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El legado de la mujer rural: historias de toda una vida

El legado de la mujer rural: historias de toda una vida

Actualizado 15/10/2026 07:47

Un viaje por el pasado y el presente de cinco mujeres de Villar del Río que son reflejo de la vida y el alma de Tierras Altas.

Puntuales y arregladas como si fuera domingo de misa, pero esta vez la cita no era en la iglesia, sino en los bancos del antiguo lavadero, el mismo lugar al que durante tanto tiempo bajaron a lavar. Para nada tenía forma de entrevista formal pero sí mucho de charla entre amigas. Solo había que ver sus caras de alegría al recordar aquellos años para entender el valor sentimental que tenía esta reunión para ellas.

Ana Mari fue la primera en recordar lo duro que era volver de lavar del río con las manos heladas. En las casas no había agua corriente ni guantes para protegerse del frío. Su mayor alivio al terminar la faena era pasar por casa de la señora Anselma, una vecina ciega a la que Ana Mari le lavaba la ropa por puro cariño. En su cocina económica, la señora Anselma siempre le tenía preparado un cafetito en una cazolita de porcelana. "Te sabía a gloria porque venías con un frío que para qué", recuerda.

Con motivo del Día Internacional de la Mujer Rural, María Isabel, Esperanza, Sole, Ana Mari y Aurora nos abren su corazón para contarnos cómo era, y cómo es hoy, la vida en Villar del Río.

Infancias cortas y tareas en casa

Para las niñas de entonces, la infancia duraba muy poco. Esperanza, que camino de los 92 años conserva una energía envidiable, contaba cómo de pequeña su madre la dejaba encerrada en casa para pelar patatas, limpiar las cuadras y barrer las escaleras antes de que los mayores volvieran del campo. A través de la ventana llamaba a sus amigas para hablar mientras trabajaba, con ganas de salir a jugar.

Al cumplir los 14 años, la escuela se terminaba para casi todas. Mientras algunos chicos del pueblo podían seguir estudiando fuera o ir al seminario, las mujeres se quedaban ayudando en el hogar. Isabel dejó la escuela a esa edad y se marchó a Tudela (Navarra) a trabajar como niñera. Otras tomaron rumbos más lejanos, como Aurora, que tras casarse con un mozo de la comarca se mudó a San Sebastián. Las que se quedaron en el pueblo bien pronto se pusieron también a trabajar. Ana Mari se dedicaba por las tardes a 'el pago', cuidando las ovejas de los vecinos para que no entraran en los sembrados a cambio de una peseta al día y un bocadillo.

Todas coinciden en que "no había opción de elegir qué ser de mayor, era sencillamente lo que había". A Ana Mari le gustaba mucho la peluquería y peinaba a sus amigas, pero en su casa no le dejaron dedicarse a ello. Tampoco había agua corriente en las viviendas, en su caso no llegó hasta 1976, así que tocaba subir el agua a mano en depósitos y tinajas de 200 litros.

El trabajo en el campo, el frío y los 'trasnochos'

La vida de Esperanza ha estado marcada por el trabajo diario en el campo y con los animales. Iba a segar con su marido, preparaba la comida para los trabajadores de la cuadrilla y subía el agua a pie desde la fuente de la plaza hasta la parte alta del pueblo para dar de beber al ganado. Entre sus recuerdos guarda el susto que se llevó un día que fue a buscar agua a la fuente y se encontró con un hombre al que buscaban con aviones.

En invierno, cuando no había calefacciones ni braseros en las casas, la vecindad se juntaba en las cuadras de las ovejas en los llamados 'trasnochos'. Allí se reunían para aprovechar el calor de los animales. Mientras los hombres arreglaban las cinchas y los aperos de las mulas, las mujeres cosían y tejían jerséis, medias y calcetines a mano hasta cerca de la medianoche.

A esas duras faenas del campo y del hogar se sumaba el trabajo silencioso de quienes, como Soledad, dedicaron su vida a cuidar del pueblo. Pese a las dificultades para moverse y a la ayuda del andador, conserva una memoria impecable: estuvo 15 años en casa del médico cuidando de sus siete hijos, cinco años con el veterinario y 20 años en la farmacia. Entre risas, recuerda cuando tuvo que ir a Soria a buscar un medicamento urgente con una receta que no se entendía nada. Al ver los trazos del médico, el farmacéutico de la capital le dijo: "Dígale a su médico que escriba mejor".

Villar del Río hoy: la partida de cartas y la vida tranquila

Al hablar del presente, las caras de alegría demostraban lo mucho que ha cambiado la vida en el pueblo y lo bien que se sienten hoy. Una vida tranquila donde, por ejemplo, María Isabel ha arreglado la casa de sus padres para pasar largas temporadas con sus hijos y nietos, o el caso de Esperanza que sale a caminar una hora cada mañana y hace sus ejercicios en casa.

Con los años, han sabido romper viejas costumbres. Si en su juventud las mujeres no solían ir al bar, ahora se juntan cada tarde/noche para jugar a las cartas. Aurora ha sido una de las principales impulsoras de estas partidas, animando a sus vecinas a salir de casa y pasar un buen rato juntas.

Hay días en los que el trabajo periodístico se convierte en un regalo, y ver la sonrisa de María Isabel, Esperanza, Soledad, Ana Mari y Aurora compartiendo sus vivencias en los bancos del lavadero lo demuestra, recordándonos en este Día Internacional de la Mujer Rural que la verdadero alma de nuestros pueblos está en la memoria de sus mujeres.

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