Cuatrocientas tazas llegadas a Soria desde una colección reunida durante décadas demuestran que la porcelana puede contar mucho más que una historia de formas y decoraciones. La exposición de Mª Evangelina Rodríguez Marcos recorre países, manufacturas, modas, conflictos, rutas comerciales y recuerdos familiares a través de un objeto cotidiano convertido aquí en pieza de arte y documento histórico. El proyecto guarda una memoria especial: la de Jesús Bárez, con quien la autora mantuvo las conversaciones que hicieron posible esta exposición.
En un país donde un grupo de seis personas es capaz de pedir el café de seis maneras diferentes, el culto a la taza no podía ser menos. Las tazas constituyen un objeto de fetiche que trasciende la preferencia entre la loza o el cristal. Un despertar sin el ritual del café en nuestra taza favorita nos puede torcer el día o, al menos, impedir que lo empecemos sin fruncir el ceño.
María Evangelina Rodríguez Marcos no toma café habitualmente y tampoco tiene una taza favorita. Pero la pregunta de Soria Noticias la obliga a buscar una. “No suelo tomar café casi nunca, pero actualmente desayuno todos los días en una taza que es igual que unas tazas alemanas, pero de una porcelana muy fina y muy bonita que hizo Santa Clara en Vigo”.
Porque Evangelina tiene unas mil. Cuatrocientas han viajado ahora hasta Soria para convertirse en protagonistas de una exposición tan insólita como reveladora: una muestra en la que este pequeño objeto abandona la cocina, el aparador o la vitrina familiar y adquiere la categoría de pieza artística, documento histórico y depositario de recuerdos. La exposición 'La pausa. Tazas del mundo' revela cómo “la taza es una experiencia universal”, en palabras de la dueña de la colección y comisaria de la exposición.
El desembalaje de las piezas, cuenta la concejala de Cultura, Gloria Gonzalo, ha sido casi una exposición en sí mismo. “Ha sido un trabajo enorme”, confiesa. Las tazas llegaron cuidadosamente protegidas, una a una, junto con sus platos. Había que abrir cajas, retirar envoltorios y devolver cada pieza a su lugar. Una tarea delicada para un conjunto en el que cada objeto tiene algo que contar.
La exposición de María Evangelina Rodríguez Marcos propone mirar las tazas de otra manera. No como cacharros, sino como pequeñas cápsulas de memoria. A través de ellas se pueden seguir las modas, las costumbres, los cambios en las formas de vivir y hasta las transformaciones políticas de los países en los que fueron fabricadas.
“Hay muchas tazas muy antiguas de muchos países y las fronteras han cambiado”, explica Evangelina sin poder contestar a la pregunta de cuántos países están representados en la exposición. Una taza puede proceder del antiguo Imperio austrohúngaro, aunque aquel imperio ya no exista y sus territorios formen hoy parte de distintos países. Hay piezas vinculadas a la Alemania dividida y ocupada después de la Segunda Guerra Mundial y también al Japón ocupado. Objetos aparentemente diminutos que han sobrevivido a conflictos, cambios de fronteras y transformaciones políticas.
Pero la exposición también cuenta otra historia. La de las familias. La de las casas. La de las visitas importantes que merecían abrir el aparador y sacar la vajilla buena. La del cumpleaños de la abuela. La de aquella taza que alguien rompió y que todavía se recuerda. La de la pieza que permanece en una vitrina porque está demasiado asociada a alguien como para utilizarla.
“Junto a tazas de manufacturas muy valiosas de Inglaterra o de Alemania, de Austria, de Checoslovaquia, de Francia o de China, he querido poner siempre las tazas de nuestras casas”, explica Evangelina. También las humildes, las realizadas en pequeños talleres artesanos, las que quizá nunca tuvieron un gran valor económico pero sí una enorme capacidad para conservar recuerdos.
