Rafael Sánchez y César Luis Barrero custodian el alma de San Pedro Manrique en un rito donde la fe familiar y la técnica se funden sobre las brasas. Una crónica personal sobre el compromiso y el relevo generacional que late cada noche de San Juan en el corazón del Paso del Fuego.
Cada 23 de junio, cuando el reloj se acerca a la medianoche, el silencio se apodera de la ermita de la Virgen de la Peña en San Pedro Manrique. Allí, se siente el calor de los dos mil kilos de leña de roble convertidos en una alfombra incandescente. Para muchos puede parecer una locura, para Rafael Sánchez y César Luis Barrero, es su vida, su identidad y una responsabilidad que llevan grabada en la piel.
Mientras el público aguarda el inicio del Paso del Fuego, Rafael Sánchez, hurgonero con 30 años de experiencia, trabaja en la penumbra. Su labor es crítica: transformar un montón de brasas en un camino firme de tres metros de largo y 15 centímetros de espesor. No se permite el mínimo error: "un objeto extraño, como una moneda, puede provocar quemaduras graves al pegarse a la planta del pie", explica a Soria Noticias.

Rafa nunca ha cruzado el fuego, pero su pulso es el que garantiza la seguridad de quienes lo hacen. "Al final es una cadena, cada eslabón es importante y todo tiene que estar controlado", explica a Soria Noticias con la seriedad de quien sabe que el éxito de los pasadores depende de su pericia con la pértiga. Para él, la noche es un cúmulo de "emoción y preocupación" para que nada malo ocurra, especialmente cuando recuerda accidentes de años anteriores: "Como aquel año en el que un pasador se cayó y se quedó de rodillas sobre las brasas".

Cuando suenan los tres toques de trompeta, llega el momento de César Luis Barrero. Con casi 40 años de experiencia a sus espaldas, César es un veterano que cruza el fuego cargando habitualmente a una de las Móndidas, las jóvenes que simbolizan la historia y pureza del pueblo. Aunque la física explica que el peso extra ayuda a comprimir las brasas y evitar que el oxígeno avive el fuego bajo el pie, para César la explicación es puramente emocional.
Para él, cada paso es una superación personal: "La hoguera se pasa más con la cabeza que con los pies... para no quemarte hay que ir sereno y consciente de lo que vas a hacer", afirma César a Soria Noticias. En su memoria, existe un momento grabado: "Un año lo pasé dos veces porque mi mujer lo estaba pasando mal por problemas de salud". Ese acto de entrega personal refleja que, para los sampedranos, el fuego es una tabla de medir retos y promesas.

La conexión entre el hurgonero y el pasador es total. Mientras Rafa golpea y prensa la brasa para que el pie no se hunda, César se prepara mentalmente para pisar con firmeza y rapidez. Es una simbiosis de protección y valor.
La tradición, declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional, no es solo un espectáculo para el visitante, es un compromiso. César ya ha visto a su hijo mayor empezar a cruzar con apenas 14 años, por decisión propia: "Vino del cole y me dijo: 'Papá, voy a pasar la hoguera'... no dudó en ningun momento" relata a Soria Noticias.

Al terminar la noche, cuando el montón de brasas se apaga, queda el eco de los pasos firmes y el orgullo de un pueblo que, gracias a hombres como Rafa y César, sigue caminando sobre el fuego.
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