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Ningún profeta es bien recibido en su tierra

Ningún profeta es bien recibido en su tierra

OPINIóN
Actualizado 31/01/2016 11:02

Aceptar a Jesús nos puede poner en crisis porque aceptar su estilo y su mensaje supone compromiso, cambio de actitudes y nos hace salir de nuestros esquemas.

Jesús, en el Evangelio de este domingo, se presenta ante su pueblo como Aquél en quien se cumple la profecía de Isaías: el enviado para anunciar a los pobres la salvación, la libertad a los cautivos, la vista a los ciegos y anunciar el año de gracia del Señor. Sus paisanos, por una parte, están admirados de las obras que hace y de las palabras que salen de su boca; por otra, lo rechazan porque no pueden creer que Él, que es conocido por todos (conocen quién es su madre y sus parientes, saben que es el hijo del carpintero), sea el Mesías anunciado por los profetas. Jesús rompe sus esquemas al dejar de lado lo que llevan escuchando "toda la vida". Ante este rechazo, Jesús pronuncia esta frase: "ningún profeta es bien recibido en su tierra".

Este hecho se vuelve a repetir hoy. Aceptar a Jesús nos puede poner en crisis porque aceptar su estilo y su mensaje supone compromiso, cambio de actitudes y nos hace salir de nuestros esquemas. Preferimos un Dios lejano, todopoderoso, milagrero, que nos ofrezca seguridades y que no nos moleste demasiado para vivir un cristianismo del mismo estilo: que no molesta a nadie, anodino y sin compromiso, descafeinado; un cristianismo que, por una parte, muestra que queremos seguir a Cristo pero que no nos hace despegarnos de los criterios y valores del mundo. ¡Cuántas veces queremos mantener la etiqueta de "cristianos" sin renunciar a la mundanidad que nos ofrece la sociedad! ¡Cuántas veces queremos estar en el mundo y ser del mundo! Pero esto, ya lo dijo Cristo, es imposible: "Yo les he dado tu Palabra y el mundo los ha odiado porque no son del mundo como Yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo como Yo no soy del mundo" (Jn 17, 16)

Como a los habitantes de Nazaret, también a nosotros nos desconcierta un Dios demasiado cercano, que tiene sus preferencias con los pobres y débiles; que nada sabe ni quiere saber de títulos ni de privilegios; que aparece como servidor y no como quien está para ser servido; que se compadece de pobres y pecadores perdonándolos; que ama a fondo perdido y hasta el final, hasta ser capaz de entregar su vida por nosotros; que pide actitudes de cambio en nosotros, de conversión al mensaje que Él nos transmite. Este Jesús, que es el Hijo de Dios, tiene un estilo peculiar de vivir y quiere que nosotros encarnemos realmente en la vida sus mismas actitudes recordando que ha venido con la misión de salvar a los hombres y quiere hacernos partícipes de esta misma misión para que vayamos por el mundo enseñando la buena nueva de la salvación.

A esto es a lo que nos compromete nuestro bautismo: a ser auténticos discípulos y seguidores de Jesús, viviendo su misma vida, sus valores y sus actitudes; y a ser misioneros que comuniquemos con nuestra palabra y, sobre todo, con nuestro ejemplo el mensaje salvador de Cristo a los demás. Por eso nos tenemos que examinar muchas veces nuestra vida de fe: ¿en qué medida estamos siendo auténticos discípulos de Jesús que tratan de vivir exigentemente su estilo y sus actitudes? ¿nos conformamos con un cristianismo descafeinado y una fe poco comprometida y nada transformadora? ¿estamos cumpliendo la misión de la que Él nos ha hecho participes para ser sus testigos en medio de nuestro mundo?

El Señor nos vuelve a llamar a la autenticidad, a ser consecuentes con nuestra identidad cristiana, porque para ser discípulo de Cristo no vale serlo de cualquier manera: es necesario vivirlo en radicalidad, poniendo nuestro esfuerzo y contando primeramente con la ayuda del Señor que no nos va a faltar nunca.
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