Romería a la atalaya de Quintanilla de Tres Barrios./ @Leopoldo Torre
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PROVINCIA
Actualizado 01/06/2019 20:23:31

No suele ser la tónica predominante, pero este año la climatología se tornó benigna y le dio candor a la tradición. Quizá porque cayera en un día atípico de junio, cuando lo normal suele ser mayo. La conmemoración se corresponde con la fecha de la Ascensión, a la que se vinculaba el día de la víspera en la que antaño tenía lugar la segunda fiesta del pueblo.

De buena mañana empiezan los preparativos y la organización para que todo salga lo mejor posible. Colaboración y normas a seguir en la antesala del comienzo de los actos. Salida de la iglesia en procesión portando las imágenes, la Virgen y sus padres, y las insignias hasta la ermita, donde se celebra la ceremonia de la misa y el popular canto de la Salve. Fe y devoción por la fiesta de la patrona, la Virgen de la Piedra.

Acabado el acto religioso tiene lugar la romería a la Atalaya, en la que sólo suelen participan los varones, las mujeres regresan al pueblo. La Virgen queda en la ermita, templo al que está dedicado. El pendón, la Cruz, el santo Cristo y el estandarte presiden la comitiva como testimonios que acompañan al séquito durante todo el trayecto, distante un par de kilómetros. Por momentos transcurre en procesión cantada. El Ora pro nobis, Kyrie eleison, Christe exaudi nos, Miserere nobis y demás resuenan en la plácida mañana. Letanía a los santos, patriarcas y profetas en un entorno ambiental al que se suma el cántico espontáneo de las aves y el repique a vuelo de las campanas ensalzando el momento. Una imagen pintoresca la que surca un camino cargado de tradición y de historia.

Se desconoce a ciencia cierta el motivo de esta peculiar romería. ¿Religiosa, bélica, petición de súplica para el campo o simple festividad? ¿Por qué éste y no otro paraje? No en todo el trayecto se sigue la misma devoción. Hay momentos en que se vuelve distendida en amena charla hasta las proximidades de la cima de la torre, cuando de nuevo se enarbola el pendón y las insignias y el tañido del volteo de las campanas torna de nuevo a romper el eco ambiental.

Los campaneros, protagonistas de la esencia de esta tradición. Un arte el del toque y repique de las campanas que debiera permanecer vigente como patrimonio inmaterial. Precisamente en esta ocasión las campanas sonaron compungidas por la muerte reciente de uno de los campaneros, Benito García Barral. Sirvió como homenaje.

Desde el promontorio de la Atalaya la vista se recrea con la inmensa panorámica que se aprecia sobre el extenso horizonte. Un deleite. Si acaso lo enmaraña durante unos momentos la esporádica humareda con olor a carne asada mezclada con el aroma a cantueso y tomillo. Un placer para el gusto y los sentidos. Se cuece el almuerzo, se preparan las mesas y se da rienda suelta a las viandas. Familias, grupos, amigos, ya sean del pueblo o forasteros, se prestan a degustar los sabores del menú, rociados con el vino tinto de las bodegas del pueblo.

En el pasado, y al parecer sólo y exclusivamente en este día y acto, el vino se bebía en copas de plata patrimonio del Ayuntamiento, que pasaban de boca en boca entre el grupo asistente. Cuentan que a los forasteros también se les ofrecía pero por la cavidad de la base de la copa.

Sienta bien el almuerzo en el campo en grata compañía, tiempo apacible y un espléndido paisaje que admirar. Solos, a sus anchas, sin presencia de mujeres, muchas de las cuales siguen reacias a participar considerando que la tradición a la Atalaya es cosa de hombres. Se lo pierden.

El regreso es un calco al de la subida, si acaso con los ánimos un poco más encandilados. El entorno de la Atalaya, fuera ya de escena, volverá a ser protagonista al día siguiente porque pasará, con punto de repostaje, la ruta ciclista del Niskalo que parte de El Burgo de Osma.

La atalaya islámica de Quintanilla de Tres Barrios fue construida en el siglo X y se halla ubicada en la línea fronteriza del valle del Duero. Erigida en un promontorio a mil metros de altitud, fue escenario de contiendas entre moros y cristianos por el dominio de la tierra. Junto a ella pasa la cañada Real, y en el mismo entorno que dio lugar a un largo pleito entre el concejo del pueblo y el Honrado Concejo de la Mesta por el predominio de un terreno colindante. Litigio que la Chancillería de Valladolid fallaría finalmente a favor de los vecinos por considerar que dicho terreno era de propiedad comunal por donación que le haría al pueblo la condesa Sancha de Castilla, mujer del conde Fernán González. Nos hallamos en el siglo XVI. ¿Pudiera ser éste el motivo de la celebración? Lo sea o no, el día de la Atalaya viene marcado en la hoja del calendario de este pueblo como la tradición con más realce de cuantas se celebran. Una fiesta de prestigio.

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