El centro cultural San Agustín acoge hasta el 21 de junio la muestra fotográfica de Mariano Costalago. En ella se repasa el valor histórico y etnográfico de los antiguos llamadores.
La villa burgense alberga hasta el 21 de junio una muestra de Mariano Costalago que repasa el valor etnográfico de las antiguas aldabas. La colección, instalada en el centro cultural San Agustín, propone un viaje visual por toda la geografía española para reivindicar unas piezas de forja que durante siglos marcaron el estatus social de sus moradores. La exhibición lleva el nombre 'Forjado a fuego'.
Según ha referido el propio creador de la muestra, cada vez resulta más difícil localizar estas singulares obras de arte. Costalago ha lamentado que estos elementos hayan ido desapareciendo paulatinamente, siendo que la sociedad moderna no ha sabido conservar ni respetar este rico patrimonio que todavía atesoran los cascos históricos de los pueblos y ciudades.
El recorrido por las instalaciones del espacio cultural evidencia que el visitante se encuentra ante piezas únicas e irrepetibles. Los herreros artesanos de antaño plasmaron su imaginación en el metal, dando lugar a figuras sumamente variadas que abarcan desde animales, péndulos y martillos, hasta manos, anillas e incluso formas fálicas.
Toda vez que se profundiza en la historia de estos elementos, la exposición recuerda el origen de la popular expresión referida a tener buenas aldabas. Antaño, tal afirmación servía para indicar la posición social del dueño del inmueble, su poder y su influencia, ya que el tamaño y la elaboración del llamador eran generalmente proporcionales a la riqueza de la familia.
Asimismo, la recopilación recoge curiosidades históricas sobre el uso de estos dispositivos. En algunas construcciones, se situaban a una altura conveniente para que los jinetes pudieran llamar sin necesidad de desmontar del caballo. Por otro lado, en ciertos países de tradición islámica se utilizaban dos aldabas distintas en la misma puerta: una a la derecha con sonido más grave destinada a los hombres, y otra a la izquierda con un tono más agudo para las mujeres, permitiendo así diferenciar quién solicitaba el acceso.
Como apunte anecdótico adicional, el trabajo también se detiene en localidades como la segoviana Riaza, donde bajo los soportales de su plaza todavía existen unas trampillas situadas justo encima de las puertas. Tal ingenio arquitectónico permitía a los dueños de la casa observar sin peligro a la persona que llamaba, manteniendo en todo momento su propia ocultación.