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PROVINCIA
Actualizado 16/05/2026 16:57:19
Lucía Peña Gracia

Hay vidas que se cuentan como una sucesión de hechos y otras que se entienden mejor como una forma de ver el mundo. La de Vicente Marín, sin duda pertenece a la segunda categoría.


Asentado en Bretún, el pueblo donde nació y donde ha terminado por volver, Vicente Marín habla de su vida con nostalgia, con amor, cariño y, sobre todo, con una claridad que solo la da el tiempo.

La filosofía de Vicente

La vida de Vicente no ha sido lineal ni previsible, como ya nos explicó en 2021. Aunque su filosofía ha sido muy sencilla, él mismo afirma que “no me he puesto nunca frenos, he querido vivir el momento tal y como viene, por eso he hecho un poco siempre lo que me ha dado la gana”.

Y, efectivamente, siempre ha sido fiel a este pensamiento. Desde Bretún, hasta el seminario de Pamplona, los círculos más exclusivos de Madrid, los hoteles y la farándula en Londres…, Vicente ha transitado mundos muy distintos sin dejar que ninguno le quitara su esencia y la libertad de ser él mismo.

Fruto de esta filosofía, su vida se ha llenado de anécdotas de lo más extravagantes: “En mi juventud, yo era acosado por todas partes, tanto por hombres como por mujeres”, cuenta con una sonrisa, llevándose la copa a los labios, más divertido que vanidoso. Y desde luego que aprovechaba al máximo su tirón con las conquistas y su magnetismo.

Recuerda por ejemplo, una noche en Londres, donde le llevaron al club High State Kensington. Al llegar, él fue claro con sus acompañantes: “yo esta noche paso de vosotros; dejadme solo, porque mi meta es salir de aquí con un Rolls-Royce”. Así que se apoyó en la barra y empezó su particular juego: a todo el que se acercaba le hacía la misma pregunta —“¿Tú qué coche tienes?”—, descartando uno tras otro: “hasta que llegó el más feo de todos… ¡y adivina qué coche tenía!”.

Desde luego que esa noche debió de cenar como un verdadero marqués, ¡y sin haber invitado él!

La vida se construye a partir de las personas que conoces

En ese recorrido, han tenido una gran importancia siempre las personas que ha conocido. Por ello recuerda con especial cariño a figuras como Luis Escobar o César Manrique, no por lo que representaban públicamente, sino como eran ellos en la cercanía:

“Es la forma natural que tenía Luis de expresarse, es cómo se acercaba a la gente. A pesar de ser alguien muy importante a nivel de escena, era un hombre de lo más cercano”, recuerda con cariño: “y de la forma de ser y la rebeldía de César Manrique ya ni hablamos”. Y concluye con una ligera risita: “A mí la gente cursi me repatea”.

Un vínculo eterno: el Conde de Atarés

Pero si hay un nombre que atraviesa su historia con una intensidad distinta es el de Miguel López Díaz de Tuesta, también conocido como el Conde de Atarés y Marqués de Perijaá.

Se conocieron fruto del azar, en una escena que hoy parece lejana, pero que Vicente siempre revive en su memoria.

Fue en un club: “Conocí a un americano que era banquero en Madrid”, explica. Aquel hombre lo invitó a su casa y, justo cuando salían del local, se cruzaron con el conde y con un cubano que, según recuerda, estaba loco por él. “Me invitaron, pero yo me fui con el banquero”.

Sin embargo, la velada no salió como esperaba. “En su casa me aburría como una ostra y le dije: ‘llévame donde me has encontrado’”. Al volver al club, el conde aseguraba después entre risas que lo había ignorado por completo.

Al día siguiente recibió un dupont de oro (un mechero) que aún conserva con cariño, y a partir de ahí, comenzaron a tener contacto.

Y se acompañaron durante décadas, tanto en la distancia como en la cercanía. A pesar de haber una clara diferencia de edad entre ellos, Vicente lo recuerda como un ‘niño grande’, alguien a quien proteger y con quien, al mismo tiempo, compartir una forma de estar en el mundo.

Ese vínculo, más que en las palabras, se entiende recorriendo los objetos que Vicente guarda en su casa en Bretún. Todo convive mezclado: desde piezas de gran valor económico hasta otras que en apariencia no lo tienen. Figuras de roscón de Reyes que ambos coleccionaban junto a joyas de valor incalculable. No hay vitrinas que separen lo ‘importante’ de lo ‘menor’, porque para Vicente esa diferencia nunca existió. Todo tiene el mismo valor si pertenece a una vida compartida.

De herencia a legado

Cuando el conde murió en 2010, dejó en manos de Vicente todo su patrimonio. Podría haber sido un final o una ruptura, pero él lo convirtió en continuidad.

Así nace la Fundación Vicente Marín. “El egoísmo no te lleva a ningún lado”, nos explica cuando le preguntamos el por qué de la creación del proyecto.“Lo mejor que puedes hacer es esto, que la gente pueda disfrutarlo”, ha pensado siempre. Y deja claro que todo lo que tiene y todo lo que ha recibido, no puede disfrutarse del todo si no puede compartirse.

La fundación no es solo una colección de objetos. Es memoria. Aquí, entre piezas de arte, lujosas alfombras y muebles con historia propia, Vicente ha construido un espacio que es a la vez refugio, amor y legado.

Quienes lo conocen hablan de él con una mezcla de admiración y desconcierto ante su filosofía de vida. Lo llaman libre, generoso, inteligente, sorprendente, un gran amigo. Alguien difícil de encajar en una sola definición.

Al final, cuando la conversación se acerca a su fin, la pregunta es inevitable: qué le gustaría que la gente recordara. Y su respuesta vuelve a reflejar su verdadera filosofía, pues lo único que pide es “que recuerden la obra, la Fundación, que la promuevan y que perdure en el tiempo”. No pide reconocimiento personal ni protagonismo, solo pide continuidad.

Y en Bretún ese legado ya está en marcha.

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