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Cinco poemas sobre Soria en el Día Mundial de la Poesía

Cinco poemas sobre Soria en el Día Mundial de la Poesía

REPORTAJES
Actualizado 21/03/2021 17:39

Te dejamos cinco poemas sobre la provincia de Soria, para celebrar el Día Mundial de la Poesía.

En los tiempos que corren hay días internacionales para todo, y la poesía no iba a ser menos. Cada 21 de marzo se celebra el Día Mundial de la Poesía, que fue propuesto en 1998 por la organización Unesco con el propósito de consagrar la palabra esencial y la reflexión sobre nuestro tiempo.

Para conmemorar esta fecha, te dejamos cinco poemas que recorren los rincones de la provincia de Soria.

1. 'Campos de Soria' (Antonio Machado)

Los poemas de 'Campos de Castilla' (1912) hablan de un Machado diferente que, desde sus propios ojos da voz a las áridas tierras de Castilla, ensalzando sus versos por la cultura popular.

I

Es la tierra de Soria árida y fría.

Por las colinas y las sierras calvas,

verdes pradillos, cerros cenicientos,

la primavera pasa

dejando entre las hierbas olorosas

sus diminutas margaritas blancas.

La tierra no revive, el campo sueña.

Al empezar abril está nevada

la espalda del Moncayo;

el caminante lleva en su bufanda

envueltos cuello y boca, y los pastores

pasan cubiertos con sus luengas capas.

II

Las tierras labrantías,

como retazos de estameñas pardas,

el huertecillo, el abejar, los trozos

de verde obscuro en que el merino pasta,

entre plomizos peñascales, siembran

el sueño alegre de infantil Arcadia.

En los chopos lejanos del camino,

parecen humear las yertas ramas

como un glauco vapor las nuevas hojas

y en las quiebras de valles y barrancas

blanquean los zarzales florecidos,

y brotan las violetas perfumadas.

III

Es el campo undulado, y los caminos

ya ocultan los viajeros que cabalgan

en pardos borriquillos,

ya al fondo de la tarde arrebolada

elevan las plebeyas figurillas,

que el lienzo de oro del ocaso manchan.

Mas si trepáis a un cerro y veis el campo

desde los picos donde habita el águila,

son tornasoles de carmín y acero,

llanos plomizos, lomas plateadas,

circuidos por montes de violeta,

con las cumbres de nieve sonrosado.

IV

¡Las figuras del campo sobre el cielo!

Dos lentos bueyes aran

en un alcor, cuando el otoño empieza,

y entre las negras testas doblegadas

bajo el pesado yugo,

pende un cesto de juncos y retama,

que es la cuna de un niño;

y tras la yunta marcha

un hombre que se inclina hacia la tierra,

y una mujer que en las abiertas zanjas

arroja la semilla.

Bajo una nube de carmín y llama,

en el oro fluido y verdinoso

del poniente, las sombras se agigantan.

V

La nieve. En el mesón al campo abierto

se ve el hogar donde la leña humea

y la olla al hervir borbollonea.

El cierzo corre por el campo yerto,

alborotando en blancos torbellinos

la nieve silenciosa.

La nieve sobre el campo y los caminos,

cayendo está como sobre una fosa.

Un viejo acurrucado tiembla y tose

cerca del fuego; su mechón de lana

la vieja hila, y una niña cose

verde ribete a su estameña grana.

Padres los viejos son de un arriero

que caminó sobre la blanca tierra,

y una noche perdió ruta y sendero,

y se enterró en las nieves de la sierra.

En torno al fuego hay un lugar vacío

y en la frente del viejo, de hosco ceño,

como un tachón sombrío

tal el golpe de un hacha sobre un leño.

La vieja mira al campo, cual si oyera

pasos sobre la nieve. Nadie pasa.

Desierta la vecina carretera,

desierto el campo en torno de la casa.

La niña piensa que en los verdes prados

ha de correr con otras doncellitas

en los días azules y dorados,

cuando crecen las blancas margaritas.

VI

¡Soria fría, Soria pura,

cabeza de Extremadura,

con su castillo guerrero

arruinado, sobre el Duero;

con sus murallas roídas

y sus casas denegridas!

¡Muerta ciudad de señores

soldados o cazadores;

de portales con escudos

de cien linajes hidalgos,

y de famélicos galgos,

de galgos flacos y agudos,

que pululan

por las sórdidas callejas,

y a la medianoche ululan,

cuando graznan las cornejas!

¡Soria fría! La campana

de la Audiencia da la una.

Soria, ciudad castellana

¡tan bella! bajo la luna.

