La geógrafa humana y catedrática emérita de la Universidad Complutense, insiste desde hace décadas en que el problema de la despoblación no es solo demográfico, sino una crisis de territorio que genera desigualdades en derechos y servicios.
Mercedes Molina Ibáñez es una de esas personas cuyo currículo resulta difícil de resumir sin dejarse algo importante. Geógrafa humana, catedrática emérita de la facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid, en la que fue decana durante 12 años...
Doctora cum laude, ha publicado 39 libros y capítulos y 65 artículos científicos, ha participado en decenas de congresos nacionales e internacionales y ha dirigido investigaciones y tesis doctorales.
Pero quizá su mejor tarjeta de presentación esté en las más de tres décadas que lleva intentando explicar por qué unos territorios pierden población y qué habría que hacer para que las personas puedan vivir en ellos con dignidad.
En Soria es pionera, entre otros, en el desarrollo del aprovechamiento micológico y ha trabajado sobre desarrollo rural, recursos forestales, ordenación del territorio y despoblación, siempre desde una idea que atraviesa toda su trayectoria: detrás de las cifras demográficas hay personas.
A Mercedes Molina le cuesta hablar de Soria sin recordar también su propia historia. Conserva dos cuadernos que su madre comenzó a llenar en 1995 con recortes de prensa de las entrevistas que le hacían sobre despoblación. Su madre, cuenta, era “una mujer muy lectora” y decidió guardar todo aquello cuando todavía casi nadie prestaba atención al problema. “No me hacía caso nadie. Incluso me ridiculizaban en algunos proyectos”, rememora. También entonces empezó con la micología y tuvo que escuchar aquello de “esa de las setitas”.
Hoy sonríe al recordar que sus preocupaciones de entonces acabaron convirtiéndose hoy en asuntos centrales del debate territorial.
Tres décadas después, sin embargo, hay algo que le preocupa más que la evolución de las cifras. “No entiendo qué situación política estamos creando en España de absoluta crispación, de falta de respeto a las instituciones”, afirma. Ella ha tenido discrepancias y reconoce haber vivido situaciones que consideró injustas, pero hace gala de que nunca ha insultado a nadie. Su defensa del respeto no es una cuestión retórica. Forma parte de lo que ha intentado transmitir durante toda su vida como profesora.
Por eso le preocupa especialmente que se pierda la memoria. Recuerda su juventud, cuando llegó a “correr delante de la policía”. Al ver hoy determinados símbolos de la dictadura en las calles, piensa en quienes no han conocido aquella realidad. “Ha faltado en España una educación ciudadana de respeto”, sostiene.
Pese a todo, mantiene la confianza en que la sociedad también puede encontrar referentes positivos. Molina salió a la calle para recibir en Madrid a la selección española de fútbol tras ganar el Mundial porque quiso reconocer públicamente el comportamiento de ese grupo de jóvenes. “Con ese espíritu de equipo, por cómo habían luchado, con ese entrenador que ha transmitido una serie de valores, merecían un reconocimiento”, explica, y entiende “que, como ciudadana, debía agradecerles su comportamiento”.
Para la investigadora, ese gesto tiene que ver con la misma responsabilidad social que reclama a la política: quienes tienen capacidad para influir pueden ayudar a construir otros referentes. Pone como ejemplo las declaraciones de Mbappé en Francia en defensa de la democracia y recuerda iniciativas de clubes de fútbol alemanes que llevan a sus aficionados a visitar antiguos campos de concentración para conocer las consecuencias de la intolerancia, asegurando que no cree que haya un punto de no retorno en esta actualidad tan crispada.
Molina vuelve a colocar a las personas en el centro de la conversación cuando habla de inmigración. Le preocupa la facilidad con la que se construyen discursos que convierten a colectivos enteros en culpables. Recuerda a las mujeres extranjeras que han trabajado en su casa, cuidadoras con las que mantiene todavía “una amistad y casi una relación familiar”. Su experiencia personal le sirve para cuestionar los prejuicios: “No vamos a estigmatizar a la gente”.
