CAPITAL
Actualizado 25/03/2019 12:11:15

Una veintena de autores de capital y provincia particia en el sumario de la edición 129-130.

Enrique Andrés Ruiz, escritor y crítico de arte, será el encargado de dar a conocer mañana martes día 26 de marzo en Soria la nueva entrega de la revista TURIA. El acto, que se desarrollará a las 19,30 horas en el Círculo Amistad Numancia – Casino de Soria, está abierto al público y con él se pretende rendir homenaje al escritor soriano Julio Garcés (1919-1978), con motivo de cumplirse este año el centenario de su nacimiento. El objetivo de TURIA es rescatar del olvido y difundir la figura y la obra de este valioso y poco conocido autor que vivió muchos años en Perú. Conviene destacar que tanto el Ayuntamiento como la Diputación de Soria han apoyado económicamente esta iniciativa cultural y la han hecho viable.

Enrique Andrés Ruiz (Soria, 1961) es el principal estudioso de la literatura de Julio Garcés, de ahí que se haya encargado de coordinar el monográfico que TURIA dedica a un autor secreto para muchos lectores y que merece la pena ser redescubierto hoy. Una labor de la que se encargan un conjunto de 15 reconocidos especialistas y escritores. Las 150 páginas que Julio Garcés protagoniza en TURIA puede decirse que constituyen la más plural, completa y atractiva aproximación que sobre su trayectoria y su obra literaria se ha publicado nunca.
En TURIA, Enrique Andrés Ruiz ha tenido una presencia frecuente. Bien como autor de varios textos ensayísticos o de poemas, así como de críticas de libros. Destaca su intervención como coordinador del monográfico que la revista dedicó a Ramón Gaya, o los que en los últimos años se han editado bajo la denominación de “Letras de España y Portugal”, “Letras de España y México” y “Letras de España y Perú”. Su primera colaboración publicada en TURIA data de febrero de 1993 (nº 23) y fue el poema titulado “Contra el álbum de Peñíscola”.
Enrique Andrés Ruiz ha sido colaborador en los diarios “ABC” y “El País”. Como poeta, su libro más reciente es “Los verdaderos domingos de la vida” (Pre-Textos, 2017). Entre sus ensayos destacan “Vida de la pintura” (Pre-Textos, 2001), “La tristeza del mundo. Sobre la experiencia política de leer” (Encuentro, 2010) o “La carroña. Ensayo sobre lo que se pierde” (Pre-Textos, 2017). Es autor, asimismo, de la antología “Las dos hermanas. Antología de la poesía española e hispanoamericana del siglo XX sobre pintura” (FCE, 2011).

Una labor de puente cultural entre territorios

La revista TURIA, que tras 35 años de trayectoria ha conseguido de situar a Teruel en el mapa literario dada su difusión nacional e internacional, continúa ejerciendo su labor de puente cultural entre territorios. Buena prueba de ello es que, en este nuevo número, Soria
es la gran protagonista. Y es que, además de grandes nombres propios de las letras españolas y universales, participan cerca de 20 autores sorianos en las distintas secciones de la publicación. Entre ellos se encuentra el pintor José María Herrero Gómez (Soria, 1961), que es el autor de las ilustraciones que protagonizan la portada y el interior de TURIA y que reside actualmente en Tenerife, donde ejerce como profesor en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de La Laguna.
Muy relevante es también la presencia de otras dos personalidades vinculadas a Soria: el escritor austríaco Peter Handke, del que TURIA publica un fragmento inédito de su nueva novela así como un artículo sobre su obra, y el geógrafo y escritor español Eduardo Martínez de Pisón, director del Instituto del Paisaje de la Fundación Duques de Soria, que es objeto de una amplia entrevista exclusiva.
También participa, en el apartado que TURIA dedica a la narrativa, uno de los más reconocidos escritores españoles actuales: el soriano J.A. González Sáinz, que publica un texto inédito titulado “Diario de la ausencia”. Verónica Fernández, una de las más acreditadas y prólificas guionistas de nuestro cine, es la autora de otro texto inédito para la revista: “Matarrasa”, un fragmento de una futura novela en marcha.
En el monográfico sobre Julio Garcés, además del ya citado Enrique Andrés Ruiz, escriben sorianos como Fermín Herrero, Víctor Angulo, Marian Arlegui, Antonio Ruiz Vega y Marco Antonio Garcés, hijo del autor homenajeado por la revista.
Sorianos son también poetas como Silvano Andrés de la Morena, María Ángeles Maeso, César Ibáñez París, José María Martínez Laseca, Isabel Miguel, Carmen Ruth Boillos y Jesús Gaspar Alcubilla. Todos ellos participan con textos originales en la sección que TURIA dedica a la poesía y en la que sus versos se suman a algunos de los más conocidos poetas actuales.
No faltan tampoco autores de Soria en “La Torre de Babel”, sección que TURIA dedica a la crítica de libros. En esta ocasión, Juan A. Gómez Barrera escribe sobre Concha de Marco, con motivo de su libro “La patria de otros. Memorias de una mujer libre”
TURIA es una revista cultural editada por el Instituto de Estudios Turolenses de la Diputación Provincial de Teruel. Fue fundada en 1983 y se distribuye a nivel nacional e internacional por suscripción. Cuenta con el patrocinio del Ayuntamiento de Teruel y del Gobierno de Aragón. Actualmente cuenta con ediciones en papel (con una periodicidad cuatrimestral) y en formato digital (web y Facebook).

