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Las Cofradías de Las Caídas y La Soledad procesionan en el Jueves Santo arropados por los sorianos

Procesión de Las Caídas
Procesión de Las Caídas
Actualizado 28/03/2013

La procesión del Vía Crucis de Penitencia que realiza la Cofradía de Las Tres Caídas, ha procesionado este jueves 28 de marzo por las calles de Soria con su paso titular. Este año la predicación de las Caídas fue a cargo de Rubén Tejedor formador del Seminario Diocesano.

A las 23:30 en punto, la Cofradía de la Soledad inició su recorrido desde la ermita del mismo nombre en la Dehesa hasta la Concatedral de San Pedro. Después de muchos años, la Guardia Civil, escoltó a la Virgen, siendo esto junto con la poesía de Manuel Melendo, lo más comentado de la procesión. A pesar de la poca distancia entre la Dehesa y el Casino Numancia, la Soledad, tardó una hora en realizar el trayecto, y es que la procesión del silencio, lleva su propio ritmo pausado acompañando a la Madre de Dios, dolorosa por la muerte de su hijo.

Melendo dio lectura a un poema de Frutos Barral, ante la expectación del numeroso público que aguaraba en los soportales del Collado.

Texto Íntegro de la Predicación de Las Caídas:

Primera caída de Cristo

Hermanos y hermanas;

Cofrades:

Los creyentes nos exponemos a un gran peligro: acostumbrarnos a Dios, a hablar de Dios, a ver a Dios caído y humillado, a verlo crucificado, desnudo y sufriente. Debemos combatir con todo nuestro corazón, especialmente en estos días santos de la Pasión, Muerte y Resurrección, el síndrome del espectador: ver a Cristo, su vida y muerte, como los que miran algo extraño que en nada cambia sus vidas, que no conmueve sus corazones.

En el camino de la Cruz vemos a Cristo caído. Tres veces. No puede más. Y, al mirarlo, al confesarlo como nuestro Dios, como el Amor de los amores, podemos preguntarnos: ¿por qué caes, Señor? ¿qué significan tus caídas? Aunque todavía más podemos preguntarnos: y hoy, Señor, ¿sigues cayendo? ¿dónde eres hoy aplastado por el peso de tantas cruces? Tú, el modelo de todo ser humano, ¿por qué caes? Y en nuestras caídas ¿dónde estás? ¿Dónde estás, Señor, cuando el mundo muere aplastado por el dolor, el sufrimiento, el sin sentido, la guerra o el hambre? ¿Dónde estás cuando los hombres, tus hijos, pasamos de largo dejando tirados en la cuneta de la vida a tantos hermanos nuestros que no pueden caminar bajo el peso de la cruz y, como Tú, caen?

Hoy, hermanos y hermanas, muchos (¡demasiados!) siguen cayendo aplastados por la dureza del camino de la vida, oprimidos por la dificultad de cargar con cruces muy pesadas. Pero, al contemplar a Cristo caído, todos obtenemos una respuesta reconfortante ante la problemática de la vida que, tantas veces, se nos hace muy pesada: ningún camino es fácil pero, con Dios, TODO camino es bello. Las caídas de Cristo camino del Calvario culminaron con la bellísima mañana de la Pascua de Resurrección.

Esta primera caída del Señor ¿qué puede decirnos a nosotros? ¿qué simboliza? Simboliza a aquellos que, sin la luz y la fuerza de la fe, caminan aplastados por cruces a las que no encuentran sentido. Hoy, la gran tentación, es la de vivir como si Dios no existiera, forzando el silencio de Dios. Jamás podemos olvidar que para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado; ¡para la libertad! Fe, libertad, verdad, belleza, misericordia son conceptos inseparables. La fe no nos oprime, no nos esclaviza, no nos amarga interiormente ni nos aleja de la realidad; ¡al contrario! Nos libera de nuestros demonios interiores; nos hace realmente libres; nos nutre de una alegría indescriptible: la de sabernos creados por amor y amados como hijos.