Su mirada hacia las migraciones es también histórica. No entiende los movimientos de población actuales sin recordar la colonización de África, la explotación de sus recursos y la posterior creación de fronteras que separaron pueblos y culturas. “La gente se va porque no puede vivir y ve que en otros países [...] tienen posibilidades de vida y de trabajo”. Detrás de una migración hay, por tanto, una historia personal, pero también desigualdades internacionales que no pueden ignorarse, insiste.
Esa misma manera de mirar a las personas explica su rechazo a la expresión ‘la España vaciada’. “La zona rural no está vacía. Hay gente”, sentencia. Lo que existe es una población que lleva décadas soportando las consecuencias de la falta de inversión y de oportunidades. "La despoblación es algo más que un problema demográfico. La despoblación es una crisis de territorio con consecuencias demográficas, ambientales, sociales, económicas y territoriales", defiende.
Y advierte de que mientras el problema se siga abordando únicamente desde el punto de vista demográfico, será difícil avanzar. La pérdida de población tiene efectos que van mucho más allá del número de habitantes: afecta al mantenimiento del territorio, al abandono de la propiedad forestal, al riesgo de incendios, a la pérdida de capital humano y a la propia capacidad de los territorios para generar actividad y oportunidades.
Su diagnóstico conduce directamente al modelo de desarrollo seguido durante décadas. A su juicio, España ha perseguido un crecimiento intensivo basado en aumentar el PIB, la renta y el empleo "sin importar a qué coste, a qué coste social, a qué coste territorial". Y ese modelo se ha apoyado en una fuerte concentración metropolitana de las inversiones, canalizadas hacia las grandes ciudades y sus áreas de influencia. "Se sigue haciendo", advierte.
Y para entender esa crisis hay que preguntarse por qué se fue la gente. “Quería mejorar la vida de sus hijos”. Ahí está, a su juicio, una de las claves de futuro. Si queremos que la gente vuelva no basta con pedirles que regresen, hay que ofrecerles razones para hacerlo. En las ciudades existen servicios a los que se puede acceder con cierta facilidad; en muchos territorios rurales, la cuestión es “cuánto cuesta llegar hasta ellos”.
Por eso reivindica un tren rápido para Soria. "Que tú cojas un tren y en una hora y pico te plantaras en Soria". La accesibilidad, explica, no es un lujo. Es una condición para poder elegir dónde vivir. En las ciudades existen servicios a los que se puede acceder con relativa facilidad; en muchos territorios rurales, la cuestión no es solo si existen, sino cuánto cuesta llegar hasta ellos.
Habla de carreteras, redes eléctricas e hidráulicas, caminos forestales, servicios sanitarios y educativos, vivienda y conectividad. Y habla también de economía. No quiere un territorio que exporte su producción. “Eso es un ‘extractivismo’. El campo necesita generar valor allí donde se producen sus recursos”.
En ese futuro hay además dos protagonistas que considera imprescindibles: los jóvenes y las mujeres. La mujer rural, recuerda, ha sido durante generaciones "la trabajadora invisible". Ha cuidado de la familia, ha trabajado en las explotaciones y, sin embargo, muchas veces ni siquiera ha tenido reconocimiento sobre aquello que contribuía a sacar adelante. Reivindica la cotitularidad de las explotaciones y políticas que permitan a jóvenes y mujeres incorporarse a la agricultura, la ganadería y el sector forestal.
Al final, su idea de desarrollo rural acaba siendo también una idea de justicia. No se trata de llenar pueblos por llenar, sino de garantizar que una persona que nace o decide vivir en ellos tenga derechos y oportunidades. Sanidad, educación, vivienda, transporte, empleo, cuidados. "Todos tenemos derecho a todo", resume.
La hoja de ruta de Mercedes Molina que lleva defendiendo 30 años parece sencilla, pero el camino hacia un mundo rural menos despoblado continúa repleto de escollos.
Por eso, la última pregunta es inevitable: ¿por qué continúa trabajando sobre estos asuntos después de tantos años? “Mientras me funcione mi cerebro, mi cabeza y no pierda la fuerza que tengo, voy a seguir luchando”, concluye.
Molina lleva más de treinta años estudiando el territorio, pero lo que sigue viendo cuando mira un mapa no son solamente pueblos, densidades de población o estadísticas. Sigue viendo personas.
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