PROVINCIA
Actualizado 12/01/2026 14:43:57

El incendio provocado por las tropas napoleónicas en 1811 redujo a ruinas el palacio de Berlanga de Duero, conservándose hoy solo su fachada renacentista. El suceso bélico culminó un proceso de deterioro iniciado en el siglo XVII tras la marcha de los marqueses a Madrid.

El incendio provocado en 1811 por las tropas napoleónicas en Berlanga de Duero no fue un simple episodio bélico, sino el golpe definitivo que transformó para siempre la fisonomía de la villa. Aquel fuego, desatado en plena Guerra de la Independencia, explica la singular fragilidad que hoy presenta su palacio señorial, del que apenas se conserva la fachada principal como testigo mudo de su antiguo esplendor.

Durante siglos, este edificio funcionó como el auténtico eje político, económico y simbólico de la localidad. No se trataba de una construcción más dentro del entramado urbano, sino del elemento que organizaba el espacio, concentraba el poder señorial y definía la jerarquía del territorio. Sin embargo, la imagen que el visitante contempla hoy es el resultado directo de una destrucción sistemática que culminó a principios del siglo XIX, aunque la decadencia del inmueble había comenzado mucho antes.

El deterioro del conjunto monumental no se puede atribuir exclusivamente a la guerra. El palacio ya arrastraba graves problemas estructurales derivados de un largo periodo de abandono. El punto de inflexión se produjo a comienzos del siglo XVII, cuando los marqueses trasladaron su residencia habitual a Madrid. Esta decisión provocó que la inversión en el mantenimiento del edificio disminuyera drásticamente. Aunque el palacio mantuvo su estatus como símbolo de poder, dejó de ser una residencia viva para iniciar un lento proceso de degradación, quedando relegado a un segundo plano frente a la fundación de nuevos conventos y otras intervenciones religiosas.

La llegada de las tropas francesas en 1811 supuso la sentencia final. Tras la retirada de las fuerzas españolas, la ocupación de la villa por el ejército napoleónico trajo consigo saqueos y una estrategia de intimidación que incluyó el incendio deliberado del palacio. Las llamas arrasaron las cubiertas, los interiores y las estructuras portantes, reduciendo el edificio a una ruina histórica de la que solo se salvó la fachada renacentista. Este frente, construido en piedra de sillería con tres plantas y galería superior, resistió gracias a su solidez constructiva, no a una restauración temprana, convirtiéndose en uno de los mejores ejemplos de la arquitectura señorial del siglo XVI en España.

Tras el desastre bélico, el expolio continuó durante décadas. Los materiales del palacio y del castillo anexo fueron reutilizados en otras construcciones, acelerando la pérdida de las estructuras restantes. A finales del siglo XIX, el castillo era poco más que un esqueleto de piedra y el palacio había quedado definitivamente inutilizado. Esta compleja historia explica las dificultades actuales para intervenir en el monumento: el objetivo ya no es reconstruir, sino consolidar lo existente y frenar el deterioro.

La recuperación del espacio no comenzó hasta el siglo XXI, cuando el Ayuntamiento de Berlanga de Duero adquirió la titularidad de todo el conjunto monumental. Entre los años 2004 y 2005 se ejecutaron las primeras actuaciones serias de conservación destinadas a proteger y consolidar los restos. Hoy, entender el incendio de 1811 es indispensable para comprender la realidad patrimonial de Berlanga, un pueblo cuya forma urbana y monumental sigue condicionada por aquel momento de violencia histórica.

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