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Los padres, esos héroes que no se gradúan tras la vuelta al cole

Los padres, esos héroes que no se gradúan tras la vuelta al cole

Actualizado 08/09/2026 16:40

Cuesta madrugar para ir al cole cuando tienes diez años, pero quizá cuesta bastante más volver a él cuando tienes 35 o 45. Los niños estrenan curso, mochila y lápices; los padres, en cambio, estrenan otra temporada de madrugones, cuentas, deberes, extraescolares y esperas, grupos de WhatsApp, preocupaciones y carreras contra el reloj. En Soria, 7.500 escolares de Infantil y Primaria vuelven estos días a las aulas. Detrás de cada uno hay un padre y una madre dispuestos a hacer de chófer, profesor, enfermero, psicólogo y contable. La vuelta al cole es también para ellos.

Cuesta madrugar para ir al colegio cuando se tienen diez años, pero quizá resulta más difícil volver a las aulas cuando se tienen 35, 45 o más. A los primeros les esperan el pupitre, los amigos y, con suerte, un recreo largo. A los segundos les aguarda una carrera de fondo de diez meses y ningún diploma al final del curso.

La vuelta al colegio cuesta si eres padre. Cuesta dinero —548 euros nada más empezar y 1.294 euros al año de media en la enseñanza pública, según la Organización de Consumidores y Usuarios—, pero también cuesta trabajo. Mucho trabajo. Y empieza bastante antes de que suene el despertador el primer día de clase.

7500 niños de Infantil y Primaria regresan estos días a las aulas sorianas. Detrás de ellos, haciendo las veces de equipo logístico, financiero, administrativo, chófer y departamento de atención al cliente, hay alrededor de 15.000 padres y madres que también comienzan curso.

No basta con llevar al niño hasta la puerta del colegio. La operación comienza, como mínimo, una semana antes. “Nos han dado la lista de material hace solo unos días y nos ha tocado correr. Lo peor han sido las colas en las papelerías”, cuenta una madre a Soria Noticias.

Ahora, forrar y marcar

Hay que recuperar o comprar mochilas, comprobar uniformes o chándales, localizar unas zapatillas que misteriosamente han encogido durante el verano y enfrentarse a la lista de material escolar. “Nos han pedido este año que marquemos con el nombre todos los lápices, pinturas y rotuladores”, explica Laura, a la que acompaña este martes su pareja, Carlos, para que el regreso a clase de sus tres hijos sea más llevadero.

Atrás quedaron aquellos años en los que la tarea más tediosa de septiembre consistía en forrar los libros, que tampoco se usan igual que hace años.

Ahora los libros se escriben, se colorean, se recortan, se pegan gomets y terminan convertidos en una pequeña obra de arte imposible de reutilizar. “Me he gastado unos 200 euros con el mayor, que está en tercero de Primaria, y con el mediano, en primero, unos 70 porque nos han dado del banco de libros, que este año han sobrado”, resume esta madre de familia numerosa.

En su colegio, además, este año están prohibidas las mochilas de ruedas “porque abultan y no caben en las aulas, según nos han dicho”. Así que van “de estreno” y, junto a sus compañeros, llevan el material a la espalda o en carteras cruzadas sobre el torso. Quizá sea esa una de las pocas diferencias que encontramos hoy con aquella vuelta al cole de la EGB.

Entrada ordenada vs. entrada revuelta

También ha cambiado la forma en la que se entra al colegio. Quienes estudiaron EGB recuerdan perfectamente aquella entrada en tromba. Se abría la puerta y entrábamos todos. Los mayores atropellaban involuntariamente a los pequeños y estos aprendían pronto una de las primeras lecciones prácticas de la vida: apartarse a tiempo.

Ahora todo es mucho más ordenado. Los niños forman filas por clases en el patio o en la calle y esperan a que el profesor los recoja. Cada grupo tiene su lugar y, en algunos centros, hasta su puerta correspondiente. Una circunstancia que obliga a nuestra familia numerosa a acompañar a tres niños hasta tres entradas diferentes.

WhatsApp: la asignatura 'hueso'

También ha cambiado la comunicación entre padres. Antes, si un niño llegaba a casa sin saber cuándo era la excursión, la solución pasaba por llamar por teléfono a un compañero. Ahora existe el grupo de WhatsApp de padres. Una herramienta creada, aparentemente, para facilitar la comunicación y que ha terminado convirtiéndose en una experiencia sociológica de primer orden.

Alguien pregunta a las 18.03 horas si la excursión es el jueves. A las 18.04 alguien responde que cree que sí. A las 18.05 otra persona pregunta de qué excursión están hablando. A las 18.07 aparece una foto borrosa de una circular. A las 18.12 alguien recuerda que la autorización había que entregarla ayer. A las 18.15 hay ya 43 mensajes sin leer y siguen entrando...

