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Soria no es Alaska, pero algunos de sus pueblos tienen aún menos habitantes por kilómetro cuadrado

Soria no es Alaska, pero algunos de sus pueblos tienen aún menos habitantes por kilómetro cuadrado

Actualizado 09/10/2026 08:07

La Quiñonería, Maján y Valdeprado apenas alcanzan los 0,3 habitantes por kilómetro cuadrado. Soria no es un territorio ártico, selvático o de alta montaña, pero muchos de sus municipios aparecen en una escala demográfica comparable a la de los territorios más remotos y extensos del planeta. Y siguiendo aquella máxima de Francis Bacon de “quien no aplique nuevos remedios debe esperar nuevos males”, la situación puede ir a peor según las proyecciones de población de la UE que auguran un final de siglo con 67.000 habitantes.


Soria tiene pueblos cuya densidad de población se mide con cifras que parecen propias de territorios remotos e inaccesibles del planeta. La Quiñonería y Valdeprado registran apenas 0,2 habitantes por kilómetro cuadrado. Es una densidad menor que la que registra Alaska (0,4), la Prefectura de Ngari en el Tíbet (0,4) o Yakutia, el Estado Amazonas de Venezuela (0,3).

Es una cifra incluso menor que la densidad máxima de población a la que podían aspirar los miembros de las sociedades del Paleolítico, según los historiadores James E. McClellan y Harold Dorn. Y la situación puede ir a peor si se cumplen las proyecciones de población de la Unión Europea porque indican que Soria continuará perdiendo habitantes durante todo el siglo.

La provincia, que cuenta actualmente con algo más de 90.000 habitantes, se situaría en 85.118 dentro de los próximos 25 años. El descenso no se detendría ahí. Según las proyecciones regionales EUROPOP2025 (elaboradas por el Centro Común de Investigación con el apoyo de Eurostat), será en 2065 cuando Soria caiga por primera vez por debajo de los 80.000 habitantes, con una población estimada de 78.614 personas.

La tendencia continuaría durante las décadas siguientes: la provincia bajaría de los 70.000 habitantes en 2095 y cerraría el siglo, ya en 2100, con 67.794 habitantes, siempre bajo el supuesto de que se cumplan las hipótesis demográficas utilizadas en la proyección europea, que usa para sus cálculos las variables de fecundidad, mortalidad y migración.

De cumplirse su escenario, la provincia despediría el siglo XXI con una densidad de población de 6,5 habitantes por kilómetro cuadrado, lo que haría que los 8,8 habitantes por kilómetro cuadrado actuales pareciesen, en perspectiva, una densidad de población relativamente favorable.

Ni nueve habitantes en cada kilómetro cuadrado

Soria, con una densidad media de 8,8 habitantes por kilómetro cuadrado, no es Alaska, ni sus habitantes viven en un territorio ártico, selvático o de alta montaña. Pero, cuando se mide únicamente cuánta población hay por cada kilómetro de los 10.306,42 kilómetros cuadrados que tiene la provincia, algunos de sus municipios entran en una escala demográfica que se encuentra también en algunos de los territorios más extensos y menos poblados del planeta.

La lista soriana continúa con Maján y Herrera de Soria, con 0,3 habitantes por kilómetro cuadrado, Villanueva de Gormaz y Barcones, con 0,4; La Riba de Escalote, con 0,5; y Rello, Alcubilla de las Peñas y Suellacabras, con 0,6. Son, según el Reto Demográfico (Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico) , los diez municipios sorianos con menor densidad de población, aunque las cifras bailan ligeramente con cada actualización del padrón.

La densidad de población no es una medida estadística llamativa para comparar territorios. Es una importante herramienta utilizada para planificar infraestructuras y servicios, gestionar recursos, analizar la viabilidad económica y organizar la respuesta ante emergencias. En los territorios con muy poca población, extender servicios como electricidad, internet, agua potable o asistencia sanitaria supone cubrir grandes distancias con pocos habitantes.

Desinversión sostenida en el tiempo

Mercedes Molina Ibáñez, catedrática emérita de Geografía Humana, lleva décadas estudiando el problema. En 1995 pronunció en la Fundación Duques de Soria su primera conferencia sobre el problema socioeconómico de la provincia de Soria. Desde su dilatada experiencia, una de sus primeras advertencias se refiere, precisamente, a cómo se nombra el fenómeno.

Molina rechaza expresiones como "vacío" o "vaciado" porque, sostiene, "la zona rural no está vacía". Detrás de las cifras de población, recuerda, hay personas que permanecen en el territorio y afrontan las consecuencias de una desinversión mantenida durante décadas.

