En Soria hay niños que casi han llegado a dormir en el hospital mientras sus padres atienden las urgencias de sus distintos servicios. No es una excepción, es parte de la rutina de muchos médicos. Su huelga no solo cuestiona un estatuto laboral, sino que pone el foco en un modelo que ha convertido la conciliación en una ficción. Soria Noticias les cuenta hoy por qué los médicos de Soria han dicho "basta".
"No tenemos vida". La frase se viene repitiendo desde hace meses entre los médicos de Soria que esta semana vuelven a la huelga. No es una exageración ni un recurso retórico para reforzar una protesta laboral. Es su puerta de entrada a una realidad que rara vez trasciende los pasillos de los hospitales: la de quienes están sosteniendo el sistema sanitario a costa de una vida personal fragmentada, de familias que apenas coinciden y de hijos que crecen entre guardias, llamadas de urgencia y noches en vela.
En apenas un mes es la segunda vez que paran. Y aunque el foco inmediato está en el borrador del Estatuto Marco de la profesión médica —la norma que regula sus condiciones laborales, equivalente al Estatuto de los Trabajadores—, lo que relatan va mucho más allá de un desacuerdo técnico.
Ellos denuncian que el texto no corrige los problemas históricos del colectivo: ni limita de forma efectiva las jornadas, ni reduce la sobrecarga de trabajo, ni introduce medidas reales de conciliación en un siglo que, paradójicamente, ha hecho de esa conciliación una bandera política.
Haciendo una excepción a su habitual discreción sobre su esfera personal, cuentan a Soria Noticias sus dificultades personales.
Sus calendarios laborales —cuando existen con anticipación, que no es siempre— se cuelan en casa. "Si un mes tiene 30 días y hay seis personas que hacen guardias en mi Servicio, eso supone que un tercio del mes funcionamos como familias monoparentales", asegura una de las voces que hablan para Soria Noticias, "otro tercio tiene a uno de los dos padres saliente de guardia… y si, además, uno está saliente y otro de guardia, la fiesta ya está completa".
Quienes hablan en este reportaje son intensivistas, traumatólogos, pediatras o ginecólogos entre otros especialistas, que no dan nombres para evitarse mayores problemas.
El balance final en el que la gran mayoría coincide es demoledor: "Solo podemos funcionar como una familia 10 días al mes".
La arquitectura de sus calendarios explica buena parte del conflicto. La teoría dice que su jornada ordinaria se sitúa en 1.420 horas anuales. A ella se suma una jornada complementaria que, en teoría, no debería superar las 884 horas. Y aún hay más: otras 150 horas adicionales que figuran como voluntarias. "Son voluntarias y apenas nadie firma", apunta Ruth Romero, la delegada del sindicato médico CESM. Luego están las guardias localizadas. Esas son "infinitas" y no computan en el conteo de horas.
Pero los calendarios reales a los que ha tenido acceso este periódico reflejan jornadas anuales de 2.400 o 2.500 horas. En algunos casos, incluso más.
Un sistema que califican, además, de "perverso", entre otras razones, porque el exceso de jornada complementaria puede impedir completar la jornada ordinaria en un año que 'solo' tiene 365 días. "Encima, en ocasiones nos han llegado a decir a final del año que debemos horas de la jornada ordinaria porque el exceso de complementarias no nos ha dejado horas materiales al año para hacerlas", se quejan.
El elemento que altera todos los calendarios disparando los excesos son las guardias. Presenciales, que suponen junto a una jornada ordinaria hasta 25 horas continuadas. Localizadas, retribuidas como la mitad de las presenciales, pero no computadas como jornada y con disponibilidad total: "te pueden llamar cuantas veces se precise".
En determinados servicios, con plantillas reducidas o tensionadas por bajas y vacaciones, la concatenación de unas y otras es habitual: "Hay servicios donde, por la reducida plantilla o el impacto de bajas y/o vacaciones, hay guardia presencial un día, al siguiente localizada y vuelta a la jornada ordinaria seguida de otra guardia presencial", explica uno de los especialistas. El resultado, en la práctica, son tres días consecutivos de trabajo.
Ese esquema tiene consecuencias que trascienden lo laboral. En Soria, donde más de la mitad de los 468 médicos colegiados proceden de fuera y carecen de red familiar, la conciliación se convierte en un problema estructural.
"No tenemos abuelos ni otros familiares y nos turnamos mi marido y yo en el cuidado de nuestros hijos", advierte una de las familias de médicos consultadas.
Las condiciones de trabajo impactan también en la salud de los propios profesionales: fatiga acumulada, ansiedad, riesgos psicosociales reconocidos y advertidos a la Gerencia de Sanidad por la Inspección de Trabajo, "pero nunca comprobados tras la advertencia". Y, de forma indirecta, tiene reflejo en la relación con los pacientes: cada vez más exigentes, a veces violentos, en un contexto en el que perciben una atención condicionada por el agotamiento tras 20 o más horas de trabajo ininterrumpido.
Pero el impacto más profundo se produce en la esfera familiar.
"No hemos pasado unas Navidades en familia, los 4 juntos, salvo en el 2020 por la prohibición de la pandemia, uno de nosotros [los padres] ha estado en casa de sus padres con los niños mientras otro está en Soria trabajando y viceversa", explica una de las fuentes consultadas.