VII

¡Colinas plateadas,

grises alcores, cárdenas roquedas

por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en torno a Soria, obscuros encinares,

ariscos pedregales, calvas sierras,

caminos blancos y álamos del río,

tardes de Soria, mística y guerrera,

hoy siento por vosotros, en el fondo

del corazón, tristeza,

tristeza que es amor! ¡Campos de Soria

donde parece que las rocas sueñan,

conmigo vais! ¡Colinas plateadas,

grises alcores, cárdenas roquedas!…

VIII

He vuelto a ver los álamos dorados,

álamos del camino en la ribera

del Duero, entre San Polo y San Saturio,

tras las murallas viejas

de Soria barbacana

hacia Aragón, en castellana tierra.

Estos chopos del río, que acompañan

con el sonido de sus hojas secas

el son del agua, cuando el viento sopla,

tienen en sus cortezas

grabadas iniciales que son nombres

de enamorados, cifras que son fechas.

¡Álamos del amor que ayer tuvisteis

de ruiseñores vuestras ramas llenas;

álamos que seréis mañana liras

del viento perfumado en primavera;

álamos del amor cerca del agua

que corre y pasa y sueña,

álamos de las márgenes del Duero,

conmigo vais, mi corazón os lleva!

IX

¡Oh, sí! Conmigo vais, campos de Soria,

tardes tranquilas, montes de violeta,

alamedas del río, verde sueño

del suelo gris y de la parda tierra,

agria melancolía

de la ciudad decrépita.

Me habéis llegado al alma,

¿o acaso estabais en el fondo de ella?

¡Gentes del alto llano numantino

que a Dios guardáis como cristianas viejas,

que el sol de España os llene

de alegría, de luz y de riqueza!

2. 'Romance del Duero' (Gerardo Diego)

En 'Soria. Galería de estampas y efusiones', Gerardo Diego hablaba con el Duero como quien habla con una amigo: de forma melancólica. La ciudad le da la espalda, pero Gerardo le levanta la barbilla al río, diciéndole que no todo esta perdidoporque siempre habrá enamorados que arden en deseos e visitarle.

Río Duero, río Duero,

nadie a acompañarte baja,

nadie se detiene a oír

tu eterna estrofa de agua.

Indiferente o cobarde

la ciudad vuelve la espalda.

No quiere ver en tu espejo

su muralla desdentada.

Tú, viejo Duero, sonríes

entre tus barbas de plata,

moliendo con tus romances

las cosechas mal logradas.

Y entre los santos de piedra

y los álamos de magia

pasas llevando en tus ondas

palabras de amor, palabras.

Quién pudiera como tú,

a la vez quieto y en marcha

cantar siempre el mismo verso

pero con distinta agua.

Río Duero, río Duero,

nadie a estar contigo baja,

ya nadie quiere atender

tu eterna estrofa olvidada

sino los enamorados

que preguntan por sus almas

y siembran en tus espumas

palabras de amor, palabras.

3. ' Noches de Soria' (Concha de Marco)

Concha de Marco fue una poetisa soriana muy poco reconocida en su momento. Sin embargo, los versos que recoge en 'Una noche de invierno' o 'Son las doce' calan perfectamente la esencia de la provincia y de todos aquellos que la habitan.

… noches de Soria

contadas por el reloj de la Audiencia

el viento preso en el aire

llega por los soportales

del Collado

da la vuelta

por la plaza de Herradores

se me pierde hacia la nave

de San Juan de Rabanera

pila bautismal de mi agua primera

de mi primer sed

penetra bajo los árboles de la Dehesa

baja al Duero

por los arcos templarios

por San Polo

por la sierra de Santa Ana

San Saturio

bajo su capa de hielo

huele a cera

de las velas encendidas en la ermita

el matorral de la presa

y el molino

en los huecos

de los álamos desnudos

los jilgueros

ruiseñores y gorriones

los pardillos

verderones

unos sobre otros dormidos

por el puente

por San Pedro

por el Mirón a Numancia

loma de Garray tan sola

asciende por una calle

víacrucis del Espino

donde una lápida blanda guarda la tierra

que apenas probó mi vida

tan solo

tímidamente iniciados

capullos de unas mejillas

y su crecer hacia lo que fue fruto

se detuvo

quedando ya para siempre

una muchacha dormida

cuánto porvenir ajeno

que podría presenciar

con la ciega indiferencia de los muertos

4. 'A orillas del Duero' (Antonio Machado)

Por todos es conocida la relación amor-odio que Machado profesaba por Castilla y cómo mimetiza sus sentimientos y sensaciones, para contarlas a través de las distintas localizaciones de la provincia.

