Los milenials y la generación Z están de enhorabuena al ver reconocida su identidad a través del lenguaje. Las recientes incorporaciones al diccionario validan nuevas expresiones y giros que, lejos de considerarse ya errores o modas pasajeras, consolidan su espacio en la norma académica oficial.
Olvídate de la idea de que el diccionario es solo para académicos. Si últimamente te sorprende escuchar frases como "el negocio chapó" o "el concierto estuvo brutal" en contextos donde antes no encajaban, no estás solo. La Real Academia de la Lengua (RAE) ha decidido bajar a la calle.
La institución actualiza sus páginas año tras año para abrazar el habla coloquial, normalizando esas expresiones que, hasta hace poco, parecían exclusivas de las nuevas generaciones.
Pero el debate ha estado presente durante tantos años por la inclusión en el Diccionario de palabras como almóndiga o murciégalo que, aunque no lo parezca, llevan más tiempo del que pensamos apareciendo como palabras aceptadas.
Una conversación entre jóvenes de la generación Z puede parecerle una marcianada a un milenial, pero puede estar llena de palabras recientemente aceptadas e incluidas en el Diccionario.
Ante esta situación podemos reaccionar de dos maneras diferentes, o nos escandalizamos por el rumbo que está tomando nuestra lengua y por las palabras que sorprendentemente han sido aceptadas o, por el contrario, aceptamos que el lenguaje está en constante desarrollo y evolución.
Si optamos por esta segunda opción, incluso podemos tratar de informarnos de las novedades y dejar así a cualquier miembro de la generación Z patidifuso con nuestros brutales conocimientos de la jerga actual.
Pero no todo acaba aquí, esto es solo la punta del iceberg pues al igual que hoy en día hay multitud de formas diferentes de hablar, también hay multitud de formas diferentes de vivir y esto queda reflejado en el lenguaje.
Nos puede sorprender la aparición de palabras nuevas como crudivorismo —que hace referencia a una nueva forma de alimentación basada en el consumo de productos sin procesar— u otras como turismofobia, que define la fobia al turismo masificado. La creación de una nueva forma de alimentación y de un nuevo miedo resultado del turismo masivo dentro de un país son dos ejemplos de la acuñación de nuevas palabras.
En definitiva, el lenguaje es algo vivo y cambia constantemente, adaptándose a las nuevas necesidades de las nuevas generaciones que meten la directa a la hora de expresarse, sin dar demasiados rodeos.
Puede que nos encontremos con alguna palabra que al principio nos chirríe, pero terminarán formando parte de nuestro vocabulario diario y las incluiremos casi sin darnos cuenta. Aceptar este cambio no supone rendirse ni tampoco supone una pérdida de riqueza lingüística, sino todo lo contrario, el constante cambio es la esencia del lenguaje.
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