En lo alto de la Sierra del Madero hay dos enormes bloques de piedra que parecen llevar allí toda la vida. No es así. Llegaron hasta la cima después de un complicado traslado desde la antigua Mina Petra y, junto a ellos, se levantó una escultura que lleva más de 25 años enfrentándose al viento.
La montaña puede sorprender, incluso engañar. Pero la Sierra del Madero puede hacer mucho más. Fue la primera de Castilla y León en contar con su propio parque eólico y, desde su cima, no solo ofrece unas vistas privilegiadas. También guarda una obra de arte creada allí mismo, con materiales nacidos de estas montañas y pensada, precisamente, para convivir con el viento que las recorre cada día.
Pero ¿qué hace una obra de arte en lo alto de esta sierra? Se llama ‘El sentido del viento’, es obra de María Jesús Costa y tiene una historia digna de ser contada.
Todo comienza a finales del siglo pasado, concretamente en 1998. “Fue la empresa Sinae, tras instalar el parque eólico, quien promovió esta escultura”, cuenta a Soria Noticias su creadora, María Jesús Costa, artista plástica y técnica de la Unidad de Exposiciones del Servicio de Cultura del Ayuntamiento de Zaragoza. “La empresa, creo recordar, ya había preparado un pequeño mirador y querían construir algo que fuera de allí, con materiales nacidos de esa tierra”.
La intención era intervenir en el entorno utilizando materiales del propio lugar, y la mirada terminó puesta en la antigua Mina Petra y en su mineral. “Utilizamos el oligisto, que tiene una oxidación y una pigmentación maravillosa”, apunta María Jesús. Un ocre rojizo que ha sido utilizado desde la prehistoria como tinte o pigmento natural.
Además, este mineral está compuesto de óxido de hierro (cerca del 70% de su composición es hierro), una característica que hace que este material pese "más que cualquier roca”, explica Costa. Un hecho que iba a condicionar el proyecto desde el primer momento.
Con esa idea, María Jesús se puso manos a la obra y presentó una maqueta de lo que sería la escultura. “No era una obra fácil”, explica la autora, “ya que las piedras que íbamos a utilizar se iban a seleccionar in situ, según estaban colocadas”.
Así fueron escogidos los dos grandes bloques de oligisto que acabarían formando la base de la instalación. Entre los dos sumaban unas 40 toneladas y tuvieron que ser trasladados desde Mina Petra hasta la parte alta de la Sierra del Madero. Concretamente, muy cerca del vértice de Cascarrera (1.483 m) y del Alto de las Carreras (1.485 m), que es la máxima elevación de esta sierra.
Fernando Ferrando, responsable en aquella época de Sinae, fue quien contrató a la empresa olvegueña Transportes y Excavaciones Hnos. Bonilla para realizar la operación. “El traslado de las dos rocas necesitaba de maquinaria de grandes dimensiones”, recuerda María Jesús.
Y entonces llegó uno de esos imprevistos que convierten una obra sobre el papel en una historia para contar. “A mitad de recorrido se fastidió una de las grúas”, explica. Hubo que buscar otra para poder terminar el traslado ese mismo día.
Las dos piedras, sin embargo, eran solo el principio. Sobre ellas debían colocarse cinco elementos de hierro diseñados por Costa. No se trataba de una única estructura rígida. “Las piezas llevaban un eje que permitía moverlas y terminar de ensamblarlas en la propia cima”, comenta la autora.
Los elementos fueron realizados por herreros de La Cartuja Baja, en Zaragoza, y fue el herrero José Luis Escobedo quien terminó el trabajo en la montaña. Una operación con la que casi se les hizo de noche. “Terminamos al atardecer por la historia de la grúa”, recuerda Costa.
Y así, con las piedras ya colocadas y las piezas de hierro montadas sobre ellas, ‘El sentido del viento’ comenzó a formar parte de la cima.
Pero la intención de Costa no era simplemente colocar una escultura en un lugar espectacular. “Tenía la responsabilidad de intervenir en el medio natural, de hacerlo procurando que la obra quedase integrada en el entorno y no se convirtiera en un elemento extraño colocado, sin sentido, en mitad de la nada”, explica María Jesús Costa a Soria Noticias.
Y es que la Ruta del Viento, donde se encuentra esta escultura, atraviesa precisamente el parque eólico antes de llegar al monumento y continúa después hacia la antigua Mina Petra. Es decir, en apenas unos kilómetros se concentran tres momentos diferentes de la relación de Ólvega con sus recursos naturales: la minería, la energía del viento y el paisaje convertido en espacio artístico.
La escultura parece hecha para ese lugar. No solo por el viento que la rodea, sino porque sus materiales cuentan parte de la historia de la propia sierra. La piedra procede de la propia montaña. El hierro recuerda al mineral que durante décadas salió de la antigua explotación minera. Y las cinco piezas se enfrentan a un elemento que no puede verse pero que allí arriba nunca deja de sentirse.
El resultado es una obra que no intenta dominar el paisaje, sino formar parte de él.
Y tanto es así que el viento golpea las piezas. El agua moja el hierro. La oxidación cambia su aspecto. Las piedras permanecen. La propia naturaleza, de alguna manera, continúa interviniendo en una obra que nació precisamente con la intención de integrarse en ella.
“Al lado de la escultura hay una placa con una frase que me inspiró mucho para hacer esta obra”, explica Costa. Bajo el título de la obra y el año 1998 puede leerse un texto dirigido al viajero:
“El tiempo modela nuestras vidas como el viento acaricia cada mañana este paisaje...”
Más que una obra terminada de una vez para siempre, ‘El sentido del viento’ parece haber quedado abierta a aquello que sucede después de que el artista se marcha: el paso del tiempo, la meteorología y el propio paisaje.
El proyecto tampoco terminó con aquella intervención en la cima de la Sierra del Madero. Costa realizó una serie en alabastro vinculada a la obra y un pequeño libro. En marzo de 2000, Sinae publicó ‘El sentido del viento’, con textos y grabados de la propia artista, prolongando aquella reflexión más allá de la montaña.
Más de veinticinco años después, las dos grandes piedras continúan allí, integradas en el paisaje hasta el punto de parecer que siempre formaron parte de él. El lugar se ha convertido también en un punto de descanso y en un mirador privilegiado desde el que contemplar Ólvega, el Moncayo, Noviercas y el valle del Rituerto. En los días más despejados, la mirada puede llegar incluso hasta los Pirineos.
Y cada verano, la cima adquiere otro protagonismo. Es uno de los lugares elegidos por los olvegueños para tumbarse bajo el cielo y disfrutar de las lágrimas de San Lorenzo.
Mientras tanto, el hierro se oxida, las piedras resisten y el viento sigue pasando entre ellas. Los visitantes siguen llegando y la montaña continúa haciendo su parte.
Porque ‘El sentido del viento’ no terminó cuando las grúas abandonaron la cima. Más de 25 años después, la obra sigue construyéndose allí arriba, cada vez que el viento vuelve a pasar entre sus piedras.
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