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Un profesor del Campus de Soria lidera un estudio internacional sobre la influencia de la peste negra en el paisaje
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Un profesor del Campus de Soria lidera un estudio internacional sobre la influencia de la peste negra en el paisaje

CAPITAL
Actualizado 27/06/2020 09:57
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Según una investigación liderada por Gabriel Sangüesa, del GIR Cambium de la EiFAB del Campus de la UVa en Soria, y en la que han participado expertos de universidades de Italia, Alemania, Reino Unido y del CSIC. Los autores del estudio, publicado en la revista Global Change Biology, han determinado tras la `lectura´ de los anillos de los árboles que los bosques de los Pirineos, Pollino (Italia) y el Monte Smolikas (Grecia), se expandieron al mismo tiempo. Algunos de los árboles más ancianos de estas montañas mediterráneas se establecieron en el territorio en ese momento concreto de la historia, tras el abandono de las zonas de pastoreo por el hombre.

Gabriel Sangüesa, investigador del GIR Cambium de la EiFAB del Campus de la UVa en Soria, ha liderado un estudio internacional, publicado en la revista Global Change Biology, en el que analiza cómo episodios históricos y climáticos como la pandemia de la Peste Negra del siglo XIV y la posterior Pequeña Edad de Hielo (1450) pudieron influir en la expansión de los bosques de montaña de la cuenca mediterránea como consecuencia del descenso demográfico en el medio rural y el cese de las actividades ganaderas de montaña.

Para demostrarlo, los autores del estudio en el que han colaborado investigadores de la Universidad de la Tuscia (Italia), la Universidad Johannes Gutenberg de Maguncia (Alemania), la Universidad de Cambridge (Reino Unido), y el Instituto Pirenaico de Ecología (CSIC, España), analizaron tres bosques únicos en el sur de Europa: Los Pirineos, Pollino (sur de Italia) y el Monte Smolikas (noroeste de Grecia) que albergan algunos de los pinos más viejos del continente superando los 1000 años de vida.

En estos tres sitios, alejados por miles de kilómetros, los investigadores vieron que muchos árboles germinaron y se establecieron en el territorio en un momento muy concreto, que coincide con el periodo posterior al comienzo de la peste negra. "Los bosques analizados son únicos por su longevidad y su estado de conservación, conocer la historia de estos bosques nos permite viajar al pasado e imaginar las idas y venidas de los paisajes de montaña de los últimos siglos", afirma Sangüesa.

Para determinar el momento exacto en el que los árboles se establecieron en el terreno, los autores han utilizado la dendrocronología, que es la ciencia encargada de la datación y estudio de los anillos de crecimiento de los árboles y permite conocer su edad, su crecimiento anual, y también el momento exacto en el que germinaron.

"Todos los árboles que crecen en un mismo lugar tienen un patrón similar de anillos anchos o estrechos en función de las características climáticas de cada año. Solapando todas esas series de crecimiento podemos finalmente asignar a cada anillo el año concreto en que se formó, y por tanto determinar en qué momento exacto cada árbol se estableció en el territorio".

Este mismo proceso se hizo en estudios independientes en los Pirineos, en Italia y en Grecia y vimos que muchos árboles viejos se establecieron en un momento muy concreto", añade el investigador de GIR Cambium.

Además de la datación, los investigadores han sido capaces de obtener con la 'lectura de los anillos mucha más información como los factores climáticos que han influido en su crecimiento. "Podemos estudiar la densidad de la madera, cómo son sus células, o cómo varía dentro de un anillo la madera temprana que corresponde a la primavera, y la madera tardía que corresponde al final del verano. Relacionando estas variables con información ambiental podemos determinar qué características climáticas hacen que un anillo sea ancho o estrecho, y si hacemos esto en escalas temporales amplias, podemos saber qué factores climáticos influyen en mayor medida en el crecimiento de los arboles. En el caso de los bosques subalpinos del estudio, que son los últimos que podemos encontrar en las montañas, son especialmente sensibles a los cambios en la temperatura ", añade Gabriel Sangüesa.

Ante la tentación de establecer comparaciones entre la pandemia del s.XIV y la de la Covid-19, el investigador concluye que a pesar de las imágenes que nos deja de animales que campan a sus anchas por las calles, aguas cristalinas donde antes reinaba la turbiedad, descenso del nivel de contaminación, "en ningún caso podemos equiparar la actual epidemia con lo sucedido entonces. Pero este estudio nos muestra cómo las crisis sanitarias y sociales pueden condicionar la dinámica actual de nuestros bosques de montaña y dejar legados que perduran siglos".

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