El Ayuntamiento de la localidad pinariega rinde un emotivo homenaje a una de sus vecinas más longevas con motivo de su siglo de vida. La homenajeada, rodeada de sus familiares y cercanos.
Duruelo de la Sierra vivía este viernes una jornada muy especial con motivo del centenario de Amalia Pascual Hernando, una de las vecinas más longevas de la localidad. Celebraba sus 100 años rodeada del cariño de sus familiares, amigos y vecinos.
La Diputación de Soria quiso sumarse a este acontecimiento y rendir homenaje a la centenaria en una fecha tan significativa. Durante el acto, representantes de la institución provincial le hicieron entrega de una placa conmemorativa en reconocimiento a su trayectoria vital, así como del pergamino que reproduce su acta de nacimiento, un recuerdo simbólico de una vida ligada a la historia de la provincia.
La celebración reunió a un buen número de cercanos, que acompañaron a la homenajeada en una mañana cargada de emoción y afecto. Los actos comenzaron a las doce del mediodía con una eucaristía de acción de gracias en la iglesia parroquial de San Miguel Arcángel.
Tras la ceremonia religiosa, los asistentes compartieron un vermú antes de culminar la jornada con una comida familiar, poniendo el broche final a una celebración marcada por los recuerdos, la convivencia y el reconocimiento a toda una vida dedicada a su pueblo y a los suyos.
Amalia nació el 10 de julio de 1926 en Duruelo de la Sierra. Es la mayor de cinco hermanos y, en la actualidad, la única que permanece con vida.
Pasó su infancia junto a sus padres y sus cuatro hermanos en la localidad pinariega. Su padre desempeñó diversos oficios, entre ellos barbero, cartero y trabajador del monte. La centenaria recuerda con orgullo que, para aquella época, era un hombre privilegiado por saber leer y escribir. Su madre se dedicaba al cuidado del hogar y del ganado, labores en las que Amalia colaboraba desde muy pequeña.
Evoca con enorme cariño una infancia feliz, rodeada de los suyos, disfrutando de los juegos tradicionales de la época, como la pita o el calderón, que llenaban de vida las calles del pueblo.
Comenzó su etapa escolar a los seis años y que prolongó hasta los catorce. Asistió primero a las antiguas escuelas situadas junto a la plaza, en el edificio que hoy ocupa el salón municipal y que posteriormente fue destruido por un incendio. Entonces, niños y niñas estudiaban separados. Durante las mañanas recibían la enseñanza de las materias habituales y, por las tardes, las niñas aprendían labores de costura y bordado con bastidor. Conserva un entrañable recuerdo de algunas de sus maestras, como Pilar, Consuelo y Alejandra.
Se casó a los 26 años, una edad que ella misma considera tardía para aquellos tiempos. Junto a su esposo formó una familia de cinco hijas, que con los años le han dado la inmensa alegría de disfrutar de tres nietos y tres bisnietos, a los que muy pronto se sumará una nueva bisnieta el próximo agosto.
Mientras su marido desarrollaba una importante actividad empresarial en Duruelo, llegando a proporcionar trabajo a cerca de cuarenta vecinos del municipio, Amalia se dedicó al cuidado de sus hijas y a una de sus grandes pasiones: la costura. Fue muy conocida en el pueblo por su habilidad en el corte y confección y por sus delicados trabajos de ganchillo. Durante décadas elaboró numerosas piezas, incluso vestidos de comunión, y continuó realizando tareas de ganchillo hasta el año pasado.
Recuerda con especial emoción una tradición que mantuvo durante mucho tiempo: cada año elaboraba un mantel de ganchillo que donaba a Manos Unidas para una subasta benéfica.
El matrimonio residió siempre en Duruelo de la Sierra hasta que la enfermedad de su esposo hizo necesario trasladarse a Soria. Tras el fallecimiento de su cónyuge, Amalia permaneció en la capital durante veinte años. Posteriormente se decidió ir a Madrid para vivir con una de sus hijas, aunque también ha disfrutado de largas estancias en Barcelona y Bilbao junto a otras de ellas. A pesar de ello, nunca ha perdido el vínculo con su pueblo, donde permanece durante julio, agosto y septiembre.
Además de la costura, siempre ha disfrutado de la cocina, elaborando rosquillas, tartas y otros dulces tradicionales, así como de la lectura. Su profunda fe religiosa la llevó a realizar distintos viajes, entre ellos a Roma y a Zaragoza, donde tuvo la oportunidad de ver al Papa, recuerdos que conserva con enorme ilusión.
Amalia ha sido siempre una mujer activa, trabajadora y con una gran vitalidad, tanto física como mental. Gracias también al apoyo de sus hijas, ha podido conocer numerosos lugares y disfrutar de nuevas experiencias durante su dilatada existencia.
Ahora, rodeada del cariño de su familia, de sus amistades y de sus vecinos, Amalia alcanza el privilegio de celebrar cien años de vida.
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