La Fundación Vicente Marín nos ha abierto hoy sus puertas, y hemos podido conocer de primera mano la historia de Vicente, el legado que el conde le dejó y todo el patrimonio que hoy transforma Bretún en territorio de memoria, arte y legado de una vida compartida.
La Fundación Vicente Marín abrió sus puertas al público en junio de 2016. Desde entonces ha pasado por momentos mejores y peores, pero el empeño constante de Vicente por sacar adelante su proyecto ha hecho que hoy Bretún pueda presumir de albergar cientos de auténticas obras de arte.
“Yo prefiero pasar penurias antes que vender nada, quiero que la gente lo pueda disfrutar”, nos ha revelado al preguntarle sobre el motivo detrás de su empeño.
Y se entiende en cuanto se cruza la puerta. Lejos de la idea de ‘museo corriente’, la Fundación se siente como una casa habitada, viva, donde cada objeto parece transmitir su propia historia. Vicente, por su parte, no recibe como un guía, sino como alguien que te abre literalmente las puertas a su mundo de par en par.
El año pasado pasaron por aquí más de 1.500 visitantes, y todos recorrieron una colección difícil de asimilar en una sola visita: obras de Sorolla, Murillo, César Manrique, Peter van Lint o Francisco Álvarez Sotomayor entre otros, conviven con joyas, objetos de lujo, más de seis mil libros, vajillas aristocráticas y muebles de la dinastía Ming, entre muchas otras piezas.
En el origen de todo está la figura del Conde de Atarés, Grande de España, un título de gran peso dentro de la nobleza aragonesa. La llave simbólica y su traje forman parte de la colección, casi como si su presencia siguiera aquí.
A partir de su legado, sumado a las propias adquisiciones de Vicente Marín, se ha ido construyendo esta colección que él mismo resume sin artificios: “Está todo junto, lo mío y lo del conde”.
Lo que más llama la atención al caminar por las sala del museo de la sede, del principal, del de la casa o de la biblioteca, es que aquí nada está ordenado por jerarquías económicas. No hay una distancia entre lo valioso y lo cotidiano. Conviven sin distinción ninguna las figuritas de roscón de Reyes que ambos coleccionaban con joyas de enorme valor, como si el criterio no fuera el precio, sino lo que significa cada uno de los objetos.
Un ejemplo claro es el retrato del rey Luis I de España, obra de Miguel Ángel Houasse, reclamado en varias ocasiones por el Museo del Prado. Vicente lo dice sin dudar: no quiere que salga de Tierras Altas. Lo mismo ocurre con los doce apóstoles de Salzillo, reclamados en su día por 66 millones de pesetas.
Entre las estanterías de la biblioteca también se siente esa mezcla de cuidado, pero con cierto sentimiento de pérdida. Parte de los libros fueron sacados de allí de mala manera debido a la intervención del llamado ‘conde asesino’, el sobrino nieto del Conde de Atarés que heredó el título tras la muerte de Miguel López de Tuesta. Su envidia y ambición, que dieron fin a su vida pronto, llevándose consigo a su mujer y a una amiga de ella, hicieron que tras conocer que él era el dueño de la colección se llevara un gran número de ejemplares para sacarlos a subasta.
Mientras Vicente lo cuenta, no suena como un episodio o una etapa cerrada, sino como algo que todavía pesa tanto en el lugar como en su memoria.
La Fundación, tal y como se ve hoy, nace precisamente de esa necesidad de preservar. Lo que queda no es solo una colección de objetos valiosos, sino una historia hecha de memoria y de una vida compartida entre Vicente y Miguel. Y mientras se recorre, la sensación es clara: cada sala es un fragmento de algo que sigue vivo, sostenido por alguien que ha decidido que nada de esto salga nunca de Bretún.
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