'Volverán las oscuras golondrinas…'. Gustavo Adolfo Bécquer, tan vinculado a las tierras del Moncayo, conocía bien estos paisajes en los que el cielo cambia con las estaciones. Quién sabe cuántas veces contemplaría el vuelo de las aves que, al llegar el otoño, emprenden su viaje hacia el sur. Hoy, como entonces, las golondrinas se marchan, las grullas anuncian que el calor ya termina con sus llamadas y las quincejas aparecen en campos y pastizales. Tras estos movimientos se esconden rutas, estrategias y curiosidades que descubriremos de la mano de Juan Luis Hernández, coordinador de SEO/BirdLife en Soria.
El otoño es un relevo en el cielo. Mientras las golondrinas, los cucos y otras aves que cruzan el Sáhara ya pusieron rumbo a África al final del verano, ahora llegan a Soria visitantes procedentes del norte y el centro de Europa. Vienen a pasar aquí los meses fríos, buscando alimento y condiciones más favorables. Unas se despiden; otras acaban de llegar. Y muchas atraviesan la provincia siguiendo caminos invisibles que la naturaleza lleva siglos dibujando.
Las aves migratorias no se lanzan a volar sin rumbo. La geografía también cuenta. Las montañas, los valles y los corredores naturales condicionan sus desplazamientos. En Soria, uno de esos pasos se encuentra entre las Tierras Altas y el Moncayo, donde "los puertos de Oncala y La Carrasca ofrecen algunos de los mejores lugares para observar el movimiento migratorio."
"Las aves que entran por los Pirineos navarros encuentran un paso favorable entre las Tierras Altas y el Moncayo. Si miras desde Aragón, el Moncayo se ve como una montaña enorme y las aves aprovechan el corredor que queda a su lado para continuar el viaje".
Es una especie de autopista natural: no hay señales ni asfalto, pero sí un terreno que facilita el camino a quienes recorren cientos o miles de kilómetros. La zona oriental de la provincia, desde las proximidades de la capital hacia el Moncayo, es especialmente interesante para observar aves en movimiento.
Entre "mediados de octubre y los primeros días de noviembre" se produce uno de los momentos más animados del calendario migratorio. Basta con detenerse, mirar con atención y descubrir que el paisaje no solo cambia en los árboles o en los campos. También cambia por encima de nuestras cabezas.
No todas las aves que vemos en otoño vienen del mismo lugar ni se dirigen al mismo destino. Algunas, como las golondrinas, los abejarucos, los cucos, las cigüeñas o las águilas calzadas, cruzan el Sáhara para pasar el invierno al sur del desierto. Muchas emprendieron ese viaje después de criar, desde mediados del verano. Otras, como los zorzales, los pinzones o las grullas, llegan desde el norte y el centro de Europa para pasar el invierno mucho más cerca.
Entre los grandes viajeros está el cuco. Cuando termina la época de cría, desaparece de nuestros campos y emprende una aventura que lo llevará hasta África. Pero ¿cómo sabe que tiene que ir hasta allí si no crece con sus padres biológicos? Y, viajando de noche, ¿cómo consigue orientarse a lo largo de semejante distancia? Las aves cuentan con extraordinarios mecanismos de navegación y pueden utilizar referencias como el "campo magnético terrestre y las estrellas".
Como el cuco, muchas especies viajan de noche. La oscuridad puede reducir su exposición a determinados depredadores y les permite desplazarse en condiciones distintas a las del día. Otras aprovechan las corrientes de aire para avanzar con menos esfuerzo. Cada especie tiene sus estrategias y su calendario.
Si hay unos protagonistas del otoño que despiertan especial interés en Soria, son los zorzales. Entre las especies más habituales están el zorzal común y el alirrojo, que suele aparecer algo más tarde. El primero también cría en la provincia, de modo que los ejemplares locales comparten el territorio con los que llegan desde otras latitudes.
"Los zorzales son de las aves más buscadas en Soria. Llegan en grandes cantidades y se mueven buscando alimento, sobre todo frutos y bayas". Los acebales y los sabinares son buenos lugares para observarlos. Allí encuentran recursos para alimentarse antes de continuar su viaje. Porque Soria no siempre es la última parada. Muchos zorzales siguen hacia el sur hasta alcanzar los olivares andaluces, donde pasan los meses fríos.
Así, un ave que hoy se alimenta entre las sabinas puede acabar semanas después en un paisaje completamente distinto. La migración conecta territorios separados por cientos de kilómetros y convierte a estos pequeños viajeros en un puente entre bosques, campos y olivares.
