo el tiempo para todas las piezas”. E incluso su museo ha sido objeto de trabajos de fin de carrera para estudiantes de historia u otras carreras relacionadas. No tiene problema en abrir su museo a quien a él se acerca. Se puede encontrar en él, por ejemplo, todos los útiles necesarios para una buena matanza, objetos de labranza, una herrería completa e incluso la fragua con el fuelle de La Muedra; el pueblo del que desciende por parte paterna. De este pueblo conserva incluso el libro del Juez. Además hay radios, “cacharros de la cocina” y casi cualquier cosa que pueda recordar.

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LA AYUDA DE LOS DEMÁS

Más de 30 años recopilando piezas, la mitad de su vida. Cuando cierran una casa en el pueblo o alguien encuentra algo en un desván, llama a Pedro. “Mis amigos me regalan cosas viejas en mi cumpleaños, ni zapatos ni ropa ni nada. A mí, cosas viejas, que es lo que más ilusión me hace”. Y así, entre todos, han conseguido que Pedro tenga un museo digno de admiración. “A veces, cuando viene alguien a visitarlo y les pongo los tocadiscos antiguos con música se quedan perplejos”. E incluso ha montado una cantina de los años 60.

VALOR ECONÓMICO

“Nunca hemos hecho un estudio del valor económico de las piezas. No tengo ni idea de lo que pueden valer. Yo no quiero ser un anticuario”. No le da importancia económica a las cosas que tiene, simplemente tiene un museo de recuerdos. En él pasa su tiempo libre arreglando y colocando las cosas. “Cuando me canso de verlas de una manera, las pongo de otra y así paso las horas”. Le han ofrecido vender objetos e incluso la colección pero él se niega, “y si no tuviera esto, ¿qué hago? Es mi afición, no quiero convertirla en dinero”. Mantiene el museo de una forma completamente altruista en un local de su propiedad que en los meses de julio y agosto abre al público también como oficina de turismo. No cobra nada por entrar; aunque cada uno puede dejar la propina que desee, si lo desea. Las instituciones no colaboran mucho. “Les diría que han de preocuparse más por las colecciones pequeñas, que aquí en Soria hay muchas. No hace falta invertir mucho dinero, solo ganas”.

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