La dificultad para coincidir es constante y los médicos y médicas no tienen que hacer memoria para ilustrarla con sus recuerdos. "Un año, y este pinta que también, sólo hemos podido coincidir como pareja una semana de vacaciones a causa de las ruedas del servicio y, cuando lo hicimos, sólo pudimos elegir septiembre", rememora una de nuestras fuentes.
Los niños se adaptan como pueden a ese contexto. Y lo hacen, en más ocasiones de las deseadas, dentro del propio hospital. "En las guardias localizadas de mi marido, mientras yo estoy de guardia presencial, tiene que traer a los niños al hospital cuando le llaman tras hablar con el jefe de guardia para que los deje dormir en planta", explica uno de los afectados.
Las fotos que muestran a Soria Noticias confirman visualmente las experiencias narradas: "He llegado a venir a las 3 de la mañana a atender una urgencia con el niño en pijama para dejárselo a su padre, que estaba aquí de guardia presencial". Otras ilustran escenas 'cotidianas' como un día de la madre entre batas blancas, el abrazo a un bebé de visita a su madre en el hospital o una intervención quirúrgica en un avanzado estado de embarazo.
El hospital se convierte en espacio de crianza improvisado. "Nos cambiamos a los niños en el hall, como los divorciados", se quejan. Las imágenes que describen son elocuentes: días de la madre celebrados entre pasillos, hijos enfermos que terminan siendo atendidos por sus propios padres en el trabajo...
"Yo entrevistaría a nuestros hijos, tienes un filón", sugiere una de las fuentes. Y los testimonios apuntan en esa dirección.
"Tenemos a nuestros hijos aleccionados para que no se asusten y colaboren por si te llaman en una localizada y los metes corriendo en el coche", explica otro especialista.
La logística cotidiana roza, en ocasiones, lo insostenible: "Yo de guardia ayer y mi marido de mesa electoral, he tenido que llevar el sábado por la tarde a los niños con los abuelos al pueblo porque yo estaba localizada y saliente del viernes, así que apenas los he visto en tres días", cuenta una profesional.
En Soria, la situación se agrava por la, ya comentada, falta de red de apoyo familiar, lo que amplifica las dificultades. Un nuevo Estatuto que no contemple la realidad social de los profesionales del siglo XXI afecta en cascada a terceros. "Es frustrante tener a tu madre cada mes pidiendo tu calendario de guardias para ver si puede irse de fin de semana o de vacaciones", se lamenta una de las médicos.
También el coste es emocional. "Es una sensación tremenda cuando te llaman en una localizada por algo urgente y sales con lo puesto sin dar prácticamente explicaciones porque no tienes tiempo de nada y dejas a los niños llorando", detalla otra de las médicos en huelga e introduce, con su ejemplo, otro factor desequilibrante para las familias afectadas.
Porque las preguntas de los hijos introducen una dimensión difícil de gestionar. "A mí me preguntan que por qué son más importantes los pacientes que ellos, que si no hay más médicos para hacer las guardias", cuentan algunos de los protagonistas de este reportaje que ilustran, además, cómo se resiente el álbum de fotos familiar, "quitando el COVID, mi hijo dice que no se acuerda de ninguna Navidad conmigo ni de ninguna Nochevieja con su padre", son algunas de las respuestas.
Y sí, dicen desde el CESM, la solución al problema pasaría por duplicar las plantillas. "Es una cuestión de dinero", asegura Romero.
¿Pero no faltan médicos? Le preguntamos. "Claro que hay médicos, lo que no sabemos es dónde están", asegura la sindicalista en velada referencia al éxodo de profesionales formados en España que buscan en el extranjero mejores condiciones laborales.
A esta realidad se suma la compensación económica, que no lo es a decir de los protagonistas. "Con tantas horas realizadas, nuestra contribución al IRPF se eleva a un 40 o 45%", explica la delegada en Soria de la Confederación de Sindicatos Médicos (CESM), convocante de la huelga, "pero porque no nos dejan elegir trabajar menos horas".
Así, explican los profesionales, el exceso "obligado" de jornada no se traduce en una mejora proporcional de ingresos, aseguran los profesionales consultados. En algunos casos, ocurre lo contrario. "Las guardias, que son obligadas, nos cuestan también dinero porque no tenemos familia aquí y hay que tirar de horas extra de la cuidadora".
Durante la pandemia, la ecuación fue aún más evidente: "La chica que tuvo que quedarse con nuestros hijos supuso más gasto que la suma del extra que se nos pagó", recuerda uno de los médicos. "Entre la paguita de agradecimiento del COVID de los dos, porque de horas extras dijeron que nos olvidáramos, no nos llegó para pagarle a la cuidadora", corrobora su colega.
Y siguiendo las recomendaciones de entrevistar a los hijos, cerramos con ellos. "Mi hijo mayor quiere ser presidente del Gobierno para quitar las guardias", responde una de las médicos que han participado en el reportaje. "El pequeño, inventor para hacer un robot que haga las guardias y ahora este pequeño dice que sabe lo que no va a ser. No seré médico, dice, porque es un trabajo muy bueno, pero una vida muy mala".
Los profesionales que han participado en este reportaje se definen como "cuatro gatos" en comparación con el conjunto de médicos afectado en todo el país. Pero el mosaico de testimonios, leído en conjunto, no describe casos aislados sino que configura un patrón. Uno en el que la organización del trabajo sanitario no solo tensiona a los profesionales, sino que reconfigura —de forma sostenida— la vida de sus familias.
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