De la Rosa no necesita calendarios para marcar las fiestas de San Juan. Las lleva pintadas en la memoria. El hombre que entró en ocho cuadrillas distintas y fundó el Concurso de Botas Sanjuaneras en 1991 comparte hoy sus recuerdos.
Hay un hombre en Soria que duerme arropado por el Duero. Su cama descansa sobre una pintura mural que lleva el camino machadiano hasta la ermita de San Saturio, con los ocres del otoño encendiéndose por las paredes del dormitorio.
Ese hombre es Rafael de la Rosa, el pintor de Soria por antonomasia, un octogenario coqueto que prefiere no revelar su edad y que recibe en una casa donde cada rincón tiene un cuadro, cada pasillo guarda un retrato y cada respuesta acaba con una sonrisa.
De la Rosa forma parte de ese elenco de preciados sorianos que posee una larga mirada.
Ha pintado para la Casa Real, ha realizado la galería de alcaldes del Ayuntamiento y la de los presidentes de la Diputación; ha protagonizado reportajes en ‘National Geographic’ y ha colgado su obra en México, Cuba y media España, tanto en exposiciones individuales como colectivas.
Pero sigue aquí por elección, en Soria, haciendo bocetos de las brujas de Barahona a bolígrafo, soñando con recuperar el concurso de botas sanjuaneras que él fundó en 1991 y compartiendo sus recuerdos con ‘Soria Noticias’.
El pintor Rafael de la Rosa repasa su vida entre lienzos y fiestas de San Juan con una memoria que refresca, en ocasiones, su mujer, Lidia.
Su casa conserva huellas del tiempo bien empleado. Rafael nos recibe con la naturalidad de quien no distingue entre visita o público, y en sus respuestas siempre encuentra ejemplos en los innumerables cuadros que adornan las paredes de su vivienda.
En el dormitorio, la pintura mural ya citada; en el pasillo, un tamborilero de Fuentearmegil con traje del siglo pasado observa desde el lienzo; en el salón, los bocetos de su próxima obra... La casa de este soriano conserva en óleo y acuarela el patrimonio etnográfico y cultural de la provincia de Soria.
¿En qué año nació, Rafael?
No lo sé [risas]. Pero te puedo contar que nací en un pinar. Bueno, en una caseta de peones camineros en Guadalajara. Mi madre era primeriza y la asistencia médica, nula. Veníamos de Ronda (Málaga). Mi padre era de Aranjuez, trabajaba en Renfe, y mi madre era soriana. Aquellos viajes, en carreta, eran muy duros. Digo yo que el viaje le provocaría el parto y tuvieron que parar allí porque no quedaba más remedio. Aquellos eran tiempos casi heroicos, muy duros.
Pero fue una circunstancia, porque el viaje continuó a Soria y hasta hoy...
Sí, llegaron a Soria con el bebé, que era yo, y aquí he seguido siempre. Aunque he recorrido por ahí con exposiciones, he hecho mil exposiciones. Pero siempre vuelvo.
¿El pintor nace o se hace?
Yo he trabajado siempre con los pinceles, desde pequeñito. Vivía al lado de lo que luego fue el Banco de España. Y salía al solar que tenía enfrente y dibujaba en el suelo con tizas de colores. La gente respetaba mis dibujos en el suelo; casi siempre eran personajes del TBO o del cómic. Hasta que un notario, don Pedro Sols García, me dijo: “Ese cuadro de Tarzán con las lianas, a ver si me lo sacas en óleo, que lo que tienes aquí con la lluvia se va”. Y yo se lo hice.
Y fue su primer encargo...
Sí, me pagó 700 pesetas, que era un dineral entonces. No sabía yo ni qué hacer con tanto dinero. Ese fue mi primer cuadro profesional.
¿Ha sumado desde entonces todas las obras que ha creado? ¿Ha calculado cuántas pinturas son?
A bulto, cuatro o cinco mil seguro que tengo por ahí. Pero pueden ser más repartidas por todo el mundo. Expuse en México y el año pasado vinieron los que me compraron algunos cuadros allí a visitarme al estudio de la carretera de Logroño, subiendo al Mirón.
Según relata sus comienzos, no puedo evitar pensar que ha sido el precursor de los grafitis.
[Ríe] Pasan los tiempos y cambia todo. Entonces me hacía los pinceles con el pelo, pero tenía un problema porque tengo el pelo rizado, y costaba hacerlos. Los lienzos los sacaba de las sábanas y hacía el marco. La pintura valía mucho porque era escasa. He pintado con todos los materiales, pero mi preferido ha sido el óleo. Con la acuarela no puedes mezclar como con el óleo; con el óleo mezclas automáticamente, como el que toca la guitarra y no mira la cuerda. Simplemente toca.
Una de sus facetas más reconocidas es la de retratista, ¿es la que más le gusta?
He dedicado mucho tiempo al retrato. Y no me he conformado en sacar solo un parecido: me he empeñado siempre en plasmar a la persona. Trasladarla a un lienzo, pero que sea ella. Creatividad cero. El retrato es literal: tienes que sacar el alma de la persona, plasmar hasta su forma de pensar. Es complicado.
Ha pintado a todos los alcaldes de Soria y a todos los presidentes de la Diputación. ¿Quién ha posado mejor?
