Del rocío del otoño a las tormentas del verano, repasamos el calendario 'secreto' de una tierra que explica su meteorología sobre el paisaje.
En Soria, la meteorología deja de ser ciencia al posarse sobre los chopos. Se queda atrapada en los valles, se congela en las cumbres, levanta el polvo de los páramos, dibuja barreras de nubes sobre las sierras y, algunas noches excepcionales, enciende el cielo con luces que llegan desde mucho más allá de la atmósfera.
Quizá por eso Antonio Machado encontró aquí una materia poética que no necesitaba demasiadas explicaciones. “Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira; cambian la mar y el monte y el ojo que los mira”, escribió el poeta en ‘A orillas del Duero’.
La meteorología cambia de forma al paisaje y el paisaje forma parte de la vida. En ‘Campos de Castilla’, el poeta sevillano convirtió la nieve, el viento, las tormentas o el rocío en elementos de una geografía sentimental que, más de un siglo después, la ciencia permite interpretar con bastante precisión.
El observatorio meteorológico de Soria se creó en 1865. Aquellos cuadernos de observación han permitido reconstruir cómo era el tiempo durante los años sorianos de Machado. Manuel Antonio Mora García, delegado territorial de AEMET en Castilla y León, ha comprobado cómo muchas de las imágenes meteorológicas de ‘Campos de Castilla’ tienen una correspondencia extraordinariamente precisa con los fenómenos atmosféricos que se producen en la provincia.
La ciudad de Soria está a 1.063 metros de altitud sobre el nivel del mar, pero hay pueblos, como Beratón, que superan los 1.300. La posición interior de la provincia, la distancia al mar y una orografía marcada por sierras, valles y altiplanos favorecen grandes contrastes térmicos. La normal climática de la estación de Soria registra una temperatura media anual de 11 ºC, con medias de 11,6 ºC en octubre y apenas 6,7 ºC en noviembre. La precipitación media aumenta precisamente al entrar el otoño: 55 milímetros en octubre y 50 en noviembre, frente a los 33 de septiembre.
El calendario meteorológico soriano empieza, por tanto, a hablarnos en el otoño que estrenaremos en unos días.
Hay un momento en septiembre en que todavía parece verano, pero el paisaje ya sabe que no lo es. Las noches se alargan, el suelo pierde calor con mayor rapidez y las temperaturas mínimas comienzan a descender. Ya lo estamos notando. En octubre, la media de la mínima diaria en Soria es de 5,8 ºC; en noviembre baja hasta 1,9 ºC.
Y el primer mensaje que el medio natural nos susurra en otoño llega en forma de rocío. Machado citó el fenómeno en ‘Amanecer de otoño’: “Está la tierra mojada / por las gotas del rocío”.
El rocío es un fenómeno perfectamente explicable: durante noches despejadas y con poco viento, las superficies pierden calor mediante radiación y pueden enfriarse hasta alcanzar eso que se conoce como temperatura de rocío. Llegado a ese punto, el vapor de agua próximo a ellas se condensa en pequeñas gotas.
Pero el otoño llega también con viento. Machado lo escuchó y lo añadió a su ideario poético: “Del viento del otoño el tibio aliento/ los céspedes undula, y la alameda/ conversa con el viento.https://sorianoticias.com/ el viento de la tarde en la arboleda!”.
El viento es el movimiento del aire provocado por diferencias de presión atmosférica. En Soria, la altitud, la continentalidad y, sobre todo, el relieve condicionan su dirección y comportamiento. Las sierras, los valles y los páramos pueden canalizar las corrientes de aire, acelerar su velocidad o proteger determinados espacios.
En otoño, además, el viento puede marcar la transición entre dos tiempos. Las primeras masas de aire frío comienzan a imponerse mientras todavía llegan jornadas templadas, y la circulación atmosférica contribuye a repartir el calor y la humedad de manera muy desigual por el territorio. El otoño soriano tiene incluso sus propios vientos ligados al paisaje y a las actividades tradicionales.
Este mes de septiembre, coincidiendo con la migración de la paloma torcaz, los cazadores hablan del viento palomero, una denominación tradicional para determinadas situaciones de viento, generalmente de componente sur, a veces sureste, que pueden favorecer el paso de las aves por los puertos y sierras de la provincia.
En Oncala y Ágreda, donde los pasos de montaña forman parte de las rutas migratorias de la paloma torcaz, el viento se convierte también en una forma de leer el cielo y anticipar cómo se moverán las bandadas. Lo saben bien los cazadores.
Y cuando el aire queda en calma, especialmente durante las noches despejadas, comienza otro proceso: el suelo pierde calor, enfría el aire que tiene encima y el frío empieza a acumularse en los valles.
