Un nuevo estudio del CETAMS identifica la ciudad celtibérica de Arekorata con la actual villa de las tres culturas, descartando la ubicación tradicional en Muro. La investigación se basa en evidencias numismáticas y filológicas.
Un reciente estudio publicado en la revista científica del Centro de Estudios de la Tierra de Ágreda y el Moncayo Soriano (CETAMS) concretamente en su número 25, de 2025, aporta nuevas evidencias para resolver uno de los grandes enigmas de la historiografía celtibérica. Se trata de la localización de la ciudad prerromana de Arekorata. La investigación concluye que la antigua ciudad celtibérica debe identificarse con la actual Ágreda, descartando definitivamente su tradicional vinculación con la localidad vecina de Muro.
Realizado por un grupo multidisciplinar de investigadores, el trabajo integra de forma rigurosa datos numismáticos, arqueológicos, históricos, lingüísticos y toponímicos, ofreciendo una visión de conjunto que reabre un debate estancado durante décadas. El equipo está formado por L. Javier Navarro Royo, Carmelo Campos Cacho, Javier Palacios Moya, Óscar Bonilla Santander, Miriam Pérez Aranda y Ángel Santos Horneros.
Arekorata fue un asentamiento fortificado (oppidum) celtibérico de primer orden, como demuestra el extraordinario volumen de monedas de plata y bronce que acuñó entre los siglos II y I a. C. Estas emisiones monetales, reservadas únicamente a centros urbanos con control político y territorial, sitúan a Arekorata entre las principales ciudades de la Celtiberia oriental, plenamente integrada en la red de pactos con Roma tras las guerras celtibéricas.
El estudio expone que los restos arqueológicos documentados en Muro —la antigua Augustóbriga romana— son cronológicamente posteriores a las primeras acuñaciones de Arekorata. Esta diferencia de medio siglo invalida la hipótesis de que ambas ciudades se superpongan, una idea ampliamente aceptada hasta ahora.
Frente a ello, la actual villa de las tres culturas presenta indicios arqueológicos dispersos pero coherentes de ocupación durante la I y II Edad del Hierro, compatibles con la existencia de un gran núcleo indígena, aunque aún pendiente de excavaciones arqueológicas más robustas enmarcadas en un proyecto científico.
Uno de los pilares del estudio es el análisis de la evolución etimológica del topónimo. Aunque no se conservan documentos intermedios, los cambios fonéticos necesarios para pasar de Arekorata a Ágreda se ajustan plenamente a los procesos conocidos del latín tardío y el romance medieval. La continuidad territorial del nombre refuerza esta identificación, considerada hoy la más sólida desde el punto de vista filológico.
Las conclusiones del artículo sitúan a Ágreda como heredera directa de una de las ciudades celtibéricas más relevantes del valle del Ebro interior. Los autores subrayan la necesidad de futuras campañas arqueológicas en el casco histórico y su entorno, que permitan confirmar materialmente y de manera concluyente esta hipótesis.
Este descubrimiento no solo enriquece el conocimiento sobre la Celtiberia, sino que refuerza el valor histórico y patrimonial de Ágreda como enclave clave desde la Antigüedad hasta la Edad Media, un enclave estratégico que, por su posición fronteriza entre Castilla, Aragón y Navarra, lo que le valió el sobrenombre de la villa de las tres culturas por la convivencia de comunidades cristianas, judías y musulmanas y que, hoy en día, destaca como conjunto histórico-artístico que articula su demarcación, combinando su legado medieval, renacentista y barroco con su papel como centro de servicios y referencia cultural del entorno del Moncayo.