Raquel García acaba de dejar las aulas después de toda una vida como maestra. Inés Gómez Reglero está a punto de comenzar su tercer curso. Entre ambas hay décadas de experiencia y una escuela que ha cambiado a lo largo de los años. Pero cuando hablan de su vocación, las diferencias entre generaciones se acortan.
La conversación, al pie de la puerta del CEIP Virgen de Olmacedo, en Ólvega, comienza con una pregunta: ¿merece la pena ser docente? No necesitan pensárselo demasiado. Por los niños, por ver cómo avanzan en su aprendizaje, por acompañarlos mientras crecen, por ese momento en el que algo que parecía imposible termina saliendo. Raquel lo resume en una palabra: valores.
"Sobre todo, en el colegio, se inculcan valores", dice. Unas palabras que Inés confirma sin dudar y que tienen mucho que ver con su idea de lo que debería ser la escuela.
A pesar de que todavía está descubriendo la profesión, Inés habla de conseguir que el colegio "sea un lugar en el que cada niño pueda sentirse él mismo y desarrollarse de acuerdo con sus capacidades y sus necesidades".
Y esa mirada también ha cambiado desde que Inés empezó. Al principio estaba pendiente de las actividades, la planificación, los contenidos, de conseguir llegar a todo. El año pasado, con niños de cinco años, llegó a sentir cierta presión porque aprendieran a leer. Pero, como ella misma cuenta, "luego ves que no, que hay que empezar por otras cosas más importantes", como la convivencia, la inclusión y la educación emocional.
Desde entonces, ha reajustado sus prioridades. Antes de pensar en cuánto han aprendido, intenta conocer a los niños que tiene delante, que confíen, que se sientan seguros, que aprendan a estar juntos.
Pero esa forma de entender la enseñanza convive con una realidad que, pese a todos los cambios, sigue prácticamente intacta: los exámenes continúan marcando buena parte de lo que se considera aprendizaje. Inés lo ve en el aula, pero también en las expectativas de las familias.
Se puede trabajar la convivencia, la inteligencia emocional, la capacidad de relacionarse o de ponerse en el lugar del otro, pero, al final, muchas veces lo que sigue contando es la nota. "Que el niño saque un diez", afirma.
Es una de las contradicciones con las que empieza a encontrarse: enseñar muchas cosas que son importantes para la vida y que, sin embargo, no siempre tienen sitio en una calificación.
Su colega Raquel asiente. Después de toda una vida en el aula, sabe que muchas veces el aprendizaje comienza "antes de abrir un libro". Ahí aparece una de las primeras coincidencias entre dos maestras separadas por décadas: enseñar no consiste solo en transmitir conocimientos, sino, "como ya hemos dicho, en inculcar valores".
Raquel ha tenido que aprender varias veces a ser maestra. Cuando comenzó, la tecnología no estaba en el aula. Después llegaron los ordenadores, las pizarras digitales y las plataformas educativas. "Para los que no habíamos encendido un ordenador, pasamos de una pizarra de tiza a una pizarra digital y a aprender a utilizar las nuevas plataformas educativas".
Lo cuenta como quien repasa una parte más de una vida profesional marcada por los cambios. Cada nueva herramienta obligó a aprender de nuevo. Sin embargo, Inés ha conocido esa tecnología desde el principio. Quizá por eso le interesa otra cuestión: cómo se mantiene, después de décadas, la curiosidad por seguir aprendiendo.
Raquel vuelve a hablar de la vocación, pero también de los compañeros. Cuando empezó, recuerda, los profesores aprendían unos de otros. Si alguien dominaba una materia o una herramienta, ayudaba al resto. Esa forma de aprender sigue presente.
Inés también encuentra en sus compañeros una de sus principales fuentes de aprendizaje. Hay situaciones con alumnos o familias que no aparecen en los libros y que solo se aprenden cuando llegan.
Para quien empieza, la experiencia de quien lleva años en el aula es un mapa. Para quien se jubila, quizá sea reconfortante comprobar que ese mapa todavía hace falta.
El cambio no ha estado solo en las herramientas. Raquel también ha visto pasar leyes educativas, currículos y nuevas formas de organizar la enseñanza. Y, con ellos, "más papeleo", resaltan las dos. Programaciones, documentos, criterios, registros, reuniones. Cada reforma ha traído nuevas exigencias y, con ellas, más tareas que hacer fuera y, sobre todo, dentro del aula.
