Como cada año, San Pedro se convierte en el centro de todas las miradas para ver el Paso del Fuego, un rito ancestral que transforma la noche de San Juan en un espectáculo de emoción, tradición y valor.
Como cada 23 de junio, al acercarse la medianoche, un silencio sepulcral se apodera del anfiteatro de la ermita de la Virgen de la Peña. Ante la mirada expectante de vecinos y visitantes, dos mil kilos de leña de roble se han transformado en una alfombra incandescente. Para los sampedranos, este rito milenario no es solo un espectáculo, sino su identidad grabada en la piel.
Horas antes de la medianoche, el trabajo silencioso de los preparadores o hurgoneros ha sido vital. Su misión es técnica y precisa: convertir el roble en una alfombra de ascuas de unos tres metros de largo y 15 centímetros de espesor. "La seguridad de los pasadores depende de que no haya objetos extraños y de que la brasa esté perfectamente compactada", coinciden quienes custodian el fuego, como el veterano Rafael Sánchez.
Con décadas de experiencia a sus espaldas, Rafael define la naturaleza atemporal de esta noche con una frase que resume el sentir del pueblo: "El fuego no tiene etapas, su etapa es toda la historia". Para él, el momento culminante llega al ver a sus propios vecinos cruzar: "Cuando empiezas a ver atravesar la alfombra a gente que conoces, con la que convives, es un momento muy emocionante".
Este año, el honor de representar la pureza y la historia de la villa recae en Saray del Rincón Almonte, Lara Gutiérrez Sánchez y María Domínguez Calvo, las tres Móndidas que han centrado todas las miradas. Para ellas, este momento representa "el sueño de toda una vida", pues lo describen como la oportunidad de "continuar con la tradición de mi pueblo", un sentimiento que, como quienes las precedieron, se lleva "siempre en el corazón".
A las doce en punto, tras los tres toques de trompeta, el bullicio da paso a un sepulcral, tenso e inigualable silencio. Es el momento en que los pasadores han iniciado su camino. Veteranos como César Luis Barrero, con casi 40 años de experiencia, recuerdan que la clave no está solo en los pies: "La hoguera se pasa más con la cabeza que con los pies... para no quemarte hay que ir sereno y consciente de lo que vas a hacer".
Laura Martín, de 24 años, ha vivido por primera vez el Paso del Fuego desde dentro. Tras completar el recorrido sobre las brasas, confiesa que las sensaciones son difíciles de describir: "Es indescriptible. Esto es mucho más grande de lo que te imaginas. Confías en que los que están ahí arriba te protegen y tiras para adelante, como en la vida misma". Laura explica que afrontaba el reto con un propósito especial, dedicándolo a sus seres queridos y pidiendo salud para todos ellos, algo que asegura que hace cada año.
Aunque muchos podrían pensar que la preparación física es larga y exigente, Laura reconoce que fue una decisión bastante espontánea: "Fue decidirlo y hacerlo". Durante la semana previa sintió nervios, especialmente al acercarse el momento de subir a la alfombra de brasas, pero una vez comenzó el recorrido, asegura que no sintió nada. "Estoy bastante menos quemada de lo que me imaginaba, así que muy contenta", afirma entre lágrimas.
Esta tradición, declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional, posee un carácter único y profundamente arraigado, pues entre abrazos de profundo sentimiento y lágrimas de alivio, queda claro que en esta noche mágica lo que realmente arde no son solo las ascuas, sino los sentimientos y la pasión de un pueblo que renueva su historia año tras año.
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