Doctor en Psiquiatría y con una experiencia de cuatro décadas, Ricardo Martínez Gallardo analiza cómo ha cambiado nuestra salud mental en las últimas décadas y alerta de los efectos de la inmediatez, las pantallas y la inteligencia artificial sobre nuestra capacidad para afrontar la vida.
No hace falta ser paciente de Ricardo Martínez Gallardo para despedir cualquier conversación con él sintiendo que las ideas pesan un poco menos, como si hubiera puesto orden entre los pensamientos y aliviado el peso que a veces cargamos sin darnos cuenta.
Este doctor en Psiquiatría habla de la salud mental sin artificios, con un sentido común poco frecuente hoy en el día a día. Directo, amable y sereno, explica asuntos complejos con ejemplos cotidianos y metáforas basadas en los Sanfermines o la lotería, pero detrás de ese lenguaje sencillo hay casi cuatro décadas de experiencia observando cómo han cambiado las personas y la sociedad.
Con más de 37 años de profesión, buena parte de ellos como jefe del Servicio de Psiquiatría de Soria, Martínez Gallardo ha visto evolucionar no solo las enfermedades mentales, sino también la forma de vivir, de educar y de relacionarnos. Su análisis huye de los tópicos y pone el foco en una sociedad cada vez menos preparada para asumir la frustración. "La vida es invertir esfuerzo", resume. Y advierte de las consecuencias de haber olvidado esa idea: "La gente tiene que entender que en la vida hay que renunciar a muchas más cosas que las que vas a conseguir. Y si no lo entiende, lo va a pasar muy mal".
En esta entrevista reflexiona sobre el aumento del malestar psicológico, las adicciones ligadas a las pantallas, la irrupción de la inteligencia artificial en la vida cotidiana y el riesgo de dejar de pensar por nosotros mismos. Un diagnóstico tan crítico como esperanzador, construido desde la experiencia de quien lleva toda una vida escuchando a los demás.
Corríjame, si me equivoco, pero tengo la sensación, nada científica, de que el siglo XXI nos está desquiciando.
Vamos muy deprisa, de revolución en revolución y va todo a una velocidad tremenda. Ya no es que nos quedemos obsoletos, sino que ya no nos reconocemos, no da tiempo a asumir ni a digerir los cambios.
¿Habla de la revolución tecnológica?
Es una revolución tecnológica, sí, pero afecta directamente a la vida de las personas. La inteligencia artificial, por ejemplo, ya está teniendo un impacto enorme. Los adolescentes están creciendo en este contexto y quienes pensaban que dominaban el conocimiento digital descubren ahora que la IA supone otra vuelta de tuerca. Tengo chavales en la consulta que no hacen absolutamente ningún trabajo académico sin ChatGPT. Ninguno. Eso significa que dejan de pensar por sí mismos. Ni siquiera revisan o corrigen lo que les genera la inteligencia artificial.
¿Y no es responsabilidad de nuestra generación más que culpa de ellos?
Está claro. Tengo pacientes jóvenes que no toman ninguna decisión sin preguntarle antes a la inteligencia artificial. Ya no eligen en función de sus preferencias o de sus gustos, sino de lo que les recomienda ChatGPT. Estamos entrando en un auténtico borreguismo. Si alguien consigue manipular la inteligencia artificial —y ya se está intentando— tendrá una enorme capacidad para influir sobre las nuevas generaciones. En realidad, sobre todos nosotros.
¿Estamos ya viviendo una distopía?
Ese es precisamente el problema y me parece peligrosísimo. Afecta a todos los ámbitos de la vida. Pregunto a mis pacientes más jóvenes qué música les gusta, qué ropa prefieren o qué teléfono quieren comprar y me responden: “Espera, que se lo pregunto al chat”.
La falta de criterio que observo entre muchos jóvenes de 14 a 20 años es enorme. Antes seguíamos modelos: nuestros padres, profesores o personas de referencia. Ahora esas referencias han desaparecido.
Pero también sucede con los adultos, incluso ocurre con los tratamientos médicos. Les prescribo una medicación y antes de empezar a tomarla consultan a ChatGPT. Si al final van a hacer caso a la inteligencia artificial y no al profesional, uno acaba preguntándose para qué vienen a consulta.
