Con motivo de la reciente subasta de dos obras de Maximino Peña en la Galería Ansorena de Madrid, se impone una mirada de conjunto: la presencia de Soria en la pintura española es reveladora. No están todos los que son, pero sí son todos los que están. Desde el románico disperso en museos internacionales hasta los apuntes rápidos de campo de los grandes nombres del siglo XX, la huella soriana atraviesa siglos de pintura
Antes de que la historia grabara los grandes nombres de la pintura universal, en Soria ya se pintaba. Lo hacían los primeros moradores en los abrigos rocosos de Valonsadero, por ejemplo, y, siglos después, sobre los muros de ermitas como la de San Baudelio de Berlanga, con sus frescos universales fechados en el siglo XI.
La historia de estas pinturas es también la de un desarraigo. Los frescos fueron arrancados en los años veinte del siglo pasado y terminaron en colecciones internacionales, especialmente en el Metropolitan Museum of Art, el archiconocido MET de Nueva York.
Hoy, al menos nueve de esos frescos se conservan allí, y tres pueden contemplarse en The Cloisters, un espacio anexo al gran museo neoyorkino que recrea la arquitectura monástica medieval en pleno Manhattan.
El visitante contempla escenas de caza, animales exóticos o episodios bíblicos sin saber, a menudo, que nacieron en una pequeña iglesia soriana semienterrada en la llanura. El detalle curioso: aquellas pinturas, concebidas para un espacio casi rupestre, dialogan hoy con jardines cuidados y vistas al río Hudson. Los frescos de San Baudelio son el hilo rojo que nos conecta con Nueva York.
Pero además de la presencia soriana en la Gran Manzana, hay muchos ejemplos de cómo la provincia más deshabitada de España, y una de las menos pobladas de Europa, se ha colado en numerosas ocasiones en la historia del arte. La provincia o su topónimo ha sido musa de muchos grandes artistas.
El episodio de ‘Milagro de Santo Domingo en Soriano’ conecta a Soria con la pintura barroca a través de una leyenda sucedida en Italia, pero que evoca a esta tierra.
Alonso Cano (Granada, 1601-Granada, 1667) lo abordó en su madurez y hoy se puede ver en el Museo Gómez-Moreno de la Fundación Rodríguez-Acosta en Granada, aunque el Museo del Prado guarda los bocetos que el multifacético artista realizó para su obra.
También Francisco de Zurbarán (Fuente de Cantos, 1598- Madrid 1664) fijó la milagrosa escena con su habitual sobriedad. El encargo de los dominicos en 1626 marcó un punto de inflexión en su carrera y hoy, el gentilicio de Soria aparece sobre los muros de la Capilla Sacramental de Santa María Magdalena de Sevilla.
En Francisco de Goya (Fuendetodos, 1746-Burdeos, 1828), Soria aparece como apellido. ‘Clara de Soria’ y el ‘Niño de la familia Soria’ forman una pareja de retratos infantiles que desconciertan porque en los cuadros no hay juguetes ni distracciones, sino niños vestidos como adultos.
Su peripecia histórica añade más interés, si cabe, a estas pinturas. En 1900 estaban en manos de los Rothschild, la legendaria dinastía europea de banqueros de origen judío que fundó uno de los mayores imperios financieros de la historia a finales del siglo XVIII, pero en 1941 fueron requisados por los nazis.
El niño terminó en la colección personal de Hitler, mientras que Clara fue apropiada por Göring, el segundo hombre más poderoso del Tercer Reich. Los cuadros fueron recuperados en 1945 por soldados norteamericanos en una mina de sal de Salzburgo y hoy forman parte de colecciones particulares.
La estancia de Joaquín Sorolla (Valencia, 1863-Cercedilla, 1923) en Soria en octubre de 1912 fue breve, pero intensa. Nueve días documentados casi hora a hora por la prensa local y por su correspondencia. Llegó “a la hora del chispazo”, la siesta, y se marchó de madrugada.
Su ‘Vista de Soria, pintada desde la ermita del Mirón’, recoge una ciudad contenida. El paisaje no es luminoso en el sentido mediterráneo que da fama al pintor, sino introspectivo.
Más reveladores aún son sus apuntes: ‘La Soriana con mula y burro’ o los ‘Retratos de campesinos’. Aquí aparece el detalle curioso: Aurelio Rioja de Pablo vendió fotografías de tipos sorianos al propio Sorolla por “cuarenta dineros”, imágenes que luego servirían de base para los murales de la Hispanic Society of America.
Soria, de nuevo, viajando a Nueva York.
Valeriano Domínguez Bécquer (Sevilla, 1833-Madrid, 1870) , hermano del poeta, pintó en 1866 ‘El baile. Costumbres populares de la provincia de Soria’, ambientado en Villaciervos. La escena podría parecer anecdótica —campesinos celebrando tras la jornada—, pero su composición es casi clásica.
El tamborilero envuelto en capa blanca, los niños bailando, los vecinos subidos a la tapia: todo está dispuesto en armonía. El encargo respondía a una política cultural concreta: documentar los trajes y costumbres de las provincias españolas. El resultado, sin embargo, va más allá del inventario etnográfico y forma parte de los fondos del Museo del Prado.
Con Benjamín Palencia (Barrax, Albacete 1894-Madrid, 1980) Soria entra en la modernidad. Su fascinación por Numancia se traduce en formas cercanas al surrealismo, en diálogo con las corrientes europeas de su tiempo. No es casual: es la época de Pablo Picasso o Joan Miró.
En 1932, junto a Federico García Lorca, llegó a Soria con La Barraca para representar La vida es sueño en San Juan de Duero. Palencia diseñaba decorados y figurines y en este contexto crea ‘Surrealista’. Esta serigrafía fue donada en 2025 por Caja Rural de Soria al Museo Numantino, que la incorporó a sus fondos.
Benjamín Palencia ya había desarrollado una intensa labor de dibujo y coloración de figuras inspiradas en la cerámica numantina. Tintas, acuarelas y ceras le sirvieron para descomponer esos motivos antiguos y reconstruirlos en clave moderna.
Discípulo indirecto de Palencia, Luis García-Ochoa (San Sebastián, 1920- Madrid, 2019) encarna la continuidad de esa mirada. Vinculado a la segunda Escuela de Vallecas, evolucionó hacia un expresionismo de figuras densas.
Su relación con Soria es menos directa, pero su colección ‘Campos de Soria’, formada por las once litografías y un grabado en papel, subastada en la galería Ansorena este año dan fe de su paso por la provincia.
Incluso en Diego Velázquez aparece Soria, aunque de forma tangencial. Francisco de Soria, responsable de vestir a la reina Margarita de Austria, lleva en su apellido un origen toponímico. Y aunque no está documentado su nacimiento y sí su profundo arraigo a Madrid, en la corte de los Austrias, ese tipo de apellidos funcionaba como una huella geográfica.
Su influencia sobre Velázquez no es menor: la moda que el gran maestro retrata —los negros profundos, las estructuras rígidas— pasa por las manos de artesanos como él.
Soria, así, no solo está en los paisajes o en los cuadros, sino también podría estar en las telas que visten a los personajes.
De Berlanga a Nueva York, de Villaciervos a Sevilla, de Numancia a Manhattan, Soria se despliega en la historia de la pintura como un territorio múltiple. A veces es origen, otras inspiración, otras simple apellido. Pero siempre deja rastro.