La localidad soriana vio desbaratada su paz habitual con un asesinato que terminó con la ejecución de los ocho autores del delito en El Burgo de Osma.
El 13 de noviembre de 1882, la tranquilidad habitual de Santa María de las Hoyas se vio truncada por un suceso que conmocionó a toda la provincia, que podría haber formado parte, perfectamente, de la serie de los Peaky Blinders o de la película que se estrena hoy: 'Peaky Blinders: El hombre inmortal'. La víctima fue Pedro Muñoz, un rico propietario y teniente de alcalde en funciones de 74 años, conocido por su carácter severo y su fortuna acumulada a través de diversos negocios.
El trágico episodio fue orquestado por Eugenio Olalla, un antiguo criado del fallecido que, tras abandonar su puesto por desavenencias con su patrón, emigró para trabajar en las minas de Bilbao. Desde allí, planificó un asalto que prometía cuantiosas sumas de dinero a quienes le acompañaran en la empresa criminal. La banda, compuesta por ocho hombres armados, se desplazó desde el País Vasco hasta la provincia de Soria. Tras permanecer ocultos durante tres días en la vivienda de un familiar del cabecilla, ejecutaron un plan que terminaría con el asesinato del hacendado y el robo de sus bienes más preciados.
El asalto comenzó en torno a las 18:00 horas, cuando los delincuentes penetraron en la vivienda tras inutilizar la cerradura de la iglesia local para evitar que los vecinos tocaran las campanas. En el interior de la casa se encontraban el propietario junto a su esposa, Brígida Álvarez, y una antigua sirvienta de 91 años. Los asaltantes, que vestían pantalón corto y boina encarnada, maniataron a los presentes y exigieron la entrega de todo el oro y la plata. Tras registrar los baúles y apoderarse de un importante botín, que incluía monedas de oro y 7.000 reales en plata, el cabecilla golpeó y disparó mortalmente al anciano propietario.
Las graves heridas sufridas durante el asalto provocaron el fallecimiento de Pedro Muñoz en las primeras horas del 14 de noviembre. El médico titular de la localidad, Luciano Navazo, fue el encargado de asistir a la víctima durante su agonía, un hecho que posteriormente generaría tensiones durante la investigación.
La rápida intervención de la Guardia Civil, acompañada por varios vecinos del municipio, permitió la captura de los implicados apenas un día después del crimen. Los agentes localizaron a los sospechosos en el cercano caserío de Santa Inés, divididos en dos viviendas diferentes.
El grupo de detenidos estaba formado por ocho individuos principales, además de varios cómplices que facilitaron su ocultación en los días previos. Los arrestados por su participación directa en el asalto fueron: Eugenio Olalla (cabecilla y antiguo criado de la víctima); Miguel García Acero; Raimundo Campo González; Ramón José Méndez Peña; Pedro Pascual López; Ildefonso Izquierdo González; Pedro Diez Mediavilla; y Domingo Galilea González.
Durante la instrucción del caso, la familia de la víctima señaló a varios vecinos por antiguas rencillas personales, incluyendo al propio médico que atendió al fallecido. Sin embargo, la justicia determinó que no existían pruebas suficientes para implicar a estos habitantes locales en el asesinato. El caso incluyó un episodio paralelo de intento de extorsión, cuando aparecieron unas supuestas cartas firmadas por los acusados exigiendo el pago de fianzas al médico local. Los peritos caligráficos demostraron finalmente que las misivas eran falsas, desvinculando a los principales procesados de este delito adicional.
El proceso judicial culminó inicialmente con una sentencia de cadena perpetua para los ocho autores materiales del robo con homicidio. Además, se impusieron penas de 12 años de reclusión para los familiares que encubrieron a la banda en los días previos al asalto. Sin embargo, un recurso de casación elevado al Tribunal Supremo el 22 de octubre de 1884 modificó drásticamente el destino de los condenados. Tras revisar los agravantes, como la alevosía y el asalto nocturno en morada, el alto tribunal elevó la pena máxima para los ocho autores principales.
La sentencia definitiva condenó a muerte a los asaltantes. La ejecución se llevó a cabo mediante el método del garrote vil en la localidad burgense de El Burgo de Osma, cerrando así uno de los capítulos más trágicos de la crónica negra provincial del siglo XIX. Lo dicho, un suceso que podrían haber sacado de cualquier capítulo de los Peaky Blinders.