¿Es un fenómeno generalizado o afecta solo a determinados perfiles sociales?
Debo precisar que yo trabajo con una muestra muy concreta, formada por personas que ya presentan algún tipo de vulnerabilidad. Hablo desde mi experiencia clínica. Dicho esto, creo que lo que observo no está muy lejos de lo que está ocurriendo en la sociedad en general.
Pero esos jóvenes de 14 a 20 años dentro de una década estarán tomando decisiones en empresas, administraciones o instituciones.
Sí, y de hecho ya está ocurriendo. Lo observo también en los médicos residentes que llegan ahora a formarse en Psiquiatría. Antes todos teníamos un profesor o un referente cuyo estilo intentábamos aprender e incorporar. Hoy esa referencia es cada vez más la IA. Ese cambio ya está llegando al mercado laboral. No ocurre solo entre personas con problemas de salud mental; es un fenómeno mucho más amplio.
¿Cambian, pues, las patologías?
La demanda de asistencia psiquiátrica ha cambiado de forma radical. Las nuevas generaciones son mucho más frágiles, especialmente los jóvenes. Situaciones que antes formaban parte de la vida y había que aprender a resolver ahora se viven como auténticos traumas o como un estrés insoportable.
Lógicamente, yo veo a quienes ya han desbordado su capacidad para afrontar esas situaciones, chavales incapaces de enfrentarse a la más mínima dificultad. Lo más llamativo es que ya llegan a consulta convencidos de que están enfermos. Les pregunto qué les ocurre y, en muchas ocasiones, simplemente están atravesando una circunstancia normal para su edad. Sin embargo, no quieren asumir la responsabilidad de resolverla por sí mismos. En términos generales, estamos dejando de hacer lo que todos hemos tenido que aprender alguna vez: afrontar nuestros propios problemas.
Es eso de aprender de las experiencias difíciles, ¿no?
Claro. De las experiencias negativas siempre se ha aprendido mucho más que de las positivas. Son las que te hacen crecer. Ahora ocurre justo lo contrario. Cuando aparece una dificultad importante, muchos enferman y tiran la toalla. Dicen: “No puedo más”.
¿Por eso la “resiliencia” está de moda y no dejamos de oír hablar de ella?
Exacto. Pero no es solo que haya menos resiliencia. Es que se huye de los problemas como de la peste. La capacidad para tolerar la frustración ha disminuido muchísimo.
Lo vimos también durante el gran apagón. Muchas personas se sintieron completamente perdidas sin tecnología.
Claro. El problema es depender tanto de algo externo y, además, de algo que no es humano. Estamos completamente vendidos.
Si no reaccionamos desde la educación y no volvemos a fomentar la reflexión, el pensamiento crítico y la capacidad de deducción, tendremos un problema enorme. Estamos haciendo a la gente muy vaga intelectualmente. Cada vez cuesta más pensar, reflexionar y resolver las cosas por uno mismo.
Creo que tendremos que volver a los clásicos, a la filosofía. No lo digo en broma. Hoy una persona analítica, que se pregunta por qué le pasan las cosas y hace un trabajo de reflexión personal, casi parece un bicho raro.
¿He querido entenderle antes que ya no buscamos un diagnóstico del médico, sino que nos confirme el que llevamos a consulta?
Desde hace cinco o seis años observo otra tendencia muy clara: ya no solo ocurre con los jóvenes. También muchos adultos llegan a la consulta con el diagnóstico y hasta con el tratamiento decididos porque lo han leído en internet o porque una inteligencia artificial se lo ha sugerido.
¿Le ocurre con frecuencia?
Muchísima. Llegan diciendo: “Tengo depresión”. Les pregunto por qué lo creen y me responden: “Hice un test en internet y me salió tal puntuación”. Después hay que desmontar esa idea preconcebida. Incluso después de la consulta llaman para decirme: “He leído que este medicamento que me ha mandado puede producir esto o aquello”. Nada de lo que hay en una farmacia está para hacer daño y si uno cae además en determinados canales o pódcast donde todo se cuestiona, la desconfianza aumenta todavía más. El paradigma ha cambiado por completo.
¿Y qué papel ha tenido la pandemia?
