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La pareja resiste, pero se hace independiente

La pareja resiste, pero se hace independiente

Actualizado 30/03/2026 08:41

La última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas dibuja un mapa complejo de la sexualidad en España: una sociedad que se percibe más libre y menos condicionada por prejuicios. Los datos revelan tensiones entre tradición y cambio, entre el peso persistente de la pareja y la independencia económica de sus miembros.

La fortaleza del modelo de pareja tradicional no decae. Casi siete de cada diez españoles (69,2%) mantienen actualmente una relación sentimental, y entre quienes la tienen, el 97,4% afirma que se trata de una relación monógama con una sola persona.

Las fórmulas alternativas —relaciones abiertas (1,7%) o poliamor (0,5%)— siguen siendo marginales. El cambio cultural, por tanto, no se traduce aún en una transformación estructural del modelo dominante, sino más bien en una apertura conceptual.

Sin embargo, ese modelo tradicional se flexibiliza. La convivencia sigue siendo importante —más del 84% la considera muy o bastante relevante—, pero aparecen matices: crece la aceptación de relaciones sin convivencia o con independencia económica marcada, especialmente entre los más jóvenes.

La independencia, nuevo pilar de la pareja

Uno de los datos más significativos es el peso de la autonomía individual. El 58,5% considera "muy importante" la independencia económica dentro de la relación, una cifra que subraya un cambio profundo respecto a modelos más dependientes del pasado.

Este factor introduce una redefinición del vínculo: la pareja ya no se entiende tanto como unidad económica o proyecto indivisible, sino como una relación entre individuos autónomos.

Esta tendencia es especialmente intensa entre las mujeres, lo que apunta a una evolución vinculada también a la igualdad de género.

La percepción social sintetiza bien la ambivalencia del momento. El 81,6% cree que las relaciones actuales permiten mayor libertad individual, pero el 78,8% también considera que son más inestables que hace 50 años. A esto se suma que más del 60% percibe que generan mayor incertidumbre.

El diagnóstico es claro: la libertad conquistada no elimina las tensiones, sino que las transforma. La desaparición de normas rígidas abre posibilidades, pero también incrementa la fragilidad de los vínculos.

El factor generacional

La edad marca una fractura evidente en la forma de entender la sexualidad y las relaciones. Entre los jóvenes se concede menor importancia a la relación sentimental como eje vital (solo un 18,3% de los jóvenes de 18 a 24 años la considera "muy importante"), hay mayor presencia de relaciones casuales (hasta el 38% entre jóvenes sin pareja) y un mayor percepción del impacto de redes sociales.

En cambio, las personas mayores conceden mayor peso a la relación estable y a la convivencia.

Uno de los consensos más amplios del estudio es el impacto de Internet. Más del 73% de la población considera que las relaciones afectivas y sexuales han sido profundamente transformadas por las redes sociales. Este efecto es especialmente intenso en menores de 35 años, donde supera ampliamente el 85%.

Las plataformas digitales no solo han cambiado la forma de conocer a otras personas, sino también las expectativas, los ritmos y la estabilidad de las relaciones.

'Singles' por elección

El estudio también revela un fenómeno relevante: la aceptación de la vida sin pareja.

Entre quienes no tienen relación, un 36,6% afirma que le gustaría seguir sin pareja dentro de cinco años. Este porcentaje se dispara entre las mujeres (48,3%) y en edades avanzadas (hasta el 68,3% en mayores de 75 años).

La soltería deja de percibirse únicamente como una situación transitoria o no deseada y pasa a integrarse como una opción vital legítima.

Los votantes del PP priorizan estabilidad; los del PSOE, autonomía en pareja

La segmentación por recuerdo de voto en la encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas introduce un matiz revelador: la sexualidad y la vida afectiva no solo cambian con la edad o el género, también lo hacen según la orientación política.

Aunque el modelo de pareja tradicional sigue siendo hegemónico en todos los electorados, emergen diferencias significativas en valores, percepciones y expectativas entre votantes del Partido Popular y el Partido Socialista Obrero Español.

