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El calor redibuja el mapa para las garrapatas y pone la prevención en primer plano

El calor redibuja el mapa para las garrapatas y pone la prevención en primer plano

Actualizado 06/09/2026 19:24

La aparición de tres casos de fiebre hemorrágica de Crimea-Congo en Salamanca recuerda que las garrapatas forman parte también de la vigilancia sanitaria en Castilla y León. En Soria, el sureste de la provincia concentra las mayores probabilidades de encontrar ejemplares del género Hyalomma, según el proyecto de Ciencia Ciudadana Garrapata Alert.

El verano de 2026 ha terminado de confirmar lo que los datos epidemiológicos vienen anticipando desde hace años: la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo no es en Castilla y León una enfermedad remota ni una amenaza teórica, sino una enfermedad emergente ante la que hay que estar prevenidos.

Tres nuevos casos confirmados en Salamanca –uno de ellos, mortal– han vuelto a situar a la Comunidad este verano en el centro del mapa español de esta enfermedad transmitida principalmente por garrapatas del género Hyalomma, un ácaro al que le encantan las altas temperaturas cuya probabilidad de encontrarse en Soria se concentra en una esquinita del sureste de la provincia, en la comarca del Jalón según Garrapata Alert, el proyecto de Ciencia Ciudadana del Ministerio de Sanidad

La sucesión de casos resulta especialmente significativa porque el último informe de la Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica (Renave), cerrado con los datos de 2016 a 2025, ya dibujaba una realidad preocupante. De los 19 casos confirmados en España durante esa década, 13 habían tenido su probable lugar de exposición en Castilla y León. Más de dos de cada tres. Y Salamanca concentraba por sí sola nueve.

Ahora, a falta todavía del balance epidemiológico oficial de 2026, la provincia castellano y leonesa ha añadido al menos otros tres casos durante este verano.

El más grave, con resultado de muerte, se confirmaba el 10 de julio. Un hombre de 84 años había sido atendido en el Complejo Asistencial Universitario de Salamanca después de sufrir una picadura de garrapata. Las pruebas confirmaron la infección por el virus de Crimea-Congo y fue trasladado al Hospital Gómez Ulla de Madrid, donde murió.

Su fallecimiento devolvía la enfermedad a su verdadera dimensión. La fiebre hemorrágica de Crimea-Congo puede desarrollar cuadros graves y tiene una elevada letalidad. Entre los 19 casos registrados oficialmente en España entre 2016 y 2025, seis pacientes fallecieron. Casi uno de cada tres.

Las cifras siguen siendo bajas en términos absolutos y los expertos consideran los casos humanos esporádicos, pero una enfermedad puede ser infrecuente y, al mismo tiempo, constituir un problema sanitario de enorme importancia cuando su gravedad es tan elevada. Ese es precisamente el caso de la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo según las autoridades.

El campo lo usamos todos

Quizá la principal enseñanza que dejan los datos sea la necesidad de desmontar una idea muy extendida. El riesgo no pertenece exclusivamente a ganaderos, cazadores o trabajadores forestales.

La relación de casos recogida por la Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica demuestra que entre las situaciones de exposición aparecen actividades tan cotidianas como pasear por el campo o cuidar un huerto.

De hecho, el informe nacional señala que la exposición en espacios rurales, incluso sin contacto directo con animales, fue más frecuente entre los casos analizados que el contacto con animales. Y el campo forma parte de la vida diaria en Castilla y León. Forma parte del ocio, de las segundas residencias, de los pueblos, de las rutas de senderismo y de los huertos familiares.

La advertencia sanitaria no consiste en dejar de salir al campo. Consiste en dejar de pensar que una picadura de garrapata es siempre un incidente sin importancia.

Una enfermedad que vuelve cada verano

El informe de Renave advierte de otro fenómeno especialmente significativo: desde 2020 se habían registrado casos durante seis temporadas consecutivas. Los contagios se concentran entre abril y agosto, coincidiendo con el periodo de actividad del vector. Los máximos históricos se han producido en junio y julio. Lo sucedido durante este verano de 2026 encaja exactamente en ese patrón.

La enfermedad tiene, por tanto, una geografía y también un calendario.

Y ambos factores deben formar parte de la información que reciben los ciudadanos. Porque el problema de las enfermedades emergentes no comienza necesariamente cuando aparecen cientos de casos. Comienza cuando la vigilancia detecta que algo que antes era excepcional empieza a repetirse con regularidad.

Prevención, prevención y prevención

La gravedad de la enfermedad aumenta la importancia de la prevención. No existe una vacuna para uso humano ni un tratamiento específico contra la infección. La atención médica se centra en el tratamiento de soporte y en el manejo de las complicaciones. Por eso el primer frente hay que situarlo antes del contagio y consiste en evitar las picaduras.

Utilizar ropa adecuada cuando se transita por zonas de vegetación (mangas largas y pantalones metidos en los calcetines), revisar el cuerpo después de paseos y actividades en el campo (también el de nuestras mascotas), examinar especialmente las zonas donde las garrapatas pueden pasar inadvertidas (ingles, axilas, cuero cabelludo...) y, si se detecta una, proceder a su extracción adecuada lo antes posible.

Pero existe otra medida fundamental: no ocultar ni olvidar el antecedente de una picadura. Ante la aparición de fiebre u otros síntomas compatibles después de haber estado expuesto en un entorno rural, comunicar ese antecedente puede resultar determinante para orientar el diagnóstico.

Sin alarmismo, pero sin ignorancia

El riesgo de contraer la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo sigue siendo bajo para la inmensa mayoría de la población. No todas las garrapatas transmiten el virus. No todas las picaduras provocan una infección, sólo las que transmiten las Hyalomma, habituadas a climas cálidos.

La enfermedad es endémica en regiones de África, los Balcanes, Oriente Medio y Asia, según la Organización Mundial de la Salud (OMS) y a su elevada letalidad, que puede alcanzar el 40%, se suma un importante factor de riesgo, ya que el virus también puede transmitirse de persona a persona.

Las estadísticas ministeriales no pretenden sembrar miedo, pero sí terminar con una falsa sensación de seguridad, porque la aparición de una enfermedad potencialmente mortal obliga a cambiar la percepción de que estos bichitos han estado siempre presentes en el campo conviviendo con nosotros.

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