La experta considera que el problema del que Soria lleva hablando desde hace más de 30 años no puede reducirse a una cuestión demográfica. Para la catedrática, la despoblación es "una crisis de territorio" con consecuencias demográficas, sí, pero también ambientales, sociales, económicas y territoriales. Por eso defiende que el análisis debe atender tanto a sus causas como a sus consecuencias y sostiene que mientras el fenómeno se contemple únicamente desde el punto de vista demográfico será difícil avanzar.

Nos vamos a la gran ciudad

Su explicación se remonta al proceso que expulsó población del campo. Según su análisis, la transformación de la agricultura redujo la necesidad de mano de obra, mientras que la industrialización posterior concentró las oportunidades laborales en determinados territorios. Molina sitúa especialmente el peso de las inversiones en Madrid, Barcelona y el País Vasco.

La emigración, explica, no estuvo motivada únicamente por la búsqueda de empleo. También pesaron las posibilidades de promoción social y el acceso a servicios. Recuerda encuestas realizadas con sus alumnos entre población inmigrante en Madrid en las que aparecían como causas el empleo y "mejorar la vida de mis hijos". A ello se sumaban, según esos testimonios, mejores posibilidades educativas y sanitarias.

De ahí que Molina cuestione una idea de calidad de vida basada únicamente en la tranquilidad, el aire limpio o el entorno natural. Para ella, la calidad de vida también significa poder acceder a una educación y una sanidad adecuadas, dos de los pilares del Estado del bienestar, y hacerlo con una accesibilidad razonable.

No está enfrente, pero está cerca

Desde esa perspectiva, la baja densidad de algunos pueblos sorianos no es el problema completo, sino uno de los indicadores de una situación territorial más amplia. Si los sorianos emigraron porque no tenían empleo, porque no tenían posibilidades de promoción y porque no tenían la misma calidad de vida que encontraban en otros territorios, ¿qué hay que hacer para que vuelvan?

La respuesta de Molina no cabe en una sola medida. Ni siquiera en una sola política.

La catedrática defiende que no todos los servicios pueden estar en todos los lugares, pero sí considera que todos los ciudadanos deben tener acceso a ellos en un tiempo razonable. La diferencia, explica, está precisamente en la accesibilidad: en una ciudad una persona puede no tener un hospital en la puerta de su casa, pero dispone de medios para llegar a él; en el mundo rural, esa accesibilidad puede ser mucho más complicada.

Por eso sitúa las infraestructuras entre las primeras condiciones para recuperar población. No se refiere únicamente a carreteras, sino también al transporte y al ferrocarril, y pone como ejemplo la posibilidad de que alguien pudiera vivir en Soria y desplazarse a Madrid en alrededor de una hora y pico. "Evidentemente, no en tres horas", señala.

A las comunicaciones suma las infraestructuras necesarias para sostener la actividad económica: eléctricas, hidráulicas y forestales. En el caso del monte, menciona la necesidad de caminos y accesos adecuados, depósitos de agua y una organización del territorio que permita establecer separaciones y pistas forestales.

Lo que se produce aquí, se transforma aquí

Pero tampoco resulta suficiente. Su segunda gran condición es un desarrollo rural que genere valor añadido en el propio territorio. Molina critica que los recursos rurales sean transformados fuera de las zonas donde se producen y define ese modelo como "extractivismo". Frente a él, plantea que la madera, la micología, los cereales, la producción ganadera y otros recursos puedan generar transformación y actividad económica local.

En esa estrategia incluye especialmente al sector forestal, que considera insuficientemente atendido, y reclama también continuidad generacional en la agricultura y la ganadería.

La tercera pata de su planteamiento son los servicios y lo que denomina "la recuperación de los derechos sociales en el mundo rural": sanidad, educación, vivienda, accesibilidad y atención a las necesidades de la población. En su planteamiento también ocupa un lugar específico la economía de los cuidados y el papel de las mujeres rurales, cuya aportación considera históricamente invisibilizada.

La vivienda aparece igualmente como uno de los obstáculos que señala para la instalación de población: recuerda que en el mundo rural "no hay vivienda" y que, cuando existe, puede resultar cara.

La industria, concluye, es importante, pero no basta. Porque, en su interpretación, la despoblación no es únicamente que falten habitantes. Es el resultado visible de muchas cosas que han ocurrido antes: la pérdida de empleo, la falta de oportunidades, la concentración de inversiones, las dificultades de acceso a los servicios, la vivienda, la pérdida de capital humano y la ausencia de suficiente valor añadido en el territorio. Por eso, Mercedes Molina prefiere hablar de "crisis de territorio".

Los 0,3 habitantes por kilómetro cuadrado de algunos municipios sorianos permiten, así, una comparación llamativa con grandes territorios árticos, desérticos, patagónicos o siberianos. Pero las cifras reflejan solamente cuántos quedamos. Desde su vasta experiencia, Molina intenta explicar, desde hace décadas, por qué se ha llegado hasta aquí y qué tendría que cambiar para que esas cifras dejen de ser simplemente una estadística.

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