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No sé si votar, o botar

No sé si votar, o botar

Actualizado 30/10/2026 13:27

La quinta columna de Patxi Irigoyen para Soria Noticias.

Si voy a las urnas, no tengo más remedio. Si lo pienso, lo dudo. Si mi pensamiento es por el lado de “ciudadano bueno”, no me queda más remedio que seguir el mismo juego que llevamos haciendo desde hace casi ya 50 años. Si siguiera el criterio y el impulso de mi sentimiento, el último fin de semana de noviembre estaría en las Antípodas, y con ganas de quedarme el tiempo suficiente como para hacer pasar el análisis de los resultados de ese domingo postrero de noviembre que se ha decidido el día perfecto para que tengamos posible el ejercicio del derecho a voto.

La enorme diferencia entre botar y votar marca algo así como el sentimiento que ahora mismo corre por mi cerebro. Y no deja de parecerme curioso: hasta el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua se adapta perfectamente a mi pasión por el vocabulario. Son palabras de tanta diferencia en sus significados……… parece mentira que una sola letra pueda reflejar una idea u otra con tanta separación.

Es algo que les sucede, a mi juicio, a los cargos políticos en este país; puede que una sola letra dispare las diferencias ideológicas, pero ahora mismo la diferencia no será por tal causa, sino por la de adherirse o no a la causa de la defensa de lo público, del interés por hacerlo bien sin saber cuánto tiempo van a tener para ello, o sin pensar que la próxima legislatura estando fuera del estamento en que actualmente están puede que les cambie tanto que el paro, el hambre y la falta de dedicación les lleve a la catástrofe.

Conseguir que la ley orgánica del régimen electoral general cambie conceptos y artículos no es nada complicado, salvo que quienes tienen la capacidad para iniciar los proyectos o proposiciones de todo ello no lo piensen ni de lejos, porque en el fondo cualquiera de esas modificaciones irían en contra de sus propios intereses, que no de los de aquellos a quienes representan, que no defienden.

Los romanos y los griegos ya limitaron el número de mandatos representativos consecutivos; en la Edad Media repúblicas como Venecia también lo hicieron; en Rusia existió hasta que el actual mandatario abolió la ley que lo hacia, y por supuesto en países europeos como Francia, o los americanos como EEUU, y los argentinos o los brasileños que también lo tienen limitado. De una forma u otra, el límite establece que nadie, o casi nadie, pueda “pegarse” a la columna o al radiador caliente de la vida política. Que ningún ciudadano pueda hacerse “profesional” de los cargos representativos que reportan beneficios económicos por una dedicación que, incluso en muchos casos, no es exclusiva o no requiere una jornada laboral como la de cualquier trabajador. Botar, boto. Votar? No me quedará más remedio.

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