Los votantes del PP otorgan un mayor peso a la relación sentimental como elemento central (33% la considera "muy importante"), ponen más énfasis en la convivencia (62,9% la ve como "muy importante") y poseen una percepción más acusada de la inestabilidad actual (casi la mitad, 49,5%, está "muy de acuerdo" con esta idea).

Por su parte, los votantes del PSOE muestran un ligero descenso en la centralidad de la relación (30,4% "muy importante"), conceden más peso a la independencia económica (60,7% la considera "muy importante", frente al 50,5% del PP) y dramatizan menos la inestabilidad (36,4% "muy de acuerdo").

El contraste es sutil pero consistente: mientras el votante del PP prioriza estabilidad y estructura, el del PSOE introduce con más fuerza la lógica de autonomía individual dentro de la pareja.

Pese a esas diferencias, hay un elemento común decisivo: la práctica real apenas diverge. Más del 98% de votantes de PP y PSOE mantienen relaciones monógamas y la proporción de personas con pareja es muy similar (73,8% en PP y 72,9% en PSOE). Es decir, el discurso ideológico introduce matices, pero no altera de forma significativa el comportamiento.

Más sexo entre ateos, más condicionantes entre creyentes

El cruce por creencias religiosas en la encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas revela una de las fracturas más interesantes del estudio: la sexualidad en España no solo depende de la edad o la ideología, sino también del grado de religiosidad. Sin embargo, lejos de dibujar dos mundos opuestos, los datos apuntan a una realidad más matizada, donde las diferencias existen, pero conviven con patrones comunes.

El 85% de los que se confiesan ateos declara haber tenido relaciones en el último año, mientras que entre católicos practicantes, la cifra baja al 75,1%. La distancia existe, pero no es extrema. La mayoría de los grupos —incluidos creyentes— mantienen una vida sexual activa.

Donde sí se observa una huella clara de la religiosidad es en las razones para no mantener relaciones sexuales. El 10,2% de católicos practicantes menciona motivos religiosos o de convicción.

Entre ateos, esa cifra cae al 3,7%. Es el indicador más directo de influencia moral. Sin embargo, incluso entre los más creyentes, estos motivos no son mayoritarios. La religión condiciona, pero no monopoliza la explicación.

La soledad y el deseo: patrones distintos

El análisis de las causas de inactividad sexual muestra contrastes más amplios. Entre agnósticos, destaca el motivo de "no haber encontrado a alguien que les guste" (hasta un 20,7%), entre ateos, gana peso la falta de interés o deseo (en torno al 20%), mientras que entre católicos practicantes, aparecen con más fuerza factores ligados al ciclo vital, como la viudedad (25,1%).

Pero parte de estas diferencias no se explican solo por la fe, sino por la estructura demográfica. Los católicos practicantes concentran mayor proporción de población envejecida, lo que explica el mayor peso de la viudedad y más incidencia de enfermedad como causa de inactividad.

Por el contrario, entre ateos y no creyentes predominan perfiles más jóvenes, donde las razones son más vinculadas al deseo, las preferencias o las oportunidades.

Coincidencias de fondo

Pese a las diferencias, el patrón general se mantiene: La mayoría de todos los grupos mantiene relaciones sexuales, los motivos principales para no tenerlas son similares (deseo, salud, circunstancias personales) y las razones estrictamente religiosas ocupan un espacio secundario.

En el conjunto de la población, solo un 1,6% menciona la religión como motivo para no tener relaciones sexuales. Este dato sintetiza bien el momento actual: la influencia religiosa existe, pero ha dejado de ser central en la regulación de la vida íntima.

La encuesta del CIS no muestra una revolución abrupta, sino una transición progresiva. La sociedad española avanza hacia modelos más flexibles, individuales y diversos, pero sin abandonar completamente las estructuras tradicionales.

La pareja sigue siendo central, pero cambia su significado: menos normativa, más negociada; menos dependiente, más individualizada.

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