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Tormenta de verano

Tormenta de verano

OPINIóN
Actualizado 02/09/2022 09:53
Enrique Rubio

Desde Berlanga, Enrique Rubio para Soria Noticias. "Quizá la la libertad sea estar cada quien en el lugar que nos hace libres para volver".

Ladra un perro. Y al poco le acompaña, rompiendo el silencio temprano de la noche, el rumor cadencioso de un diésel que vuelve a casa. Unos pocos pasos más y me encuentro con un buenas noches que se resiste a abandonar su tierra.

Hace pocos días ha vuelto por fin a llover, ya es necesaria la chaqueta. Cada tranco de su paseo le hace avanzar como lo hace el año del que ya ha llegado septiembre, empeñándose en acortar los días sin saber si hay tiempo para saborearlos lo suficiente.

Pero al mismo tiempo es conocedor de que ha pasado el último fin de semana de agosto. Y como un mantra que se repite año tras año llega la vuelta.

Nos miramos con la condescendencia de quien conoce lo inexorable. Somos sabedores de que llega la rutina. Para uno y para otro.

Sin ánimo de entablar batalla, charlamos sobre el tiempo. Una tormenta de verano que ha bajado de manera súbita las temperaturas, con ella saldrán níscalos. Ojalá. Y también que vuelva a recogerlos.

Aunque no lo hayamos dicho, los dos hemos sentido con la tormenta el frescor de la vuelta al invierno. Un invierno en el que los dos y cada uno sentimos por el otro. Por nuestras desconocidas realidades. El imagina mi rutina como yo lo hago con la suya.

Él piensa que yo me quedo paseando todos los días a mi perrita después de una jornada sin demasiado que hacer. Sin demasiados sitios a dónde ir, sin demasiadas personas con la que hablar.

Sí, a veces no hay muchas personas con las que hablar. Lo que hay es mucho por hacer. Y además da tiempo. Tiempo también para caminar por el campo.

En el paseo, aunque el invierno haya llegado, recuerdo cuando en las tardes de mayo se escuchan los cantos de los pájaros, recuerdo la perdiz que tenía el abuelo de un amigo en una pequeña jaula. Un soberbio macho. Cantaba todo el día sin parar. Yo diría que quería a esa ave tanto como a mi amigo. No había ni un solo día que no limpiara con meticuloso esmero su habitáculo metálico. Su pasión era la caza, y la vehemencia con la que cantaba aquel pájaro era el perfecto reclamo para asegurarse la captura de alguna patirroja. Nunca más de una o dos, pues no es este un sistema de caza que proporcione muchas capturas; tampoco era este su ánimo.

Antes de dejar en la cocina el alijo emplumado, aseguraba agua fresca y grano limpio a su compañero.

Había nacido en un rastrojo veraniego donde no le faltaban granos de la descuidada siega de una primitiva cosechadora, allí crecía con los demás perdigones de su pollada. Desde el día en que estuvo con él todos los cuidados fueron pocos.

La sabiduría y dedicación que aquel hombre volcó en aquel macho eran admirables. Tanto fue su empeño que consiguió que la puerta abierta de la jaula tan solo sirviera para ratificar la lealtad y el agradecimiento que hombre y ave se profesaban. Salía, campaba a sus anchas por la casa y volvía a la seguridad de su jaula. Incluso en el campo, después de las capturas de su dueño, durante el agradecimiento en forma de libertad que este le daba hacía lo mismo; aunque seguramente él albergaba la esperanza de que huyera en pos de una mejor vida.

Quizá la libertad sea estar cada quien en al lugar que nos hace libres para volver.

El próximo verano cuando nos volvamos a encontrar en un “Buenas noches”, después de muchos meses, no le contaré que he escrito esto. Tampoco él habrá tenido tiempo para leerlo en la cómoda seguridad de su rutina

Volveremos a hablar de sí lloverá o volverá a hacer calor, sin acordarnos de la última tormenta de este verano.

Lo que si le diré cuándo vuelva es que este también es un buen lugar para ser feliz en invierno, y en primavera, y en otoño.

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