Hay llegadas que se anuncian antes de que podamos verlas. El trompeteo de las grullas resuena sobre el paisaje y avisa de que el otoño avanza. Su tamaño y sus llamadas las convierten en unas de las viajeras más reconocibles de esta época.
Pero su calendario parece haber cambiado. "Antes, las grullas empezaban a pasar alrededor del Pilar y para Todos los Santos ya habían cruzado muchas. Ahora pueden seguir llegando hasta diciembre".
Algunas de las primeras se dejan ver por zonas como Yanguas y Ólvega. Su paso recuerda que la migración no es un reloj exacto, ya que las condiciones meteorológicas y los cambios en los lugares donde pasan el invierno pueden influir en las fechas.
La llegada puede prolongarse más que antes, mientras que el regreso hacia las áreas de cría continúa concentrándose en torno a febrero. El cielo soriano, por tanto, puede seguir recibiendo estas grandes bandadas cuando el otoño está a punto de dar paso al invierno.
Una gaviota sobrevolando la costa no sorprende a nadie. Una gaviota sobre los pinares sorianos ya es otra historia. Sin embargo, algunas de estas aves atraviesan el interior peninsular durante sus desplazamientos, y la provincia puede encontrarse en su camino.
La gran mayoría que vienen del norte de Europa, entran desde el entorno del golfo de Vizcaya y avanzan por el norte peninsular, pasando por el País Vasco y Burgos, en un corredor que discurre aproximadamente "en paralelo a la carretera N-I hasta que llegan a Madrid, donde la mayor parte pasa el invierno", explica Juan Luis Hernández.
El entorno de Pinares puede convertirse en un lugar de paso, aunque estos movimientos son más habituales hacia Burgos que en el este de la provincia. No todas las gaviotas siguen exactamente el mismo itinerario, pero su presencia demuestra que las rutas migratorias no siempre coinciden con lo que imaginamos al mirar un mapa. El mar queda lejos, pero las aves no entienden las fronteras que trazamos las personas. Siguen los caminos que les ofrece el territorio.
No todas las protagonistas de la migración tienen el tamaño de una grulla. En noviembre, los campos sorianos reciben a las quincejas, nombre popular con el que se conoce en la zona a las avefrías. Su plumaje blanco y negro permite reconocerlas y sus llamadas delatan su presencia. Pueden aparecer en grupos de alrededor de quince ejemplares, de ahí su nombre, aunque a veces forman concentraciones de cientos de aves. Los prados húmedos y los terrenos abiertos son buenos lugares para buscarlas.
También se mueven aves más pequeñas, como alondras, jilgueros, pardillos y lavanderas. Algunas crían en Soria y se desplazan hacia zonas más favorables; otras llegan desde el norte de Europa para pasar aquí el invierno. Entre estas últimas destacan los pinzones reales y distintas especies de bisbitas.
Y hay días en los que el tiempo cambia las reglas. Los temporales de frío intenso en Europa pueden provocar las llamadas fugas de temporal: algunas aves abandonan zonas especialmente adversas y aparecen donde no es habitual verlas. El chorlito dorado es uno de esos visitantes que puede sorprender en los campos y las lomas del este soriano.
La migración no siempre significa cruzar países o continentes. A veces basta con cambiar de montaña. Entre las "visitas más excepcionales están el acentor alpino y el treparriscos, aves propias de ambientes de alta montaña que pueden llegar desde los Pirineos o la cordillera Cantábrica". En determinadas circunstancias aparecen en sierras calizas del entorno soriano, como las de Beratón y Purujosa.
Son encuentros poco habituales, pero "recuerdan que el frío y la búsqueda de alimento también empujan a algunas especies a abandonar sus territorios de costumbre". Para observarlas hace falta paciencia y atención, porque no todas las sorpresas migratorias llegan en grandes bandadas ni anuncian su presencia con llamadas estruendosas.
Soria tiene carreteras, caminos y pasos de montaña que conocemos bien. Pero también cuenta con rutas invisibles que se activan cada otoño. Sus sabinares, pinares, campos y sierras son lugares de descanso, alimento y tránsito para aves que conectan territorios muy lejanos.
No hace falta ser un experto para disfrutar de este espectáculo. Los "pasos de montaña y los campos abiertos ofrecen buenas oportunidades", especialmente entre mediados de octubre y los primeros días de noviembre, aunque cada especie tiene su propio calendario y la meteorología puede cambiar los planes.
Quizá la próxima vez que miremos al cielo veamos algo más que pájaros cruzando el horizonte. Puede que estemos contemplando un viaje de miles de kilómetros, una ruta heredada durante generaciones o una parada en mitad de una aventura que todavía no ha terminado. Porque, mientras aquí cambia el paisaje, sobre Soria los misterios de la naturaleza pasan volando.
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