En las casas la porcelana tenía un ceremonial propio. “Cuando alguien venía a casa y se abría la vitrina o el aparador, sacábamos las tazas más bonitas para recibir a las personas que significaban algo para nosotros”. En las celebraciones ocurría algo parecido: “El día de la fiesta o el del cumpleaños de la abuela, la porcelana, las tazas, hacían que un día cotidiano se transformara en un día excepcional”. Su abuela, recuerda, incluso llamaba a la porcelana “china”.
Lo extraordinario de la exposición está precisamente ahí: en demostrar que lo universal puede esconderse en lo cotidiano. Hay vitrinas dedicadas a grandes manufacturas y porcelanas de extraordinaria calidad artística. También hay lugar para las copias y las falsificaciones. O quizá habría que hablar, en algunos casos, de algo más complejo: de la extraordinaria circulación de modelos y diseños.
La porcelana fue una mercancía viajera mucho antes de que imagináramos el mundo globalizado. Evangelina recuerda que, junto con la seda, fue uno de los productos que más recorrieron las rutas comerciales durante los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX, hasta que Europa aprendió finalmente a fabricar porcelana, a comienzos del siglo XVIII.
Los diseños viajaban con la misma rapidez que las piezas. Cuando Inglaterra desarrolló las calcomanías aplicadas a la cerámica, los motivos pudieron reproducirse y cruzar fronteras a una velocidad enorme. De ahí que puedan encontrarse tazas alemanas y españolas prácticamente idénticas.
La exposición permite incluso detenerse en las diferencias técnicas. Las tazas inglesas, por ejemplo, incorporaron tradicionalmente huesos molidos en la fabricación de la porcelana, en lugar del caolín empleado en otros lugares, una particularidad que ayuda a explicar ese tono y aspecto característicos de algunas piezas.
Piezas con más de un siglo de antigüedad y otras vinculadas a acontecimientos concretos, como una taza premiada en la Exposición Universal de París de 1925, se dan cita en el Palacio de la Audiencia de Soria. Evangelina empezó a reunirlas casi sin darse cuenta. No se consideraba coleccionista. Le gustaba la porcelana desde siempre y comenzó a comprar piezas cuando vivía en Bruselas. Allí descubrió tazas alemanas, inglesas, del viejo París.
Primero fue la belleza. Después llegó la curiosidad. Hasta que llegó el momento inevitable en cualquier colección que crece sin plan previo. “Era un montón de cosas”, recuerda. Había que clasificar, estructurar, estudiar y establecer relaciones. La “cacharrería”, dice ella, empieza entonces a tomar forma.
En Soria se pueden contemplar ahora cuatrocientas de esas piezas, pequeñas historias colocadas detrás de un cristal. Y entre todas ellas hay también una historia local.
La apertura de la exposición ha contado este miércoles con la presencia de Nieves del Cueto, viuda de Jesús Bárez, quien fuera concejal de Cultura del Ayuntamiento de Soria, fallecido en 2024.
Bárez fue una de las personas que contribuyeron a poner en marcha un proyecto que ahora ve la luz. Evangelina y él mantuvieron las primeras conversaciones sobre la muestra y compartieron hasta el final el interés por un mundo, el de la porcelana, capaz de contar mucho más de lo que aparenta. “Nuestra última charla giró en torno a la porcelana rosa de Checoslovaquia”, recuerda la autora.
Evangelina ha dejado por escrito buena parte de ese universo en una pequeña guía de mano que acompaña la muestra. Un librito casi tan importante como las propias vitrinas porque ayuda a entender qué estamos mirando, porque, en el fondo, la exposición no trata realmente de tazas. Trata de lo que nosotros ponemos dentro de ellas: viajes, manufacturas, el comercio, la política, el arte, las familias, las pérdidas y los recuerdos. Aparece, en definitiva, la vida.
La exposición puede visitarse de martes a sábado, de 12.00 a 14.00 y de 19.00 a 21.00 horas, y los domingos de 12.00 a 14.00 horas.
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