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Cuarenta años del paseíllo que devolvió a las mujeres al ruedo

Cuarenta años del paseíllo que devolvió a las mujeres al ruedo

Actualizado 08/09/2026 08:00

Durante cuatro décadas, el albero español fue territorio prohibido para las mujeres hasta que una nueva reglamentación levantó el veto y una torera volvió a hacer el paseíllo. Un 8 de septiembre de 1974, Rosarito de Colombia no solo cortó dos orejas, sino que protagonizó el regreso de las mujeres a los ruedos españoles y abrió una brecha en una de las tradiciones más impermeables al cambio. Y lo hizo en Soria.

Un 8 de septiembre de 1974, los aficionados de Soria asistieron a la faena de Rosarito de Colombia, la primera mujer que toreaba en España tras cuarenta años de prohibición. La matadora cortó dos orejas y convirtió una tarde de feria en un episodio de la historia social del país.

Rosarito se llamaba en realidad Blanca Inés Macías Monsalve. Había nacido un 6 de diciembre de 1949 en San Jerónimo (Colombia). Ella cortó dos orejas, pero aquella tarde conquistó algo de mayor dimensión: el derecho a ocupar un espacio que, como tantas otras cosas, la legislación y la tradición habían reservado durante décadas exclusivamente a los hombres.

Rosarito no era una aficionada ni la suya fue una carrera para la simple curiosidad mediática que despertó aquella apertura normativa. Su historia con el toro había comenzado mucho antes, al otro lado del Atlántico.

Muy joven, con tan solo 14 años, comenzó a abrirse camino en los ruedos colombianos hasta tomar la alternativa en la plaza de La Macarena de Medellín, donde también cortó dos orejas. En la década de los setenta, la joven se instala en Sevilla, donde su carrera adquiriría una nueva dimensión.

De la mano del empresario y apoderado Manuel Lozano Sevilla formó pareja artística con la catalana Alicia Tomás, otra figura singular de aquel tiempo. La combinación tenía todos los ingredientes para despertar la atención de una España que comenzaba lentamente a cambiar. Rosarito aportaba su personalidad, su origen colombiano y una belleza que la prensa de la época no dejó de subrayar. Alicia Tomás llegaba al mundo taurino después de haber sido actriz, cantante y vedette.

La pareja hizo correr ríos de tinta en periódicos y revistas. Para una parte de la prensa eran un fenómeno. Para otra, una extravagancia. Para los sectores más conservadores del mundo taurino, una incómoda irrupción en un territorio que consideraban exclusivamente masculino.

Pero antes de todo aquello, antes de las grandes plazas y de las portadas, estuvo en Soria, una ciudad alejada de las grandes capitales taurinas y de los grandes centros de decisión de la Fiesta.

Rosarito saltó al albero soriano para ser otro símbolo de un tiempo que comenzaba a resquebrajar algunas de sus viejas barreras.

Toreó y triunfó

Dos orejas fueron el balance oficial de la tarde en el coso soriano. Pero las estadísticas taurinas apenas alcanzan a explicar lo que realmente ocurrió.

Rosarito estrenó aquella tarde una nueva legislación que terminaba con la que había apartado a las mujeres del toreo profesional.

Frente al toro, la de Colombia se encaró con una tradición que consideraba el ruedo un territorio naturalmente masculino. Y a una sociedad, aún bajo el franquismo, que todavía estaba muy lejos de aceptar con normalidad que una mujer pudiera competir en igualdad de condiciones en uno de los escenarios más simbólicos de la masculinidad española.

Aquella tarde de septiembre en Soria tuvo inevitablemente algo de espectáculo y mucho de acontecimiento. La expectación que despertaba una mujer vestida de luces era enorme. La prensa y los empresarios descubrieron rápidamente el interés mediático del fenómeno. Pero detrás de la curiosidad había una cuestión mucho más profunda: la posibilidad de demostrar que aquello que durante décadas se había presentado como una imposibilidad física, moral o incluso psicológica no era más que una frontera construida.

Un mundo de hombres

El público soriano la vio triunfar en el lenguaje universal de las plazas, pero aquella conquista, sin embargo, no significó que el camino quedara despejado.

Las mujeres que pisaron entonces los ruedos encontraron un mundo dispuesto a convertirlas en noticia, pero mucho menos preparado para reconocerlas como profesionales. La atención mediática convivía con la condescendencia. Las portadas convivían con el desprecio. El interés empresarial convivía con las dificultades para compartir carteles con hombres que consideraban su presencia una amenaza para la supuesta pureza de la Fiesta.

Se les exigía más. Se analizaba su apariencia tanto como su técnica. Se hablaba de su condición de mujeres antes que de su condición de toreras.

Sin embargo, Rosarito siguió abriéndose camino. Toreó en plazas importantes como Bilbao, Salamanca, Pamplona y Madrid, demostrando que su carrera no podía reducirse a la condición de fenómeno mediático.

Su trayectoria fue sostenida. Entre 1974 y 1982 llegó a torear una media de 26 faenas por temporada, una actividad considerable que permite medir la dimensión profesional de una carrera desarrollada, además, en un ambiente que nunca terminó de recibir con naturalidad la presencia femenina.

La imagen también formó parte de aquella revolución. El traje de luces, hasta entonces asociado de manera casi absoluta al cuerpo masculino, adquiría una nueva lectura. La mujer no pedía permiso para ocupar el ruedo: lo ocupaba con los mismos símbolos que habían definido históricamente al torero.

Más de medio siglo después de aquella tarde soriana, el acontecimiento adquiere una perspectiva diferente. Hoy las mujeres pueden torear en España y nombres como Cristina Sánchez o Mari Paz Vega forman parte de la historia reciente de la tauromaquia.

Pero las nuevas generaciones siguen intentando abrirse paso en un mundo donde la presencia femenina continúa siendo minoritaria. El camino iniciado por Rosarito de Colombia no terminó aquel 8 de septiembre de 1974.

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