Por eso, hermanos, cada día debemos aceptar y ofrecer al auténtico Dios (el Dios liberador, Padre, misericordioso) y preferirle antes que todo. Dios conforta siempre a aquél que le busca, a aquél que le elige, a aquél que le ama. La vida cristiana no está exenta de cruces, es verdad, no es fácil pero es bellísima; de ella nace la alegría de saber que Jesús se ha abajado a caminar con nosotros, es nuestro amigo, nuestro hermano, el que ilumina nuestro camino. No seáis nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas sino de haber encontrado a una persona, Jesús, que está entre nosotros; nace del saber que, con Él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables (cfr. Homilía del Domingo de Ramos del Papa Francisco). Que ninguna caída en la vida, que nada ni nadie os robe la alegría de la fe.

Segunda caída de Cristo

Hermanos y hermanas;

Cofrades:

Heráclito, filósofo simpático y extraño como pocos, apodado el oscuro, se retiró a la montaña a contemplar el logos, cediendo a su primo todos sus títulos nobiliarios. Allí él escribió: el que no espera lo inesperado, no lo encontrará. Desgraciadamente, nosotros esperamos sólo lo que esperamos, esperamos lo esperable.

Al contemplar a Jesús abrumado por el peso de la cruz y caído por segunda vez, pienso en tantos hermanos y hermanas nuestros caídos bajo el peso de la desesperanza; pienso en tantos que actualmente caen exhaustos por la falta de esperanza.

Siguiendo la genial idea de Heráclito, al contemplar al Señor que yace en el suelo, cansado, roto de dolor, casi exánime, me atrevo a lanzaros un desafío: no pactéis, no pactemos con la mediocridad. No podemos pensar que nosotros, las cosas o situaciones menos bellas o injustas que nos rodean no pueden cambiar. ¿De qué habrían servido las caídas de Cristo y su muerte en la cruz si éstas hubieran sido en vano? ¿por qué la muerte del más puro de los nacidos de mujer si, tras el tormento de la cruz, todo hubiera seguido igual? Hermanos y hermanas, la segunda caída de Cristo (¡y su fuerza para levantarse, nacida de la esperanza en su Padre Dios!) nos invitan a esperar, a confiar, a una esperanza activa, no pasiva; a una esperanza que nace de Dios y cambia los corazones, los horizontes oscuros, las situaciones de pecado e injusticia.

Esperar a pesar de los nubarrones negros que tantas veces atenazan nuestra vida y al mundo entero. ¿Sabéis? Las violetas crecen en la oscuridad y, sólo al ser pisadas, desprenden su mejor olor. ¡Seamos igual! Con la ayuda de Dios seamos capaces de desprender la mejor de las sonrisas, la más hermosa ternura, un gesto de paz o misericordia, una lágrima esperanzada cuando todo parece tambalearse bajo nuestros pies.

¡Cuánta gente en el mundo sin esperanza! ¡Cuántos a nuestros alrededor que la han perdido o a quienes se la han robado! Hermanos nuestros privados de su dignidad de personas e hijos de Dios, que sufren, que viven en la pobreza, que son marginados o maltratados, que no tienen recursos (¡ni siquiera un hogar donde poder llorar!) tantos, en fin, que no encuentran un sentido ni al vivir ni al morir. ¿Cuál es nuestra respuesta ante tantos caídos bajo el terrible peso de la desesperanza? ¿qué tiene que decirles Cristo y su Iglesia a estos hijos que esperan una palabra de esperanza? Ésta es la respuesta: ¡Vive seguro en las manos de tu Alfarero! ¡Dios no te ha olvidado! ¡Dios te ama! ¡Dios está contigo! ¡No tengas miedo y ábrele de par en par las puertas de tu corazón! ¡No pierdas la esperanza pues para Dios nada hay imposible! Mirémoslo, contemplemos a nuestro Salvador que, antes que nosotros, se vio aplastado por el peso de la cruz, del sufrimiento, de la injusticia pero que siempre supo que su Padre del Cielo caminaba a su lado y le sostenía en tan terribles trances. Hermanos y hermanas: miremos al Cielo, llenémonos de la esperanza que nadie nos pude quitar (la de sabernos amados por Dios) y llevemos esta dulce alegría a la vida de tantos que, como Cristo en esta tarde, caen aplastados por el peso de una vida o de una muerte en las que parece haberse apagado hasta la última luz, la de la esperanza.