Julio Garcés escribe sobre Bécquer en Soria


Entre los textos que TURIA redescubre de Julio Garcés, se encuentra una interesante colaboración periodística sobre la presencia de Bécquer en Soria. Fue publicado, bajo el título de “La flor en el páramo”, el 22 de diciembre de 1970 en el diario “La Vanguardia”:

La flor en el páramo

Julio Garcés


“Tanto aplazar mi propósito, que creo que nació al mismo tiempo que mi vocación literaria, de escribir algo sobre Casta, que he tenido que superar el medio siglo y esperar a que se cumpliera el centenario de la muerte de su marido, para hacerlo. Y hacerlo con prisas, desdé Lima, huérfano de papeles, con luz muy diferente de la de mi Soria, de la de la Soria de los últimos años de Gustavo Adolfo Bécquer.
Tendré, primero, que presentarme; tendré que mostrar los títulos que me hacen atreverme a hablar hoy del dulce huésped de las nieblas. Sólo un apellido separaba a mi padre de Casta Esteban Navarro, prima, carnal de su madre. Puede parecer esto un tanto remoto, pero las familias tienen una extraña memoria, y el tener algo que ver nada menos que con Bécquer, le dio a mi infancia un cierto toque literario. Cuánta .responsabilidad tuvo ello en mi destino, es algo que habría que ver.
Vivo por el ancho mundo, ya he dicho que sin papeles a cuestas, pero siempre me acompañan algunas cosas que me vinculan, que me anclan á mi pasado. Ahora mismo, tengo ante mí esta “caja de fumar”, la “caja de Bécquer”. Es negra, laqueada, con su cajoncito secreto; dentro de ella, la pitillera, las pinzas para sostener el cigarrillo, el cerillero, el encendedor con su larga mecha de colores muy vivos todavía, son de un oro pálido. Barroca hasta el paroxismo, la tradición familiar dice que perteneció a Gustavo Adolfo y que éste se la obsequió a mi bisabuelo- Juan José, tío de Casta, como muestra de gratitud por haberle conseguido un empleo en “Pósitos” de Soria. Creo que la tradición falla en esto último, pues no sé de ninguna otra fuente que hable de tal empleo, pero no hay nada que se oponga a que mi caja adornara el hogar soriano del autor de las Rimas.
Son tantos los biógrafos de Bécquer que, repitiéndose, hablan de su nada feliz ni fácil vida matrimonial, que esto se ha convertido en un axioma. Pero yo quiero rendir mi homenaje á Gustavo Adolfo en este centenario de su sueño recordando a su compañera, a la mujer de cuya mano bajaba en Soria de la diligencia de Sigüenza, a la que con él cruzaba el mar de rastrojos del Campo de Gómara y bebía en las fuentes de Noviercas, a la sombra de la torre árabe, el agua recién nacida en el Moncayo. Casta, la que “prestaba nueva vida y esperanza” a su corazón para el amor ya muerto”, la que crecía en el desierto de la vida del poeta como una flor en el páramo, fue el único objeto amoroso tangible que tuvo en sus manos y en su vida el pobre Bécquer, el pobre soñador de amor. Al menos, durante sus temporadas sorianas, entre 1865 y 1869, Casta le dio a Gustavo Adolfo algo que nunca había tenido: una vida burguesa, lenta en un paisaje espiritual inédito.

El doctor Esteban

Aunque se trate de pequeña historia, quiero recordar aquí que Casta Esteban era hija de un médico soriano -acaso agredeño-, residente en Madrid. Su madre, María Antonia, sí era de Ágreda, en cuya Plaza Mayor, al costado del Ayuntamiento, su hermano Juan José era una especie de cacique rural, fue diputado y, aparte de algunas tierras en el término de Ágreda -recuerdo de mi infancia 'La Funcullería'-, en su mayorazgo de Noviercas poseía también alguna casa y fincas, razón esta de las temporadas pasadas por los Bécquer en aquel lugar.
El doctor Esteban se dedicaba a la oftalmología y a su consulta acudió Gustavo Adolfo para algo menos romántico que sus pulmones. Allí conoció a Casta y desde entonces, aparte de su entrañable hermano Valeriano, los Esteban y los Navarro fueron su familia. Y tenemos que alegrarnos por ello, ya que por ese camino llegó Bécquer a ta tierra de Soria y pudieron nacer sus leyendas más bellas, su “Monte de las Ánimas”, su “Rayo de Luna”, “Los ojos verdes”, “El Gnomo”, “La corza blanca”. Estas fueron casi mis primeras lecturas, hechas en sus paisajes de San Juan de Duero, de Almenar, de Beratón, de las faldas del Moncayo y asomado a mi ventana de San Polo, esperando siempre oír sonar las espuelas de los Templarios junto a mi cama.
En la casa que compartía con él su hermano Valeriano en Soria, en la calle del Marqués de Vadillo, frente a la del Barón de Velasco, pintó éste un bello retrato de su mujer, Rafaela Navarro, que aún tiene mi familia, y otro de la suegra del poeta, María Antonia, hermana mayor de aquélla, cuyo paradero desconozco hoy. Hablo de esto para insistir en la vida familiar, provinciana, de Bécquer por aquellos años (los retratos son de 1866), en los que veo un remanso de felicidad en su permanente melancolía.

La pobre Casta

Pero te pobre Casta siempre ha tenido mala prensa. Se ha dicho de ella que era incapaz de comprender a un espíritu como el de su marido, que era un ser antillterario -sin recordar su único, pero más que discretamente escrito libro-, se ha pintado de ella un retrato de pequeña burguesa pueblerina -sin advertir que, ya viuda, en su tiempo, “se atrevió a ir a París”-, se ha hablado de su afán de seguridad -sin pensar en su triste muerte en una sala común del Hospital de Madrid.
Pero no se trata de una polémica, sino de recordar a Gustavo Adolfo Bécquer en la figura de la mujer que, con amor, cerró sus ojos hace hoy cien años”.

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