Curiosamente, en algunos aspectos fue positiva. A mucha gente le vino bien ese parón obligado. Sirvió para detenerse y reflexionar. El problema llegó después. La salida fue descontrolada, como una estampida en San Fermín. Antes había una cierta idea de planificar el futuro, ahorrar o pensar a largo plazo. Tras la pandemia apareció una especie de “hay que vivir el momento” llevado al extremo.
El famoso 'carpe diem'...
Exacto. Y el 'carpe diem' no es malo en sí mismo. A muchas personas les ayudó a cambiar su forma de vivir. Pero hemos pasado al extremo contrario. Da la sensación de que todo tiene que disfrutarse inmediatamente, como si no existiera el mañana. Hemos perdido parte de la capacidad de prever, de planificar y de aceptar que la vida es larga y exige paciencia.
Además, la pandemia alimentó mucho el pensamiento conspirativo. En consulta veo personas convencidas de que las vacunas llevaban un chip o de que estamos permanentemente vigilados. La gente se ha vuelto mucho más conspiranoica.
Pero ahí hay una contradicción, ¿no le parece? Nos apoyamos cada vez más en la tecnología para vivir y, al mismo tiempo, crece el pensamiento conspirativo sobre esa misma tecnología.
Es como cualquier otra adicción. Necesitamos consumir tecnología porque produce un efecto muy concreto en el cerebro. Todo tiene que ver con la dopamina. Al final, todas las adicciones funcionan sobre ese mismo mecanismo.
Las redes sociales, por ejemplo TikTok, generan pequeñas descargas de dopamina de forma constante. El problema aparece cuando esa recompensa desaparece. Entonces llega la frustración porque la realidad no ofrece esa misma gratificación inmediata. Ahí aparecen la ansiedad, la desesperación y la sensación de vacío.
¿Y esa adicción se suma a las que ya existían o cambia las tradicionales?
Es una adicción más. Quien ya tenía cierta vulnerabilidad encuentra en la tecnología un complemento perfecto. Se acumulan unas dependencias sobre otras.
Los datos del Ministerio de Sanidad indican que Castilla y León presenta un mayor riesgo de problemas de salud mental que la media nacional. ¿Puede influir el aislamiento o la forma de relacionarse en un territorio tan despoblado?
Cada vez resulta más difícil vivir. La energía que hace falta para vivir cada vez es mayor y muchas personas se sienten impotentes ante situaciones completamente normales.
La gente ya no enferma solo por grandes tragedias o crisis extraordinarias, sino por la acumulación de pequeñas dificultades cotidianas. Se nos ha inculcado un concepto de felicidad que no existe. Vivimos persiguiendo una felicidad permanente y, como nunca se alcanza, aparece una enorme frustración. Hay personas, yo los llamo ‘encajadores’, que son capaces de asumir muy bien lo que les va llegando y otras que, cuando las cosas no salen como esperaban, se frustran enseguida. Es como perseguir una zanahoria que siempre se aleja un poco más.
¿Más las mujeres que los hombres, según dicen las estadísticas?
No me atrevería a afirmarlo. Yo solo puedo hablar desde mi experiencia clínica, no desde los datos estadísticos. Lo que sí observo es que el varón joven es cada vez más frágil desde el punto de vista de la salud mental. Veo más patología en hombres jóvenes que hace unos años y creo que es una tendencia que merece atención. Se persiguen modelos que nos han construido artificialmente y que no existen, y al final te das de bruces y ese es un problema importante.
¿Qué hay que hacer para ser un ‘encajador’?
Creo que existe un componente genético. Igual que hay personas especialmente dotadas para el deporte, otras parecen tener una mayor capacidad para soportar la adversidad. Pero la educación también es fundamental. Lo que has vivido en casa, el ambiente en el que has crecido, la educación que has recibido... Todo eso influye mucho en la capacidad para afrontar los problemas.
Hay personas con una mayor fragilidad biológica, pero también hay entornos educativos que favorecen esa fragilidad. El resultado es gente que se viene abajo ante la mínima dificultad.