Los muertos no [risas]. Ellos ya no posaban, así que Miguel Moreno me ayudó a buscar fotografías antiguas. Antes no había internet, pero siempre salía algo, alguna imagen sobre la que trabajar. En general, todos han posado bien. Encarnación Redondo me costó porque es inquieta. Le dije de posar una y mil veces y no posaba. Entonces, la dibujé como la recordaba yo, porque tengo una memoria fotográfica: me quedo con las imágenes. La corregí un poco y salió el cuadro.
Ha sido un gran sanjuanero y tiene perspectiva de la evolución de la fiesta, ¿cómo recuerda la de hace años?
No tiene nada que ver. Entonces celebrábamos costumbres arraigadas en el pueblo. San Juan era más tradición. Y ahora hemos perdido lo auténtico, lo que venía de padres a hijos. Ahora es más jolgorio, más fiesta, más follón, más borrachera. Me quedo con las de entonces.
Y menos masivas, ¿no?
Sí. Antes no se podía ir de un sitio a otro, así como así, los desplazamientos eran difíciles, pero entrar en fiestas entraba todo el mundo y había menos dinero que ahora. Hasta las viudas, que pagaban media ración, entraban. Eso ya era tradición.
Es obligado preguntarle cuál es su día favorito de San Juan...
La Saca. Visualmente es muy interesante; me dice más desde el punto de vista estético.
En La Saca nadie posa...
Sí, yo interpreto lo que queda en mi memoria. Escenas que se me quedan grabadas...
¿Ha sido jurado?
No, nunca he querido. Me obligaba a un horario, a salir, a desfilar. No me gusta mucho que me lleven de la mano. Tengo mi forma de ser: independencia, que no es egoísmo, es apertura. He llegado a entrar en ocho cuadrillas. Es mi récord. Y bien, porque te lo agradecían.
Fue el creador del concurso de botas sanjuaneras, en 1991, y sueña con que se recupere esa iniciativa...
Yo era muy sanjuanero y me tiraba el tema. Creo que es una cosa plástica que podría tener renombre nacional porque yo voy con una bota pintada a Murcia y enseguida pregunta la gente que dónde las hacen. Se celebraron tres ediciones del concurso y luego decayó porque también decayó el uso de la bota. Pero ahora ese elemento tan tradicional se ha recuperado, y yo sueño, sí, con que el concurso vuelva.
Siempre ha pintado botas para las fiestas de San Juan, ¿me equivoco?
Siempre. Desde jovencito. Desde chaval. Cada año pintaba botas para los jurados, que luego las subastaban. Me han pasado cosas, como que me robaron una de una caldera donde la tenía expuesta. Ese domingo me llevé un disgusto.
Y también ha decorado algunas calderas...
Sí. Recuerdo ahora mismo una que era un cisne tirando de una carreta con las botas, con todos los elementos sanjuaneros, pero usé un cisne que no es un animal sanjuanero. Me ha gustado la plasticidad, las cosas, la decoración me va también.
¿Recuperaría algo de las fiestas de antes?
Los usos, las costumbres..., el espíritu de la fiesta. Antes no había tanto alcohol como ahora. No podía haberlo porque se bebía en bota. Hoy todo es más materialista.
¿Por qué materialista?
Todo es consumo.
¿Cuáles han sido sus referentes en la pintura?
Ninguno. Estudié en la Escuela de Artes de Soria, donde el profesor y director era Juan Chuliá, que era de Valencia. De él aprendí mucho. Pero no he tenido un maestro concreto al que admire como tal.
Nunca he pretendido imitar a nadie.
¿Se identifica con el arte contemporáneo?
Fui a Arco durante algunos años, la feria de arte contemporáneo de Madrid. Preparaban un espacio lleno de cosas que supuestamente eran arte, pero era una pintura malísima. La última vez que fui llevé a mi hija, que era pequeña, y había unos objetos en el suelo: una escoba, unas colillas, un cenicero y un badil (un recogedor). La niña vio aquello y cogió la escoba y se puso a barrer las colillas. Llegó el autor y armamos una buena. Yo le dije: “Es una niña y ha visto basura”. Me llamó indocumentado. Le dije que con personas como él no se podía hablar... ¡bueno la que tuvimos! El arte tiene que transmitir algo. Eso no transmitía más que necesidad de limpieza.
¿Qué pinta ahora, Rafael?
Acuarelas, que son menos costosas y ya tengo pinceles y el material.
¿Y qué temas explora?
Cualquiera. Yo nunca he tenido miedo a pintar un tema porque sea difícil. Pinto lo que me transmite algo. Ahora quiero hacer las brujas de Barahona, un aquelarre.
¿Por qué ese tema que parece tan escabroso y oscuro?
Las brujas tienen plasticidad. Me siento y me pongo a dibujar y se me pasan las horas.
Con una experiencia tan dilatada, ¿nunca ha querido enseñar?
No, no. No tengo paciencia para la docencia.
¿Se siente reconocido y querido en su tierra?
Sí, sí. Agradezco mucho a los sorianos el reconocimiento de mi obra. He sido un privilegiado, porque he trabajado como he querido y he tenido el respeto de la gente.
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