Hay un ruido que cualquiera que haya pasado unos Sanjuanes en Soria reconoce con los ojos cerrados. No es la charanga, ni los cohetes, ni el griterío de las cuadrillas. Es el tintineo metálico de la feria al caer la tarde: la bola de la tómbola dando vueltas, el aire comprimido del puesto de tiro, la musiquilla cansina de los caballitos. Durante generaciones, las fiestas fueron también el primer sitio donde un niño soriano aprendía a jugar. ¿Os acordáis de lo poco que duraban unas monedas en aquellas casetas? Vale la pena repasar a qué se jugaba entonces y, de paso, a dónde ha ido a parar buena parte de aquel juego.
En Soria, el calendario del juego arrancaba mucho antes del 24 de junio. Con la previa del Lavalenguas ya estaban montadas las primeras casetas, y para San Juan el recinto se convertía en un muestrario de suerte y puntería. La tómbola con sus números pinchados en un corcho. El tiro al blanco y sus escopetas de feria, siempre un poco torcidas para que costara acertar. El pim pam pum de latas apiladas que nunca caían del todo. La rifa del jamón. Los caballitos, que no eran un juego de azar pero sí el primer mareo voluntario de muchos.
Lo importante casi nunca era el premio. Lo que caía solía ser una rosa de plástico o un peluche descosido, y daba igual. Lo que valía era el gesto: poner la moneda, arriesgar delante de los amigos, presumir si salía bien y aguantar las risas si salía mal. Porque aquel juego era, sobre todo, una cosa de grupo. Se jugaba en la plaza, a la vista de todos. La cuadrilla hacía corro alrededor del que apuntaba, y el acierto o el ridículo eran igual de públicos. Nadie jugaba solo en la feria. Esa era media gracia.
Cuando la feria se desmontaba, el juego no se iba de la ciudad: se mudaba al bar. Allí seguía, los doce meses del año, la máquina del rincón. Las recreativas y las tragaperras llegaron a los bares españoles a comienzos de los años ochenta y enseguida formaron parte del paisaje, entre el futbolín, la quiniela del domingo y la partida de guiñote. Tenían su propio público y hasta su liturgia: las monedas en fila sobre el cristal para reservar turno, los parroquianos opinando con autoridad sobre si la máquina «estaba a punto de soltar». Eran un mueble pesado, ruidoso y muy del barrio.
De aquel cacharro queda hoy una herencia que cabe en la palma de la mano. Las versiones online de aquellas máquinas se ordenan ahora por proveedor, por temática y por mecánica, así que conviene saber cuáles ofrecen los operadores con licencia y en qué se diferencian unas de otras antes de tocar nada. Porque ahí aparece el matiz que el dueño del bar resolvía a ojo. En España, solo los operadores con licencia de la Dirección General de Ordenación del Juego pueden ofrecer este tipo de juego, y el consejo de fondo no ha cambiado desde la barra: esto es ocio, entretenimiento para un rato, nunca una manera de sacar dinero. El que se enganchaba de más merecía entonces, y merece ahora, que alguien le aparte la moneda de la mano.
Aquí está la diferencia que de verdad importa. El juego de la feria y del bar era ruidoso y compartido. El de la pantalla es silencioso y, casi siempre, solitario. Se gana o se pierde sin corro, sin testigos, sin nadie al lado que diga «anda, déjalo ya, que llevas un rato». Desaparece el freno natural que ponía la cuadrilla, ese «ya está bien» que llegaba antes de que la cosa fuera a más.
No todo el sector vive ese cambio como una simple pérdida. Giannina Mundaca, editora de impacto social y regulación en casinos-online.es, sostiene que jugar seguro no consiste solo en cumplir la normativa, sino en construir confianza, y que el llamado bienestar digital aparece cuando la claridad forma parte del propio producto y no de la letra pequeña. Traducido a la barra de toda la vida: que se vea bien lo que uno se juega, igual que se veía la jugada del que disparaba en el tiro al blanco delante de medio pueblo. La tecnología ha quitado el corro, cierto, pero puede devolver parte de esa transparencia si se hace con cabeza. No es poca cosa.
Cambió el sitio y cambió también el mecanismo, aunque por dentro la idea sea la misma. La tómbola era pura física: una bola, un bombo, números pinchados que cualquiera podía contar. Hoy el resultado lo decide un programa, un generador de números aleatorios que reparte premios según unas probabilidades fijadas de antemano. Suena más frío, y lo es, pero también es más comprobable: esas probabilidades están escritas y reguladas, mientras que de la escopeta torcida del puesto de tiro no había reglamento que valiera.
El otro gran cambio es el ritmo. En la feria, entre tirada y tirada pasaba un rato: había que hacer cola, buscar cambio, picarse con el de al lado. La pantalla no tiene colas ni descansos, y esa ausencia de pausas es justo lo que conviene vigilar. Por eso las herramientas de juego responsable, los límites de depósito, los avisos de tiempo, las autoexclusiones, no son un adorno: son el equivalente moderno de aquel amigo que te tiraba de la manga cuando llevabas demasiadas monedas gastadas.
Estos Sanjuanes, entre el desencajonamiento y las cuadrillas, las casetas volverán a montarse en su sitio de siempre. Habrá tómbola, habrá tiro al blanco y habrá quien gaste media tarde intentando colar una pelota en una pecera para llevarse un pez que no durará ni una semana. Las máquinas habrán cambiado de forma y de domicilio, del rincón del bar a la pantalla del teléfono, pero el impulso de fondo es el mismo de hace cuarenta años: probar suerte un rato y volver con los amigos a contarlo, exagerando un poco. Lo que merece la pena cuidar nunca fue el premio. Era el corro.
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