Los valles sorianos tienen condiciones especialmente favorables para que el aire frío se acumule cerca del suelo. En noches estables, el terreno pierde calor y enfría la capa de aire inmediatamente situada sobre él. Como el aire frío es más denso, queda atrapado en las zonas deprimidas. Si existe suficiente humedad, se forman las llamadas nieblas de radiación.
La niebla no es simplemente una nube que ha bajado al suelo. Meteorológicamente es una suspensión de diminutas gotas de agua que reduce la visibilidad horizontal a menos de un kilómetro. Puede desaparecer después de la salida del sol o persistir durante muchas horas.
Machado conocía perfectamente esa escena. En su romance ‘La tierra de Alvargonzález’, retrata como “Se iba tiñendo de rosa la espesa y blanca neblina de los valles y barrancos”.
En el norte de la provincia nos encontramos uno de esos fenómenos que forman parte del vocabulario meteorológico popular soriano: la bardera, recogida en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua como "nube pegada a los montes".
Cuando una masa de aire húmedo se encuentra con una sierra, el relieve obliga al aire a ascender. Al hacerlo, se enfría y el vapor de agua puede condensarse, formando nubosidad pegada a las cumbres. La orografía convierte así una montaña en una auténtica fábrica de nubes que aparecen a ojos vista como un manto horizontal perfectamente definido sobre las sierras sorianas.
Es una demostración visual de algo fundamental en meteorología: el relieve no es un decorado. El relieve fabrica tiempo atmosférico.
Y cuando el otoño avanza, la frontera entre lluvia, niebla, rocío y hielo empieza a hacerse cada vez más estrecha.
El invierno soriano no necesita demasiada presentación. Pero incluso aquí conviene mirar con atención, porque no todo lo blanco que aparece en el paisaje es nieve.
La estación meteorológica de Soria registraba de media 21,4 días de nieve al año en el periodo 1981-2010. Noviembre ya incorporaba de promedio 2,1 días de nieve y diciembre 3,9; enero alcanzaba cinco. Ahora nieva menos. Machado lo resumió en una imagen sencilla cuando veía “caer la blanca nieve sobre la fría tierra”.
Pero el invierno tiene otro fenómeno mucho más característico: la cencellada.
La cencellada se produce cuando pequeñas gotas de agua subfundida presentes en una niebla muy fría chocan contra árboles, plantas, vallas u otras superficies y se congelan inmediatamente. No es lo mismo que la escarcha, que se forma directamente a partir del vapor de agua sobre una superficie fría.
La diferencia parece pequeña, pero sus resultados son radicalmente distintos.
Cuando la niebla engelante permanece durante horas y además existe viento, el hielo puede acumularse sobre las superficies formando estructuras que crecen en la dirección de procedencia del flujo. En las zonas elevadas de Urbión y otras sierras, el resultado puede transformar la vegetación y las rocas en un paisaje casi polar. AEMET distingue expresamente la cencellada del engelamiento que se produce sobre objetos en movimiento, como las aeronaves.
La cencellada es mágica. Sus paisajes son de cristal.
Y debajo de ese paisaje helado continúa actuando la inversión térmica.
En noches anticiclónicas, el aire frío puede quedar atrapado en los fondos de valle durante horas. Es entonces cuando el termómetro puede registrar valores extraordinariamente bajos mientras, a poca distancia y mayor altitud, las temperaturas son sensiblemente más suaves.
La provincia tiene un escenario particularmente adecuado para estos contrastes: altitud, continentalidad y una compleja red de valles y páramos.
Soria no es fría solamente porque esté alta. Es fría porque su geografía permite que el frío se quede.
Si hay una estación que Machado entendió como pocos, fue la primavera soriana. “Primavera tarda”, la calificaba el poeta en su carta-poema a José María Palacio. La expresión sigue teniendo una precisión casi meteorológica.
En Soria, abril todavía puede conservar una memoria inequívocamente invernal. La estación puede alternar nieve, heladas, lluvia, sol y fuertes cambios térmicos en pocos días.
Es también el tiempo de las tormentas primaverales, los chubascos y el arcoíris. ‘En abril, las aguas mil’ es uno de los poemas más conocidos del sevillano.
Machado convirtió ese comportamiento atmosférico en una de sus imágenes más reconocibles: “Agua y sol. El iris brilla”. La alternancia entre lluvia y claros permite que la luz solar atraviese las gotas suspendidas en la atmósfera y produzca la descomposición de la luz blanca en los colores del arcoíris.
Pero la primavera trae también uno de los fenómenos meteorológicos más peligrosos para el campo: la helada tardía. El problema no es que haga frío. El problema es que el frío llega cuando la vegetación ya ha comenzado a despertar. La agricultura soriana conoce bien esa contradicción. La misma primavera que devuelve el verde a los campos puede destruir en una noche los brotes más sensibles. Lo reflejaba en ‘La tierra de Alvargonzález’ Machado cuando mencionaba precisamente estas “heladas tardías” que “habían matado en flor los frutos de la huerta”.
