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Un clásico soriano

Un clásico soriano

OPINIóN
Actualizado 03/01/2018 12:12
Tribuna de invitados

Artículo de opinión de Joaquín Alegre, responsable de la editorial Rimpego.

Nunca anduvo Soria, ciudad y provincia, manca de cantores. El propio libro del que vamos a hacer causa se estrena con unos versos de Miguel Martel, el legendario autor de La numantina: “Curioso oyente que, benigno oído, / benévola atención prestarme quieres / en premio volverás bien instruido / de las sorianas cosas que pidieres”. Y entre los consejos previos al lector (y también viajero), se le propone la compañía de El santero de San Saturio de Gaya Nuño, las Leyendas de Bécquer y, por descontado, las poesías de Machado. Podríamos alargar la lista, pero no es menester, que viene solo al caso de hacer pie para pregonar que de todas esas voces –perseverantes en la encomienda de sanar nuestra ceguera–, la más entonada, la más tersa, la más maciza, la más sugerente es de un paisano de Valdegeña: Avelino Hernández Lucas.

Y si fuera necesario traer en nuestra ayuda el magisterio de Julio Llamazares para refrendar que Donde la vieja Castilla se acaba: Soria es un clásico de nuestras letras; que venga, pues lo rubrica alto y claro en el prólogo. Y eso, voceado en una tierra privilegiada por autores que han hecho de la sobriedad de sus paisajes y de la gravedad de sus gentes un arquetipo literario, es mucho decir.

Avelino Hernández fue (es) un escritor enorme del que tal vez nos estemos olvidando un poco; tan inspirado como laborioso, dejó una admirable colección de títulos y un puñado de obras maestras. De todas ellas, acaso sea esta primera la más sincera, la más rotunda, la más valiosa. Avelino era mozo espigado y, mirando idéntico horizonte, acertaba a ver más lejos. Mismamente: el concepto de ‘España vacía’ que tanta fortuna ha encontrado desde el libro de Sergio del Molino, está recogido –¡treinta años antes!– en Donde... Y es poco discutible que con mayor pulso literario.

Entretenido, perspicaz, profundo, didáctico, jocoso..., el texto de Avelino es eso y más. Bajo el esbozo de panoramas y personajes, late un rumor profundo de desesperanzas, olvidos, pérdidas o derrotas; pero también de sobriedad, dignidad, lealtad y apego. De todo aquello con lo que se forja el ser humano; al fin, protagonista de esta obra. Exhalan sus líneas –como surcos recién caligrafiados– un consejo del maestro portugués Almeida Garrett: “de cuanto veas y oigas, de cuanto pienses y sientas, has de hacer crónica”.

Andando el tiempo, cuando críticos y periodistas le echaban encima el prestigio del libro, el soriano confesó que se había planteado su redacción como un desafío intelectual y que, escapando de la espesa sombra de Viaje a la Alcarria, ahormó un paradigma nuevo. En el ya mentado prólogo, Julio Llamazares revela que le debe a la sugerente prosa de Avelino y a un cárdeno atardecer en la sierra de Alcarama la inspiración para su novela La lluvia amarilla. ¡Qué apoteosis estos nudos literarios entre dos autores tan genuinos!

El libro coral –¡cómo le hubiese gustado!– con el que echamos a andar (Leyendas de León contadas por...) lleva como divisa una sentencia de Miguel Torga: “lo universal es lo local sin paredes”. Cabal definición para quien desde Valdegeña encuentra la bocacalle que sale a la avenida Ancho Mundo. Y allí, de todos los memoriales que puedan traerse en defensa de un territorio y sus gentes, estará Donde la vieja Castilla se acaba entre los más hermosos. Quien pruebe a zambullirse en sus páginas debe quedar advertido: jamás volverá a ver Soria (o tal vez todo) con los mismos ojos. Ese es el poder, ya se ha dicho, de un clásico.

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