"Algunas cosas son necesarias", admite, porque también ayudan a organizar y a evaluar el trabajo. Pero otras compiten por el mismo tiempo que necesitan los niños. "Al final, te quitan tiempo", resume.
Inés reconoce esa sensación. Cada vez se pide atender más aspectos de los alumnos, conocer mejor sus necesidades y acompañarlos también en cuestiones que van más allá de lo académico. Pero "el día sigue teniendo las mismas horas", afirma.
Educación emocional, convivencia, inclusión, atención individualizada. Todo cabe en el discurso educativo. El problema llega cuando hay que encontrar un momento en el horario para hacerlo realidad. Porque una cosa es escribir que hay que atender a cada alumno y otra muy distinta "disponer del tiempo necesario para sentarse con él, escucharle y descubrir qué necesita".
Ahí, las dos vuelven a encontrarse. Para Raquel, la experiencia permite saber qué merece realmente la pena. Para Inés, que todavía está descubriendo la profesión, el reto está en aprender a distinguir lo importante entre todo lo que hay que hacer.
Pero entre leyes, programaciones y nuevas herramientas, hay algo que sigue ocupando el centro de la profesión: el niño que entra en el aula cada mañana, con sus ritmos, con sus dificultades, sus preguntas y, por supuesto, sus avances.
Raquel lo ha visto durante décadas. Inés apenas está empezando a descubrirlo. Las dos saben que no hay dos alumnos iguales y que, por mucho que cambien las formas de enseñar, una parte esencial del trabajo sigue siendo la misma: mirar al niño que tienes delante y encontrar la manera de llegar hasta él.
También han cambiado los alumnos. Raquel ha visto cómo las redes sociales y la inmediatez han entrado en sus vidas. Pero no cree que haya que empezar de cero con cada generación. "Cuando tú vas a una escuela, sabes dónde vas: a estar con niños", comenta.
Hay cosas que siguen ahí: aprender, convivir, respetar unas normas y descubrir el mundo. Lo que quizá ha cambiado es la distancia. Raquel recuerda que sus alumnos nunca la llamaron de usted. Ella era "profe" o, directamente, Raquel. La autoridad ya no se construye necesariamente desde la distancia. Y eso obliga también a encontrar otras formas de hacerse escuchar, poner límites y, al mismo tiempo, construir confianza.
Pero cercanía no significa ausencia de límites. La relación con los alumnos puede haber cambiado, pero sigue siendo necesario marcar normas y aprender a convivir. Ese equilibrio también forma parte del trabajo que no aparece en ninguna programación: saber cuándo escuchar, cuándo intervenir y cuándo dejar que los niños encuentren su propia respuesta.
Ahí vuelven a encontrarse las dos generaciones. Inés todavía está aprendiendo a manejar esas situaciones; Raquel sabe, después de décadas, que cada niño y cada grupo obligan a hacerlo de una manera distinta.
Inés conoce esa escuela desde dentro. A punto de comenzar su tercer curso, todavía tiene muchas de las preguntas de quien comienza: cómo hacerlo mejor, cómo afrontar situaciones para las que nadie te ha preparado o cómo conseguir que la ilusión no se desgaste.
Raquel ya ha pasado por ahí. Ha vivido cambios de leyes, ha cambiado la tiza por las pantallas y ha tenido que aprender nuevas formas de hacer su trabajo. Pero, después de todo ese recorrido, cuando habla de lo que ha significado enseñar, vuelve a los niños.
Y, después de tantos años, cuando piensa en lo que deja atrás, hay algo que sobresale por encima de todo: "Lo que más echo de menos es el cariño de los niños".
Es quizá la parte de la profesión que no se aprende en ninguna formación, no aparece en una programación y tampoco cabe en un examen. El vínculo que se construye cada día en el aula y que, con el tiempo, termina siendo uno de los recuerdos que más pesan.
Posiblemente, ahí esté también la respuesta que Inés está buscando. No en una herramienta, una ley o una metodología concreta, sino en seguir encontrando motivos para entrar cada mañana en el aula. Porque habrá días de dudas y otros en los que una clase, un avance o una conversación recordarán por qué eligió estar allí como maestra. Y eso es lo que hace que, al final, todo tenga sentido.
Únete al universo Soria Noticias Descárgate nuestra APP, entra en nuestro canal de WhatsApp o síguenos en redes.