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La 'Casa de piedra' de Alcolea de Pinar o el titánico afán de un soriano

La 'Casa de piedra' de Alcolea de Pinar o el titánico afán de un soriano

REPORTAJES
Actualizado 28/11/2020 20:42

Lino Bueno, de Esteras de Medinaceli, construyó su vivienda vaciando una enorme roca durante 21 años para albergar a su familia. Fue reconocido con la Medalla al Mérito del Trabajo y recibió la visita de Alfonso XIII.

Que el espíritu soriano siempre se ha caracterizado por su tesón y constancia no es ninguna novedad. Como tampoco su ánimo incansable para el trabajo que ha sido causa de admiración y respeto fuera de la provincia, habida cuenta de la emigración que ha desangrado esta bendita tierra.

Y para muestra, Lino Bueno Utrilla (1852-1935), de Esteras de Medinaceli, quien recaló en Alcolea del Pinar, -a principios de siglo pertenecía a la provincia de Soria y ahora a Guadalajara- para ganarse la vida en compañía de su mujer, Cándida Archilla. Tiempos difíciles para alimentar una familia que llegó a los quince hijos, de los que sobrevivieron tres, y con solo dos manos, para ganarse la vida en cualquier cosa, cavando acequias, pastoreando o a lo que saliera.

Difíciles, sí, sin techo propio en una España rural que no avanzaba y que solamente con las manos y el duro trabajo se conseguía un mendrugo de pan y algo de tocino para llenar, y engañar, el estómago. El ingenio, aparte, era cosa de otros, no de los pobres.

Ahora bien, la imaginación puede llevar a materializar proyectos imposibles, mascullados en silencio, tras una dura jornada de trabajo y de rumiar penurias. Así fue. Lino se hallaba en esta intención cuando decididamente se echó hacia adelante y pidió al Ayuntamiento el permiso para horadar un gran peñasco de propiedad municipal y tener allí su vivienda. Corría el año 1907, cuando nuestro protagonista contaba con 55 años, y al que los munícipes, pensando que era una locura pasajera, y quizá con algo de socarronería disimulada por parte de estos, concedieron licencia para tal empresa.

Y comenzó la obra, que se alargó durante 21 años, si bien a los siete Lino había conseguido robar al granito y a la arenisca un par de estancias, una cocina y una habitación donde albergar a su prole. Como el afán era constante, ingenió utilizar dinamita para avanzar en la tarea, cosa que desechó al comprobar que este sistema agrietaba la roca y no era viable. Pico y pala, y a seguir, sin más adelantos ni aventuras.

El incansable trabajador iba logrando su objetivo, sin olvidar el detalle de tallar un poyo a la entrada para que a su muerte fuese depositado su féretro en el velatorio, antes de tomar la tierra definitiva. Humildades calladas y resignación ante lo único seguro que tiene la vida. Así las cosas, excavó una cuadra al fondo de la entrada, dejando atrás una amplia estancia donde ahora cuelgan recuerdos de aquella singladura inconcebible entonces. Arriba, tras subir las escaleras talladas con maestría, un amplio dormitorio con su ventana y su balcón, todo bien nivelado.

Como quiera que estas voluntades no eran tan pasajeras y el empeño seguía intacto, no así las fuerzas, Lino continuó con su tarea titánica, algo a lo que los paisanos ya se habían acostumbrado, callando bocas ajenas y asumiendo con resignación lo equivocado de aquellos gratuitos chascarrillos y risas.

Pero aconteció algo que no fue tan habitual. La tenacidad de Lino llegó a la Casa Real, y Alfonso XIII tomó cartas en el asunto determinando visitar la 'Casa de piedra'. Allí se presentó Su Majestad y séquito, encabezado por el general Miguel Primo de Rivera, uno de los primeros días de junio de 1928, concitando la atención de todo el pueblo y también de la prensa. Una visita que a la postre se tradujo en la Medalla al Mérito del Trabajo para Lino. También en 1985 Don Juan Carlos y Doña Sofía hicieron lo propio.

Después, el soriano dio continuidad a la obra, aunque con menos fuelle como así delatan huecos inconclusos para seguir en su propósito. Detalles que no faltan, como la chimenea, las alacenas de la cocina y las estancias de este palacio que Lino vio, a buen seguro, como un palacio digno de los más insignes.

De camino a Madrid, o de vuelta, y cuando la situación lo permita, es de obligada visita a la 'Casa de piedra', un ejemplo que puede sorprender conciencias.

Anótenlo en su agenda.

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