Artículo escrito por Alejandro Rubio, aficionado taurino y colaborador de Soria Noticias.
Hoy quiero hacer mención a unos grandes olvidados, pero imprescindibles dentro de la liturgia del toreo: los areneros. Un grupo de ocho personas que, con su trabajo silencioso, forman parte de la historia y la esencia de la plaza.
Todo comenzó hace ya 40 años, cuando don Julián Caballero Díez, antiguo encargado, se puso al frente de esta labor. Poco tiempo después llegó su primogénito, Jorge Caballero Carpintero. Con tan solo 17 años, su padre comenzó a mandarle bajar a la Chata para aprender el oficio. Al principio no era una tarea que le apasionara, pero con el paso del tiempo terminó descubriendo la belleza y la importancia de una profesión única.
Julián le enseñó cada detalle, cada secreto y cada gesto necesario para desempeñar este trabajo con maestría, sabiendo que algún día su hijo sería quien recogiera el testigo y continuara con el legado familiar.
Después de más de 40 años al frente de los areneros, don Julián falleció, dejando en manos de Jorge una herencia llena de conocimiento, esfuerzo y pasión. Tras aquel duro momento, Jorge asumió la responsabilidad de seguir adelante y mantener viva la filosofía y la maestría que su padre le transmitió.
A su lado cuenta con dos personas fundamentales: Fernando Munillo, a su derecha, e Iván Carpintero, a su izquierda. Los tres son considerados los pilares de los areneros, quienes mantienen viva una tradición que forma parte del alma de la fiesta.
Jorge también reivindica la necesidad de que haya más areneros, porque una profesión tan bella, tan antigua y tan ligada al mundo del toro no puede desaparecer. Es un trabajo que muchas veces pasa desapercibido, pero que resulta imprescindible para que todo esté preparado y la plaza luzca como debe.
Su labor comienza cada día de festejo desde primera hora de la mañana, a las ocho en punto, trabajando en fechas tan señaladas como el Miércoles de Pregón, el Viernes de Toros por la mañana y por la tarde, el Sábado Agés y el Domingo de Calderas.
Ellos salen al ruedo, no reciben aplausos ni ocupan el centro de atención, pero sin ellos la magia del toreo no sería la misma. Son parte de la historia, parte de la tradición y parte de la liturgia de la plaza. Me gustaría dedicar este artículo a Jorge y a su padre Julián. Gracias a Soria Noticias por darme esta oportunidad.
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