Entonces, la meteorología deja de ser paisaje y se convierte directamente en economía.
En verano aparece otra Soria, lo hemos visto estos últimos meses. El sol calienta con intensidad la superficie y el aire próximo al suelo. La provincia entra entonces en el dominio de la convección: el aire cálido asciende, se enfría y, si las condiciones de humedad e inestabilidad son suficientes, pueden desarrollarse grandes nubes cumulonimbus.
Son las nubes de tormenta, aunque este último estío no ha sido de los peores. Y con ellas llegan el rayo, el granizo, el aguacero intenso y el viento.
En ocasiones, sin embargo, una tormenta puede parecer más amenazadora de lo que finalmente resulta en superficie. La precipitación puede evaporarse antes de alcanzar el suelo en un ambiente muy seco: es lo que conocemos como “virga”.
El aire que acompaña al descenso de la precipitación puede experimentar un fuerte enfriamiento y generar corrientes descendentes. Cuando estas alcanzan la superficie pueden producir rachas muy fuertes y cambios bruscos de temperatura.
Es el reverso de la tormenta: no solamente cae agua desde el cielo; también puede descender violentamente aire desde las capas superiores.
Hay otro fenómeno estival que merece un lugar propio: el pedrisco.
El granizo se forma en el interior de las grandes tormentas cuando fuertes corrientes ascendentes mantienen partículas de hielo suspendidas en la nube, permitiendo que acumulen nuevas capas de agua que se congelan. Cuando las piedras adquieren suficiente tamaño y peso, caen.
En Soria, el fenómeno tiene una dimensión que va mucho más allá de la espectacularidad meteorológica. El pedrisco puede convertirse en un problema económico de primera magnitud para el cereal y otros cultivos. Es la misma lógica que Machado ya observaba en El dios ibero: una tormenta puede decidir el resultado de un año agrícola.
“Igual que el ballestero tahúr de la cantiga, tuviera una saeta el hombre ibero para el Señor que apedreó la espiga y malogró los frutos otoñales”, escribió el profesor. La meteorología moderna puede explicar cómo ocurre. El agricultor sigue entendiendo perfectamente lo que significa.
El verano soriano ofrece todavía otro espectáculo: tormentas que ni siquiera necesitan estar encima de nosotros.
La elevada visibilidad atmosférica y la ausencia de contaminación lumínica en amplias zonas de la provincia permiten contemplar, desde Soria, relámpagos de tormentas situadas a gran distancia.
El observador puede tener sobre su cabeza un cielo despejado y estrellado y, sin embargo, ver caer en el horizonte destellos sucesivos. No está viendo necesariamente rayos que estén cayendo cerca, sino la iluminación producida por tormentas lejanas, cuyos relámpagos pueden ser visibles desde decenas o incluso más de cien kilómetros dependiendo de la situación atmosférica y de la altura de los cumulonimbos. Lo veíamos el pasado mes de julio, cuando una tormenta en la zaragozana comarca de las Cinco Villas fascinaba a muchos sorianos.
Es uno de esos momentos en que la geografía vuelve a explicar el espectáculo.
Luego están las auroras boreales que se han observado desde Soria en los últimos años, aunque pertenecen a otra categoría. No son un fenómeno meteorológico. Son consecuencia de la interacción entre partículas energéticas procedentes del Sol y la atmósfera terrestre, especialmente durante episodios de elevada actividad geomagnética.
Que puedan verse desde Soria es excepcional. Que puedan verse desde España requiere una tormenta geomagnética suficientemente intensa y unas condiciones de observación favorables.
La baja contaminación lumínica de buena parte de la provincia convierte sus cielos en un observatorio natural privilegiado. En mayo de 2024, la intensa tormenta geomagnética asociada a la actividad solar permitió observar auroras en latitudes muy inferiores a las habituales, también desde Soria.
Es quizá el último mensaje de este calendario: la meteorología explica buena parte de lo que ocurre sobre nuestras cabezas, pero no todo lo que vemos en el cielo.
El otoño habla con rocío, niebla e inversión térmica. El invierno responde con nieve, hielo y cencellada. La primavera llega tarde, con heladas, lluvia, chubascos y arcoíris. El verano se vuelve convectivo: tormentas, rayos, granizo, tolvaneras y repentinos desplomes de temperatura. Y, de vez en cuando, el Sol escribe sobre la noche.
En Soria, los fenómenos atmosféricos no son una sucesión arbitraria de acontecimientoss. Son la consecuencia de una combinación muy concreta de altitud, continentalidad, relieve, orientación y circulación atmosférica. Por eso el paisaje soriano parece hablar y Machado lo escuchó con el lenguaje de la poesía.
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