El grupo de WhatsApp es, probablemente, la única asignatura obligatoria para padres en la que nadie puede sacar matrícula. La tecnología ha cambiado, pero la conversación de 'patio' es esencialmente la misma. Solo que ahora continúa hasta las once y media de la noche.

El protocolo ‘cumpleañero’

También han evolucionado los cumpleaños. Hubo un tiempo en el que se celebraban en casa. Venían cuatro o cinco amigos, se preparaban unos sándwiches de Nocilla, unas bolsas de ganchitos y unas botellas de Fanta y aquello era una fiesta. Y el salón, contra todo pronóstico, sobrevivía.

Ahora el cumpleaños infantil puede convertirse en una cuestión de Estado. Está la presión social de invitar a toda la clase. Está el problema de dónde meter a 25 niños. Está el debate sobre si todos reciben invitación o si se hace en secreto. Están los regalos. Están las actividades. Y, en algunos casos, está la solución definitiva: no celebrar cumpleaños individualmente, con lo que la decisión supone: no hay tarta ni regalos.

La clase entera se reúne una vez al trimestre y celebra conjuntamente los cumpleaños de esos meses. Una especie de cumbre internacional infantil en la que nadie sabe muy bien quién cumple años, pero los niños salen contentos.

Esos minúsculos sobresaltos

Aunque, si hay algo que demuestra que el progreso tiene límites, son los piojos. Han sobrevivido a la EGB, a la LGE, a la LOGSE, a la LOE, a la LOMCE y a todas las reformas educativas imaginables.

Lo que sí ha cambiado es la sofisticación de los tratamientos para erradicarlos. Antes teníamos el champú, el vinagre y aquella liendrera metálica capaz de provocar lágrimas. Hoy se recurre a siliconas, tratamientos específicos y otros métodos cada vez más sofisticados, como los ultrasonidos.

Lo que no cambia es la revolución que causan allí donde aparecen y, sobre todo, la pregunta que dejan en el aire: “¿Y ahora, qué hago con el niño?”. Porque madre y padre trabajan y el colegio no puede ser una opción mientras dura el problema.

Es, precisamente, ese “¿y ahora, qué hago?” una de las situaciones más temidas por los progenitores, cuenta Laura. “Tenemos todo planificado, medido, hasta el día que se levantan malos”, explica.

Comienza la segunda jornada

Pero no todo termina en el colegio. La vuelta a las aulas implica mucha más logística en casa, porque con ella regresan los deberes y las actividades extraescolares.

Fútbol, inglés, música, baile, judo, pintura, ajedrez... Lo que en la EGB eran (algunas) tardes para un deporte, mecanografía, inglés o música hoy puede convertirse en una agenda repleta de actividades, a cual más didáctica y entretenida.

Las agendas apretadas obligan a caminar ligero o a asumir que comienza una segunda jornada laboral: la de chófer. Colegios, parques, academias, polideportivos... Una ruta que, en algunas familias, exige casi tanta planificación como un viaje.

Y después está la espera. Una hora de actividad tres veces por semana puede convertirse en decenas de horas al año sentado en un coche, en un banco, en una cafetería o en el pasillo de una instalación deportiva.

Cientos de horas a lo largo de una etapa escolar. Horas que rara vez aparecen en las estadísticas sobre conciliación, pero que forman parte de ese tiempo invisible que las familias dedican a que sus hijos puedan estudiar, aprender o, simplemente, hacer aquello que les gusta.

Los padres, mis héroes

Y, por supuesto, están las tutorías, las reuniones, las autorizaciones, los disfraces de Carnaval que hay que recordar el día anterior, la obra de teatro de Navidad y su ‘atrezzo’, el villancico con su correspondiente ‘outfit’, la excursión, la fruta que toca llevar los martes, el trabajo de Ciencias, la lectura que había que terminar y que ‘hemos’ dejado en la página 15...

Ser padre o madre de un escolar implica volver a estudiar, aunque nadie te haya matriculado. Se aprende vocabulario tecnológico, se descubren métodos educativos desconocidos, nuevas normas y se adquieren conocimientos que probablemente nunca aparecerán en un currículum. Es una carrera de fondo que comienza cada septiembre y que convierte a cada madre y cada padre en una especie de héroe local, nunca suficientemente reconocido.

No hay ceremonia de graduación para quien ha sobrevivido a nueve meses de madrugones, deberes, festivales, reuniones y grupos de WhatsApp.

Tampoco hay una nota final para esos padres y madres que estos días etiquetan decenas de pinturas y rotuladores de colores por cada hijo, comprueban que las zapatillas del curso pasado ya no sirven, hacen cuentas para afrontar septiembre, organizan horarios imposibles y ensayan mentalmente la ruta que les permitirá dejar a tres hijos en tres puertas diferentes antes de las nueve de la mañana.

Los niños vuelven al colegio. Sus padres, en realidad, nunca se fueron.

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