OPINIóN
Actualizado 16/02/2017 11:02:35

Artículo de Roberto Vega

En los comienzos de la gran vaguada entre el Castillo y el Mirón había una tienda de barrio que abría casi todos los días del año. Encontrabas de todo lo necesario un poco y tenías asegurado algo que necesita el ser humano: una sencilla conversación.

Alfredo se ganaba la vida aquí y aquí acudían los vecinos a comprar el pan, la leche y las hortalizas, las patatas de Coscurita, la fruta de Calatayud, los dulces de Serón de Nágima, agua y refrescos varios, mientras la radio estaba encendida y el rato de soledad del amable tendero se suavizaba con los que entraban y con los que salían.

En la gran vaguada entre las laderas poéticas del Mirón y las laderas verdes del Castillo (que algún político municipal, o supramunicipal, supo reforestar con un acierto descomunal y perspectiva hace unos tres cuartos de siglo) va latiendo la vecindad, acaban de podar los aligustres, a nuestros jóvenes los tenemos que acercar hasta la estación de autobuses porque estudian fuera, hemos visto sobrevolar al águila real por el Parque Natural del Duero, las mujeres dan largos paseos por el Sotoplaya cuando hace bueno y a la tiendecita, que manifiesta nuevo impulso comercial y cuenta con una nueva dueña, la Escuela de Artes y Oficios Artísticos ya le ha transformado los cristales.

Viva usted en la zona antigua. La tiendecita tiene nombre, va organizando su escaparate con decisión y ya lo dije al comienzo: encuentras de todo lo necesario un poco.
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