Tercera caída de Cristo

Hermanos y hermanas;

Cofrades:

Un día, la Madre Teresa de Calcuta se acercó a una mujer moribunda traída al hospital minutos antes. La Madre Teresa levantó la sábana que cubría a la enferma y quedó horrorizada pues, aquella mujer, aún siendo joven, no parecía un ser humano. La Madre Teresa, aún sabiendo que todo era inútil, la trató con mil atenciones. La moribunda la miró con ojos desorbitados y, con voz apagada, le preguntó: ¿Por qué haces esto? La Madre Teresa le respondió: Porque te quiero. Un destello de felicidad iluminó el rostro de la moribunda, que le suplicó: Por favor, dímelo de nuevo. Yo te quiero, repitió la Madre Teresa. La moribunda, apretando las manos de la Madre Teresa entre las suyas, murió sonriendo y con sus manos entrelazadas a las de la beata de Calcuta.

¿Para que sirve la vida si no es para darla? Dios, hermanos y hermanas, nos llama a hacer realidad en la Tierra el amor eternamente presente en el Cielo. ¡Y cuánta necesidad tenemos! ¡Cuánto amor precisa este mundo que ha dado la espalda a Dios y a sus preferidos, los pobres, los que no cuentan, los que sufren, los que se salen de los esquemas de una sociedad profundamente inhumana! Al contemplar caer a Cristo por tercera vez contemplamos en su rostro, en sus llagas, en su dolor a tantos hombres y mujeres (niños, ancianos, marginados, excluidos) sin rostro, atravesados por la peor llaga: la falta de amor.

Habiendo amado a los suyos [] los amó hasta el extremo nos recuerda el evangelista San Juan. Miramos caído a Cristo y reconocemos en Él al Corazón traspasado de amor, amor infinito, sin extremo, sin límite, total. ¡Y tanto amor nos apremia, nos interpela, nos golpea la conciencia! Sí, nos mueve a amar a Dios pero no mediante ritos vacíos; nos impele a vivir, llevar y derramar el amor de Dios; nos recuerda que el amor es el mejor disolvente contra el egoísmo que, tantas veces, encadena nuestras vidas.

Pero, a la par, contemplar al Amor caído bajo el peso de la cruz, nos recuerda que (como la fe y la esperanza) nuestro amor debe venir rubricado por las acciones. ¡De qué poco sirve hablar y predicar del amor, de la compasión, de la misericordia, del perdón si no los practicamos! No, hermanos y hermanas, el amor recibido de Dios (que nos sostiene y plenifica) debe verse plasmado en el amor al prójimo ¡a TODO prójimo! ¡Y cuánto desamor contemplamos a nuestro alrededor! Hijos no queridos, padres apartados como viejos cacharros, hombres y mujeres olvidados de todos, familias rotas

¿Qué podemos, qué debemos hacer ante tantos crucificados en la cruz del desamor? Podemos y debemos hacer mucho: imitar a este Cristo Jesús que muestra su amor, de forma inequívoca, igual a enfermos que a sanos; igual a pobres que a ricos; igual a jóvenes que a ancianos; igual a aquellos que eran del pueblo de Israel como a aquellos que eran extranjeros, gentiles. En esta actitud del Señor encontramos un buen toque de atención para todos, creyentes o no, pues el amor no conoce de fronteras, ni de distinciones, ni de clases, ni de colores al revés, se hace más solícito, más abundante, más generoso con aquél que más lo necesita ¿y el nuestro? ¿cómo es nuestro amor y a quién amamos o estamos dispuestos a amar?

Al contemplar caído a Cristo por tercera vez, os invito y me invito a que cada uno hagamos la promesa firme y solemne de que, de ahora en adelante, redoblaremos esfuerzos por vivir el amor como Cristo nos enseñó. Que nunca conscientemente desearemos o haremos el mal a los demás con pensamientos, palabras u obras, cualesquiera que sean las circunstancias; que jamás permitiremos que el odio, el rencor o la envidia aniden de cualquier manera en nuestro corazón. Que nunca nos permitiremos juzgar la persona de los demás. Nadie, sino sólo Dios, conoce las intenciones más secretas del corazón. Por el contrario, intentemos pensar siempre bien de nuestros hermanos; formemos un corazón capaz de amar a todos, de comprender y perdonar al hermano caído o a aquel que nos ha herido. Ojala seamos capaces de tratar a los demás, en definitiva, con el mismo amor, la misma paciencia y comprensión con la que Cristo, caído por amor a nosotros, nos ha tratado a cada uno.

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