Más de dos millones de peregrinos al año, una basílica reconocida por el Vaticano y una devoción con más de tres siglos de historia. El nombre de “Soriano” no solo es un gentilicio. En el corazón de México existe un enclave religioso de enorme dimensión que conecta, de forma inesperada, con Italia, con la pintura de Francisco de Zurbarán y con una tradición espiritual que ha cruzado continentes.
En el municipio de Colón, en Querétaro, se levanta la basílica de Nuestra Señora de los Dolores de Soriano, el centro de peregrinación más importante del Bajío mexicano. Cada año, más de dos millones de fieles acuden a venerar una imagen mariana que ha convertido este pequeño enclave en un foco masivo de turismo religioso.
El templo, construido entre 1880 y 1912 y elevado a basílica menor por Benedicto XVI en 2008, responde a un fenómeno claro: la fe popular puede transformar territorios periféricos en grandes polos de atracción. Un fenómeno que, salvando las distancias, recuerda a ciertos santuarios históricos europeos.
La protagonista es la Virgen de los Dolores de Soriano, una talla de madera policromada venerada desde hace más de 300 años. Fue coronada en 1964 y declarada patrona de la diócesis de Querétaro pocos años después.
Su origen se remonta a las antiguas misiones dominicas en la región, en un territorio que durante siglos fue considerado puerta de entrada a la Sierra Gorda mexicana. Desde entonces, la devoción no ha dejado de crecer.

El nombre “Soriano” no nace en México. La tradición lo vincula con Soriano Calabro, en Italia, donde, según una leyenda del siglo XVI, la Virgen se apareció, junto a las santas María Magdalena y Catalina de Alejandría, a un fraile dominico para revelarle la imagen verdadera de Santo Domingo de Guzmán.
Ese episodio, cargado de simbolismo, viajaría con los dominicos hasta América, donde acabaría arraigando con fuerza en el actual Querétaro.
Cuando el arte español inmortaliza el milagro (y el gentilicio)
La historia no solo se transmitió por vía religiosa. También quedó fijada en la pintura barroca. El lienzo ‘Santo Domingo en Soriano’, de Francisco de Zurbarán, recoge esa escena milagrosa con el dramatismo y la sobriedad característicos del Siglo de Oro.
Realizada hacia 1626, la obra formó parte de un gran encargo dominico y hoy se conserva en Sevilla, demostrando cómo una misma historia conecta Italia, España y América en un relato común.
Soriano es un hilo que une geografías muy distintas: desde Calabria hasta Andalucía, pasando por México. Sin embargo, es en Querétaro donde ese nombre ha alcanzado su máxima dimensión contemporánea, convertido en un fenómeno de masas que combina fe, identidad y economía local.
En una Soria poco poblada, resulta llamativo que su gentilicio convoque multitudes al otro lado del mundo. El “otro Soriano” no solo existe: está más vivo que nunca y demuestra cómo la historia, la religión y la cultura pueden transformar un lugar en un destino global.
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