La localidad recupera por segundo año consecutivo esta tradición popular y religiosa tras más de medio siglo sin celebrarse. El acto se traslada ahora al portalillo del templo parroquial y concluye con una cena vecinal.
La localidad de Quintanilla de Tres Barrios volvió a evocar en la noche del domingo el tradicional canto a las ánimas. Esta representación de carácter popular y religioso se celebró en la iglesia parroquial de San Lorenzo Mártir, consolidando una costumbre que resurgió el pasado año después de permanecer más de medio siglo sin escenificarse.
En esta nueva etapa, el desarrollo del acto ha adaptado su escenario original debido a la disminución de hogares abiertos en el municipio. En lugar de recorrer las viviendas del pueblo como se hacía antaño, la representación se concentra exclusivamente en la puerta de la iglesia y ya no se utiliza la alforja para recoger donativos ni cuenta con la participación exclusiva de los hombres.
Durante la recreación, el público se congrega en el interior del templo mientras los cantores se sitúan en el portalillo para emular la antigua costumbre. La jornada de recuerdo a las tradiciones locales se completó con una cena popular como colofón a la noche, ideada para reunir a un elevado número de comensales.
Según recoge la crónica de Leopoldo Torre sobre esta tradición, en el pasado las familias se reunían en torno a la mesa durante la noche de Todos los Santos sin salir de sus hogares. En ese momento, el grupo de mozos recorría las calles desiertas para cantar y rezar por las ánimas del purgatorio, dividiéndose en dos cuadrillas cuando el pueblo contaba con numerosos hogares abiertos.
La comitiva acudía con una alforja al hombro y hacía sonar una campanilla en cada puerta para avisar de su llegada. Cuando el cabeza de familia se asomaba, los mozos le preguntaban si deseaban que cantasen o si preferían únicamente el rezo, opción que se elegía cuando había ocurrido una muerte reciente en la casa. En medio del silencio de la noche, los jóvenes entonaban estas estrofas:
"Almas si queréis gozar del divino consistorio, dad limosna por sacar, ánimas del purgatorio. Si a tu padre o madre viereis, en vivas llamas arder, que daríais por sacarles y no verles padecer. Por las pobrecitas almas, todos debemos rogar, que las saque Dios de penas, y las lleve a descansar. Ánimas del Purgatorio."
Tras el cántico, los participantes rezaban un padrenuestro, un avemaría y pronunciaban una breve alocución sobre las almas y los pecados. Al terminar, el cabeza de familia abría la puerta y entregaba en la alforja un donativo en especie, que con el paso de los años pasó a realizarse en metálico. Una vez completado el recorrido por todas las viviendas, las dos cuadrillas se reunían en la puerta de la iglesia para repetir la canción y la oración final.
Esta celebración nocturna enlazaba con el posterior día de los Difuntos, tras una noche en la que las familias permanecían reunidas para honrar la memoria de sus fallecidos. Durante la misa de esa jornada, la Cofradía repartía velas a los cabezas de familia para que las mantuvieran encendidas a lo largo de la ceremonia.
La crónica detalla asimismo que la organización de los mozos desempeñaba un papel central en las costumbres de Quintanilla de Tres Barrios, llegando a reunir en épocas de mayor población a unas tres decenas de integrantes. El grupo contaba con normas propias y un organigrama formado por alcalde, teniente de alcalde y alguaciles, cargos que iban rotando durante un periodo establecido.
Para ingresar en esta agrupación y asumir inicialmente el puesto de alguacil, los jóvenes debían cumplir una serie de requisitos y costumbres:
Además de organizar la pingada del mayo, los carnavales, las fiestas patronales o enramar a las mozas por San Juan, la cuadrilla protagonizaba dos días de convivencia en torno a la festividad de los Santos. Los actos comenzaban en la noche del 31 de octubre, cuando se corría la machorra: se soltaba por las calles una oveja no preñada tras la que corrían mozos y chicos para evitar que se desviara hacia el campo.
Una vez atrapado el animal tras la carrera, los propios mozos lo sacrificaban para alimentarse con su carne durante las dos jornadas siguientes. Durante ese tiempo, los integrantes de la cuadrilla comían y dormían juntos bajo un mismo techo, preparando guisos con la carne de la oveja, los productos recibidos en las casas y la verdura que pudieran recoger en el campo.
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