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Crónica de la peregrinación soriana en el Camino de Santiago

Crónica de la peregrinación soriana en el Camino de Santiago

OPINIóN
Actualizado 20/07/2016 09:59

Patricia Barrena cuenta su experiencia compartida con un grupo de personas de Diócesis con edades entre los 14 y los 67 años.

Segundo Camino de Santiago. Segundo reto superado. Cuando el año pasado me planteé la opción de realizar el camino (algo que siempre había querido hacer) me dije: ¿y por qué no? Tenía mucho miedo por los problemas de espalda y el peso de la mochila, pero las ganas de vivir la experiencia eran mucho más fuertes que cualquier dolor que pudiera surgir. Al fin y al cabo, si tanta gente lo hace es porque algo tenía que aportar. Y el camino fue bien, fue muy bien. Fue una experiencia única.

Este año, y una vez más, he vuelto a realizar el Camino. Y esta vez no había miedos por dolores ni por cansancios. Tenía infinitas ganas de volver a comenzar a andar desde el día que llegué a Santiago el año pasado. Y es que me ha ocurrido como los niños pequeños que cuentan los días para que lleguen los Reyes Magos; yo contaba los días que me quedaban para volver a comenzar mi paseo hacia el Apóstol.

La peregrinación comenzó el lunes 6 de julio, a las 10 horas. En la Parroquia de San Francisco recibimos la bendición de peregrinos, y nos pusimos en camino que, nos quedaban muchas horas en carretera. Nuestro destino de ese día era Ferrol, lugar desde el que andaríamos 124 km hasta llegar a Santiago. En Ferrol pudimos conocernos un poco más. Éramos un grupo de 39 personas, casi todo mujeres, y de edades comprendidas entre los 14 y los 67 años. Y en ese momento tuve miedo: edades muy diferentes, propósitos muy distintos, motivaciones diversas.

El transcurso de las etapas llevaba una misma estructura: nos levantábamos temprano, desayunábamos, recogíamos todo y realizábamos la oración antes de ponernos en camino. Durante la etapa hacíamos un pequeño descanso para reponer fuerzas con un estupendo bocadillo, y seguíamos andando hasta nuestro destino. Al llegar, nos esperaba una maravillosa comida preparada por un catering. Teníamos tiempo libre en el que poder descansar, ducharnos, lavar ropa o hacer turismo hasta la hora de la catequesis. Divididos en tres grupos en función de la edad, tratábamos diferentes temas en los que todos podíamos aportar nuestras opiniones. Tras ella, celebrábamos la Santa Misa. Cenábamos, realizábamos la oración de la noche y a descansar para coger la siguiente etapa con fuerzas.

La primera etapa fue de Ferrol a Neda (15 km). Fue una etapa fácil y a la orilla de la ría. Una etapa sencilla para ir calentando el cuerpo. Nos alojamos en un gimnasio del centro cívico del pueblo. Esa noche, tuvimos la suerte de contar con la presencia de Rubén de Lis, un cantautor maravilloso que realizó un concierto para nosotros, en el que nos contaba su testimonio y nos daba muchísima fuerza para seguir el camino. Lo recuerdo como un momento mágico.

La segunda etapa fue de Neda a Pontedeume (16 km) Nuevamente, fue una etapa fácil. Pasamos el día en la playa, con un tiempo inmejorable, y unas vistas preciosas. Nos alojamos en el polideportivo del pueblo y repusimos fuerzas para comenzar un nuevo día.

La tercera etapa fue de Pontedeume a Betanzos (21 km). Recuerdo esta etapa como la más dura de todas. Muchas subidas y bajadas, mucho calor. Teníamos que parar a meter la cabeza bajo las fuentes que encontrábamos, e incluso pedir a los lugareños que nos diesen un poco de agua. Y a pesar de las dificultades, llegamos a Betanzos. Cantábamos, reíamos, hacíamos paradas, etc., lo que fuera necesario para hacer más ameno el recorrido. En Betanzos nos esperaban 40 grados y un estupendo polideportivo en el que pasar la noche.

La cuarta etapa fue de Betanzos a Meson do Vento (30 km). La etapa más larga de la peregrinación, y se nos dio la opción de, este día, poder meter las mochilas a la furgoneta y andar sin equipaje. Y como en el día a día, uno anda más ligero sin peso a la espalda. Los kilómetros no fueron problema para que todos llegásemos a nuestro destino.

La quinta etapa fue de Meson do Vento a Sigüeiro (25 km). Etapa larga en la que en algún momento sentí un enorme cansancio, pero había que sacar fuerzas. Pasamos el día en la piscina y la noche en un local de una asociación que gracias al sacerdote nos cedieron para poder descansar.

Sexta etapa. La última. De Sigüeiro a Santiago de Compostela (16.5 km). El camino estaba llegando a su fin. Madrugamos más que cualquier día y andamos más rápido que en cualquier otra etapa. Teníamos infinitas ganas por llegar. Caras de felicidad al ver las torres de la catedral de lejos. Emoción desbordada al llegar a la catedral y ponernos frente a la puerta del Obradoiro. Habíamos llegado. Lo habíamos conseguido.

Participamos en la Santa Misa del peregrino junto a muchos peregrinos provenientes de diferentes países. Fue un momento especial en el que pudimos comprobar la universalidad de la Iglesia reunida en torno a la Eucaristía. Después visitamos al Apóstol y pudimos ofrecerle todas nuestras peticiones.

Tarde libre por Santiago de compras, paseos culturales, cantos de tunas, etc. El lunes al levantarnos, recogimos todo y celebramos misa. Durante la celebración hubo tiempo para que cada uno, libremente, pudiese valorar cómo había sido o qué le había aportado la peregrinación. Palabras de perdón y agradecimiento, sentimientos a flor de piel, lágrimas de emoción.

Y es aquí cuando pude darme cuenta de lo grandes que pueden ser algunas personas con tan sólo 14 años. El primer día me preguntaba: ¿andarán?, ¿no andarán?, ¿sabrán comportarse?, ¿se tomarán estos días como un campamento, o será algo más para ellas?, ¿con qué motivación o propósito vendrán?. Al oírles hablar me di cuenta de que habían notado la presencia de Dios durante el camino, y que estaban con fuerzas suficientes para seguir sus pasos.

Por segundo año consecutivo he podido experimentar cómo el camino de Santiago es el símil a la vida de cada uno de nosotros. Habrá momentos más fáciles y más difíciles, días mejores y peores, situaciones más o menos complicadas. Sufriremos, reiremos, sentiremos rabia y alivio, tendremos dolores, pasaremos calor o frio. Pero siempre debemos confiar en Dios, Él nunca nos va a fallar. El resto está en nuestras manos. Y aquí una de las frases de una catequesis que nos invitó a la reflexión: "Procura construir puentes, no muros".

Patricia Barrena Mateo

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