Mediaba el mes de julio. Era un hermoso día.

Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía,

buscando los recodos de sombra, lentamente.

A trechos me paraba para enjugar mi frente

y dar algún respiro al pecho jadeante;

o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante

y hacia la mano diestra vencido y apoyado

en un bastón, a guisa de pastoril cayado,

trepaba por los cerros que habitan las rapaces

aves de altura, hollando las hierbas montaraces

de fuerte olor a romero, tomillo, salvia, espliego.

Sobre los agrios campos caía un sol de fuego.

Un buitre de anchas alas con majestuoso vuelo

cruzaba solitario el puro azul del cielo.

Yo divisaba, lejos, un monte alto y agudo,

y una redonda loma cual recamado escudo,

y cárdenos alcores sobre la parda tierra

harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra,

las serrezuelas calvas por donde tuerce el Duero

para formar la corva ballesta de un arquero

en torno a Soria. Soria es una barbacana,

hacia Aragón, que tiene la torre castellana.

Veía el horizonte cerrado por colinas

oscuras, coronadas de robles y de encinas;

desnudos peñascales, algún humilde prado

donde el merino pace y el toro, arrodillado

sobre la hierba, rumia; las márgenes de río

lucir sus verdes álamos al claro sol de estío,

y, silenciosamente, lejanos pasajeros,

¡tan diminutos! carros, jinetes y arrieros,

cruzar el largo puente, y bajo las arcadas

de piedra ensombrecerse las aguas plateadas

del Duero.

El Duero cruza el corazón de roble

de Iberia y de Castilla.

¡Oh, tierra triste y noble,

la de los altos llanos y yermos y roquedas,

de campos sin arados, regatos ni arboledas;

decrépitas ciudades, caminos sin mesones,

y atónitos palurdos sin danzas ni canciones

que aún van, abandonando el mortecino hogar,

como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar!

Castilla miserable, ayer dominadora,

envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora.

¿Espera, duerme o sueña? ¿La sangre derramada

recuerda, cuando tuvo la fiebre de la espada?

Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira;

cambian la mar y el monte y el ojo que los mira.

¿Pasó? Sobre sus campos aún el fantasma yerta

de un pueblo que ponía a Dios sobre la guerra.

La madre en otro tiempo fecunda en capitanes,

madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes.

Castilla no es aquella tan generosa un día,

cuando Myo Cid Rodrigo el de Vivar volvía,

ufano de su nueva fortuna, y su opulencia,

a regalar a Alfonso los huertos de Valencia;

o que, tras la aventura que acreditó sus bríos,

pedía la conquista de los inmensos ríos

indianos a la corte, la madre de soldados,

guerreros y adalides que han de tornar, cargados

de plata y oro, a España, en regios galeones,

para la presa cuervos, para la lid leones.

Filósofos nutridos de sopa de convento

contemplan impasibles el amplio firmamento;

y si les llega en sueños, como un rumor distante,

clamor de mercaderes de muelles de Levante,

no acudirán siquiera a preguntar ¿qué pasa?

Y ya la guerra ha abierto las puertas de su casa.

Castilla miserable, ayer dominadora,

envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora.

El sol va declinando. De la ciudad lejana

me llega un armonioso tañido de campana,

ya irán a su rosario las enlutadas viejas.

De entre las peñas salen dos lindas comadrejas;

me miran y se alejan, huyendo, y aparecen

de nuevo, ¡tan curiosas!… Los campos se obscurecen.

Hacia el camino blanco está el mesón abierto

al campo ensombrecido y al pedregal desierto.

5. 'Primer recuerdo de Soria' (José García Nieto)

Premio Cervantes 1996, Premio Nacional de Literatura 1951 y 1957, miembro de la Real Academia... A José García Nieto no le sobraban títulos y amor por Soria, tampoco. A través de 'Primer recuerdo de Soria', el poeta viaja en el tiempo a su infancia y a cómo se ve la provincia desde los ojos de un niño.

Por Soria está ya la sierra pura

enseñando su azul entre la nieve,

y entre el bajo pinar el cielo breve

tendrá otro azul: aquel de mi ventura.

Sala de la niñez, fresca hermosura

que abril a levantar en mí se atreve;

aire de ayer que al pecho de hoy conmueve,

gota de luz entre mi sangre oscura.

Cómo volver los ojos, hacia dónde,

si a este grito de Dios nadie responde,

del Dios niño que todo lo podía.

A Soria llegará la primavera.

Siempre hay tiempo de amor para el que espera:

¡Señor, di que no es tarde todavía!

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