Fuera redes sociales: nada de mensajes directos en Instagram, conversaciones calientes en WhatsApp ni likes en TikTok… Y de Tinder ya mejor ni hablamos. ¿Cómo conocerías a alguien nuevo? ¿Cómo encontrarías al amor de tu vida? Quizá tocara recuperar las miradas furtivas o esos amores fruto de la casualidad.
Antes no había teléfonos y no podías mandar iconos de fueguitos ni hacer match. Los jóvenes de los pueblos de Soria se reunían las noches de sábado bajo la ventana de una casa: cantaban, bromeaban y se ponían nerviosos mientras esperaban a que la muchacha que les gustaba se asomara.
Ni likes ni mensajes directos, el amor se declaraba en voz alta, entre coplas y guitarras. Se enamoraban a través de piropos escondidos entre versos, bailes en las noches de fiesta del pueblo, rondas al amanecer, celos entre pretendientes y anhelo de propuestas de matrimonio reales.
Las rondas y canciones recogidas en el cancionero tradicional soriano conservan ese aura romántica propia de un tiempo pasado. Palabras que sirvieron durante generaciones para cortejar, prometer o despedirse, y que hoy en día conservamos con cariño y puede que cierta nostalgia.
El antiguo match
En muchos pueblos sorianos, la ronda era uno de los momentos clave del cortejo. Los mozos recorrían las calles por la noche y se detenían frente a la casa de la muchacha que les gustaba. Allí cantaban coplas entremezcladas con piropos y a veces con un toque de picardía, todo con el único fin de llamar la atención de la joven.
En cierto modo era el equivalente al match de hoy en día, aunque aquí no bastaba con deslizar el dedo en la pantalla, había que tener valor para plantarse bajo la ventana y cantar delante de medio pueblo:
Sabadito por la tarde por tu puerta me paseo,
domingo por la mañana me pongo en el cementerio,
por ver si tú vas a misa con tu talle y tu meneo,
que hasta los casados dicen: ¡Quién pudiera ser tu dueño!
El rondador observa, espera y vuelve una y otra vez, al final no se diferencia mucho de eso de mirar el móvil cada cinco minutos por si llega un mensaje suyo. La diferencia es que antes no había sofá ni pantalla de por medio, tocaba pasearse por la calle de la muchacha con paciencia… y con suerte.
Sin emojis para ligar
Las rondas también servían para algo muy parecido a lo que hoy en día serían los comentarios en una foto: llamar la atención de la persona que te gusta. Aunque la similitud acaba ahí, pues lo que antes era una rima poética y trabajada:
Esos tus rubios cabellos,
si el oro y la plata es fina,
no hay comparación con ellos.
Ahora es un simple ‘qué fea’, directo y demoledor. Antes, comparar la belleza de la amada con oro, plata o incluso con una rosa o un clavel era la táctica infalible para llegar a conquistarla. Ahora te puedes dar con un canto en los dientes si no utilizan el típico pique rollo malote a lo Mario Casas en ‘Tres metros sobre el cielo’.
Sin botón de ‘borrar’
Pero… ¿qué pasa si tu táctica no funciona? Hoy en día es fácil, si la chica no se te sube a la moto borras tu mensaje de donjuán y listo, justo por esto hay que reconocerle el mérito a todos esos rondadores antiguos.
Ellos no tenían opción de ‘borrar mensaje’ ni de ‘deshacer envío’. Si la copla salía mal o algún gallo traicionero aparecía en mitad de la serenata, no había manera de esconderlo. Y si ella no estaba interesada no había opción de que te ‘dejara en visto’, simplemente… no se asomaba a la ventana, el ghosting era mucho más aniquilador porque era en persona y encima se enteraba todo el pueblo, ¡desde luego que la valentía era algo con lo que más les valía llevarse bien!
El wifi no cambia todo
Pero fuera de todas estas diferencias, si lo pensamos bien, las formas cambian pero el objetivo sigue siendo el mismo. Antes se rondaba bajo un balcón con una guitarra y ahora se stalkean fotos antiguas para encontrar la excusa perfecta para escribir. Antes se esperaba a que la muchacha apareciera en la ventana, ahora se espera a que aparezca ese temido ‘escribiendo…’.
Quizá la tecnología ha cambiado la forma de acercarnos pero desde luego que esos nervios de antes de hablar con alguien o la emoción de saber si el sentimiento es mutuo es algo que ningún avance tecnológico puede cambiar. ¡Quién sabe! Quizá aquellos rondadores se reirían de cómo ligamos ahora… aunque probablemente, después de navegar un rato por Tinder acabarían diciendo lo mismo que nosotros cuando vemos sus coplas: que quizá antes todo era un poco más complicado, pero también tenía su encanto.
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