Dos milagros, separados por más de mil doscientos años, forman parte del relato oficial de san Saturio: el joven que cruzó el Duero sin mojarse y el niño que sobrevivió a una caída imposible. Dos historias que siguen contándose en el mismo recorrido por la ermita que corona el río a su paso por Soria.
Todo santo que se precie tiene, al menos, un milagro a sus espaldas. san Saturio, el ermitaño godo que dio nombre a la ermita que corona el Duero a su paso por Soria, tiene dos, separados entre sí por más de mil doscientos años, y protagonizados por personajes muy distintos: un joven decidido a cruzar un río a nado y un niño que sobrevivió a una caída que debería haberle costado la vida.
El primero de los prodigios ocurre en pleno siglo VI, y es, en realidad, el origen de toda la historia posterior del santo. Según la tradición, un joven llamado Prudencio llegó desde tierras alavesas hasta Soria con un objetivo muy concreto: convertirse en discípulo del ermitaño que vivía retirado en una cueva junto al río. Había un pequeño problema logístico, que no existía puente en aquel punto del Duero, así que Prudencio decidió cruzar el río a nado, sin más.
La corriente no era precisamente amable, y quienes presenciaron la escena desde la orilla daban por seguro que el muchacho no lo conseguiría. Pero Prudencio llegó al otro lado sano y salvo, con la ropa completamente seca, detalle nada menor en un relato de este tipo, gracias a que Saturio extendió su capa sobre el agua a modo de improvisada embarcación milagrosa.
El gesto convenció a Saturio de la valía espiritual del joven, que se quedó como su discípulo hasta la muerte del ermitaño. Con los años, Prudencio llegaría a obispo de Tarazona, y sería precisamente él quien impulsara el culto a su antiguo maestro. El episodio quedó inmortalizado siglos después en uno de los frescos barrocos de la capilla, pintado por Juan Antonio Zapata entre 1704 y 1708.
El segundo milagro atribuido al santo tiene lugar muchísimo más tarde, ya en pleno siglo XVIII, y en circunstancias bien distintas: aquí Saturio no actúa en vida, sino como intercesor desde el más allá.
Corría el año 1772 cuando un niño llamado Romualdo Barranco cayó desde una de las ventanas de la ermita, precipitándose hasta la orilla del río desde una altura que, por lógica, debería haber sido fatal. Sin embargo, el pequeño se levantó sin un solo rasguño. El suceso se atribuyó de inmediato a la protección de san Saturio, y el hueco desde el que cayó el niño quedó bautizado para siempre como la 'Ventana del Milagro', uno de los puntos que hoy forman parte del recorrido turístico por la ermita, conmemorado con una vidriera que recrea la escena.
Dos milagros, dos épocas y dos formas distintas de intervención divina que, siglos después, siguen contándose igual: el que llevó a Saturio a aceptar a su primer discípulo, y el que confirmó, generaciones más tarde, que su protección seguía activa sobre quienes visitaban su ermita.
Más allá de estos dos episodios reconocidos, la ermita guarda otras pequeñas tradiciones populares que han ido pasando de generación en generación, mezclando devoción, superstición y algo de sentido práctico. Por ejemplo, hay quien asegura que el propio rostro de san Saturio puede reconocerse en la roca que forma la base de la ermita, como si la montaña hubiera querido esculpir al santo en su propia piedra.
Existe la creencia de que, junto a la imagen de la Virgen de santa Ana, la moza que encontrara tres alfileres prendidos en su manto tendría pronto marido. Esos alfileres, cómo no, los colocaban allí otras novias el mismo día de su boda, como una especie de relevo de buena suerte.
También existe dentro de la superstición soriana una historia sobre los restos del santo. Ya saben que la tumba de san Saturio permaneció tapiada durante años. Pues los sorianos tenían la costumbre de meter la cabeza por un pequeño ventanuco que allí había como remedio casero contra el dolor de cabeza.
Por último, se cuenta también que una roca de la ermita manaba aceite, que se empleaba para el culto del templo, hasta que, según la leyenda, dejó de brotar como castigo cuando un ermitaño avaricioso empezó a venderlo.
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