Julio Martínez Flórez, colaborador de Soria Noticias, doctor en medicina, cardiólogo y divulgador y ciudadano del mundo comprometido, remite a Soria Noticias esta carta abierta.
Aniversario de la "Gran Catástrofe". Los palestinos conmemoran el día 15 de mayo como el inicio del desastre que condicionó la diáspora palestina. Esta situación responde a un conflicto que a pesar de estar amparado en el derecho internacional continúa sufriendo las consecuencias de políticas de fuerza por parte de actores locales con el apoyo o el consentimiento de una gran parte de la comunidad internacional. Palestina representa la ejecución de un conflicto clásico: ocupación militar y lucha o "exterminio" de la población autóctona. La inmigración judía, amparada por el Mandato Británico, culminó con la creación del Estado de Israel en 1948 y la permanente aspiración imperialista del sionismo deseosa de construir el "Gran Israel" ha conducido a un proceso de limpieza étnica que ha conmocionado a una gran parte de la ciudadanía europea. En el pasado la invasión israelita ocasionó la "migración" palestina, la Nakba, y, no contentos con ello, los sucesivos gobiernos genocidas de Israel continuaron con una política de agresión permanente y deshumanización de los verdaderos propietarios de la tierra.
El conflicto palestino engloba realidades diferentes. Por una parte la expulsión forzosa de una población civil que intenta sobrevivir en "campos de refugiados" abarrotados y cuya única esperanza de supervivencia consiste en la recepción de "ayudas humanitarias" cuya llegada el Gobierno de Israel intenta dificultar sino impedir. Por otra, los habitantes que se niegan a abandonar sus "casas" en Gaza o Cisjordania a pesar de la destrucción llevada a cabo por el ejército israelita; y, por último, los palestinos que sobreviven en Israel a pesar de que como los nazis hicieron con los judíos los sionistas intentan convertirlos en "sub-humanos". Con el argumento de que "Dios les otorgó esta tierra" la Palestina histórica dejó de existir después de la creación de un inexistente territorio de Israel. La limpieza étnica que supone la aspiración imperialista del "Gran Israel" se ha puesto de manifiesto con el genocidio, la destrucción del territorio de Gaza y la invasión del territorio cisjordano.
Naciones Unidas ya condenó, en 1967, esta ocupación ilegal, pero el obstruccionismo llevado a cabo por el cómplice estadounidense convirtió las resoluciones internacionales en "papel mojado". La comunidad internacional no ha pasado de "bonitas declaraciones" y falsas proclamas de apoyo, pero en la realidad ha consentido en la práctica una política de hechos consumados. La posición "ausente" de algunas de las Instituciones Internacionales (Unión Europea) y la ayuda "descarada", militar, financiera y diplomática de otras (Estados Unidos, Marruecos y algunos de los Países Árabes) han condicionado esta realidad regional y han ocasionado la aparición de "movimientos de liberación nacional" legítimos a pesar de que "determinados actores" han criminalizado la existencia de una resistencia legítima contra el ocupante. La millonaria campaña de desinformación llevada a cabo por los sucesivos gobiernos invasores" ha pretendido manipular o silenciar la realidad de una ocupación militar salvaje. La complicidad de los medios de difusión occidentales ha contribuido a simplificar el conflicto reduciéndolo a una falsa realidad según la cual existen dos bandos enfrentados que recurren a formas extremas de violencia cuando la realidad es que un ejército organizado y moderno, amparado por la supremacía militar y económica estadounidense, se enfrenta a una población civil cuyas únicas armas son las piedras y la intifada. Cierto es que han surgido movimientos armados de liberación nacional, subvencionados inicialmente por el propio Israel para "desgastar" a la Organización para la Liberación de Palestina, clasificados como terroristas pero en cuyo juicio es preciso considerar su deseo legítimo de defender a sus ciudadanos de la invasión de su territorio por un ejército invasor. La aspiración sionista del "gran Israel", activa desde el mismo momento de la llegada de los primeros inmigrantes europeos judíos a la región, ha sido una constante en la dinámica de este Estado agresor. La guerra de 1947-1949, Israel expulsó de sus tierras a más de 700.000 palestinos que eran sus verdaderos dueños y, en conmemoración de esta expulsión hoy los palestinos recuerdan la Nakba. Ya en 1948 (la Resolución 194) las Naciones Unidas establecieron el derecho de estos refugiados a retornar a su tierra y a ser indemnizados por la pérdida de sus propiedades. Israel nunca ha aceptado esta resolución y, al igual que ocurre en la actualidad, sus acciones demuestran que no tiene ningún interés en someterse a la legalidad internacional y que no le preocupa "olvidarse" de la defensa de los derechos humanos. Los Estados Unidos de América se han alineado de forma indigna desde el inicio de este proceso, para mantener la presencia de un "policía pro americano en el Mediterráneo Oriental". Israel ha intentado "edulcorar" su agresión concediendo una particular "ciudadanía israelí" a los palestinos que han intentado seguir viviendo en sus tierras ancestrales, pero, incluso en los medios periodísticos internacionales, resulta evidente que estos palestinos son ciudadanos de segundo orden y no disfrutan de los mismos derechos que los ciudadanos israelitas. La agresión permanente de "colonos asesinos" protegidos y potenciados por el ejército es una realidad que podemos observar incluso en los periódicos occidentales.
A pesar de los intentos internacionales para solucionar el conflicto resulta un hecho evidente que Israel, al igual que ahora ocurre en el Líbano, es el principal gobierno que se opone a la consecución de un proyecto de paz. El Gobierno israelita mantiene "su hoja de ruta" que incluye la anexión de tierras palestinas, de franjas de Siria e incluso del Líbano en un deseo de convertirse en la potencia hegemónica del Próximo Oriente. Relacionando esta situación con la actual e ilegal guerra iniciada contra Irán podemos concluir que todo ello se asocia al interés geo-estratégico por el dominio militar y económico del Oriente Medio. La interpretación de este nuevo episodio bélico se relaciona con la influencia decisiva que Netanyahu ejerce sobre el Presidente americano, y, no cabe duda de que Israel es el gran beneficiario de esta agresión, pero no puedo dejar de valorar el deseo norteamericano de potenciar a Israel. Para el Gobierno de Trump el posicionamiento de Israel como organizadora de la región y como mantenedora de una hegemonía geo-estratégica que asegure el dominio del área. Frente al ascenso de poder y prestigio del bloque chino, el declive del imperialismo estadounidense Trump intenta por todos los medios posibles ralentizar este declive.
Es preciso abandonar la ficción de que los Estados Unidos de Norteamérica han sido y quieren seguir siendo el "mediador imparcial" en Oriente Medio. No lo han sido nunca, y siempre se han posicionado junto a Israel sin importarle la defensa de los derechos humanos e intentando manipular a la opinión pública mediante la ocultación de un genocidio y una limpieza étnica continuada. Los EE. UU. han sido el "gran consentidor" que se aprovecha en este juego. En cambio, la Unión Europea ha sido la gran chantajeada. La sumisión europea frente al gigante americano está siendo cómplice en este proceso y juega un papel secundario intentando evitar la explosión ciudadana. Los medios de comunicación europeos han pretendido imponer idearios engañosos en los discursos dominantes. La equiparación de las actuaciones entre Israel y los palestinos, la criminalización de los "radicales islámicos" como culpables de la crisis intenta legalizar la ocupación ilegítima de cada vez una mayor parte del territorio palestino, la violencia desproporcionada del ejército israelita contra la población civil o la creciente autorización para el establecimiento de nuevas colonias.