Pero también te digo que si se cae un encajador se acaba el mundo, porque ellos acumulan y se rompen en mil pedazos y tienes que ir buscando las piezas para ponerlas en su sitio y a veces no terminan de encajar. Cuando cae un encajador, hay muchos, muchos meses de trabajo por delante para recomponerlo.
En este ecosistema tan frágil, ¿qué papel juegan fenómenos como los 'coaches', el 'mindfulness' o los llamados jefes de felicidad en las empresas?
Se han convertido en un negocio. La salud mueve muchísimo dinero. Existen diferencias muy importantes entre la sanidad pública y la privada en el uso de pruebas diagnósticas o determinados tratamientos. En el ámbito privado hay un incentivo económico que condiciona parte del consumo sanitario.
Con la salud mental está ocurriendo algo parecido. Me llama especialmente la atención la enorme cantidad de productos psicofármacos que se venden a través de internet prometiendo mejorar el bienestar: preparados de plantas, suplementos supuestamente orientales, semillas exóticas... Se comercializan a precios desorbitados.
No suelen ser perjudiciales, al fin y al cabo son plantas, pero tampoco solucionan los problemas de fondo. En muchos casos funcionan gracias al efecto placebo y poco más.
Con el 'mindfulness' y otras técnicas sucede algo parecido. No digo que sean malas; algunas personas pueden obtener beneficios. El problema aparece cuando se presentan como la solución definitiva.
¿Por qué proliferan tanto?
Porque acceder al sistema sanitario resulta cada vez más difícil. Una cita con el médico de familia puede demorarse días y una consulta con un especialista, meses. Durante ese tiempo surge un enorme mercado dispuesto a ofrecer cualquier producto o terapia.
Es un negocio que seguirá creciendo. El verdadero problema no es solo el coste económico, sino que muchas personas creen que así resolverán problemas que requieren otro tipo de abordaje. Es como ponerse una tirita sobre una herida profunda: puede hacer que uno se sienta algo más tranquilo, pero no cura la lesión.
Ha dicho que la felicidad no es un estado permanente. ¿Hay que aprender a ser infeliz?
La gente quiere la felicidad por arte de magia, como si fuera la lotería nacional, en la que somos especialistas en España. Pero lo primero que hay que entender es que la felicidad absoluta no existe. Cualquiera que tenga unos cuantos años sabe que la vida no es una balsa de aceite.
Lo que sí existen son momentos de felicidad, más o menos intensos, y normalmente están relacionados con el esfuerzo que ha supuesto alcanzarlos. Cuanto más trabajo, constancia y sacrificio hay detrás de un logro, mayor suele ser la satisfacción.
Ese es el mensaje que deberíamos transmitir, especialmente a las nuevas generaciones. La felicidad no es un estado permanente. Es un instante, un destello. Dura poco, igual que unas vacaciones. Lo que permanece es el camino recorrido para llegar hasta ese momento.
Nos cuesta aceptar que la felicidad no nos viene dada...
La vida consiste en esforzarse, frustrarse muchas veces, levantarse y seguir adelante. También consiste en renunciar. Eso es algo que cuesta mucho aceptar hoy. Queremos conseguirlo todo y, además, de forma inmediata.
Sin embargo, en la vida hay muchas más renuncias que conquistas. Si no asumimos esa realidad, viviremos permanentemente frustrados. Y no hay nada peor que una vida instalada en la frustración.
Después de mucho trabajo, de muchas renuncias y de mucho tiempo, llega un momento de felicidad. Se disfruta y después la vida continúa. Hay que volver a empezar. Ese es el ciclo normal de la existencia.
¿Qué les dice a quienes se declaran felices?
Cuando alguien llega a mi consulta y me dice: “Llevo una temporada muy feliz”, siempre pienso que hay que tener cuidado, porque caerá. La felicidad continua no existe. Lo razonable es poder decir: “No soy desgraciado”. Eso ya es mucho.
Los momentos de felicidad aparecen, claro que sí, pero son excepcionales y precisamente por eso tienen valor. Si la gente cree que va a encontrar una felicidad permanente, está persiguiendo una ilusión imposible. Si no lo entendemos, lo vamos a pasar muy mal, no hay peor cosa que vivir frustrada.
Únete al universo Soria Noticias Descárgate nuestra APP, entra en nuestro canal de WhatsApp o síguenos en redes.