El reloj volverá a retrasarse en la madrugada del domingo 25 de octubre, cuando a las tres serán las dos y se ganará una hora de sueño. El gesto se repite cada otoño, aunque sus razones son cada vez más discutidas: el ahorro energético es limitado y la propuesta europea para acabar con los cambios estacionales continúa bloqueada. Por ahora, el calendario sigue mandando.
El reloj retrocederá una hora este mes, pero el debate lleva años sin avanzar. En la madrugada del domingo 25 de octubre (noche del sábado al domingo), volveremos en España al horario de invierno con una operación que ya forma parte del calendario: a las tres de la mañana serán las dos. Esa noche tendrá 25 horas para dormir una hora más o disfrutarla con amigos. A cambio, la tarde perderá luz según el reloj y el anochecer llegará antes.
Lo que no cambiará es la pregunta que nos hacemos cada otoño. ¿Tiene sentido seguir ajustando la hora dos veces al año? La discusión lleva tiempo abierta en Europa, donde la posibilidad de poner fin a los cambios estacionales llegó a dar pasos concretos, pero continúa sin traducirse en una decisión definitiva. Así que, pese a las dudas sobre sus beneficios, el próximo domingo 25 volverá a tocar mover las agujas.
La propuesta de acabar con esta práctica no es nueva. En 2018, la Comisión Europea planteó suprimir los cambios de hora después de una consulta pública en la que una amplia mayoría de los participantes se mostró favorable a eliminarlos. El Parlamento Europeo adoptó su posición en 2019, pero el Consejo de la Unión Europea no ha cerrado un acuerdo que permita completar el proceso. Sin consenso entre los Estados miembros, la iniciativa permanece pendiente.
España también ha reclamado que se abandone el sistema. En 2025, el Gobierno pidió a la Unión Europea que eliminara los cambios de hora a partir de 2026. El presidente del Ejecutivo, Pedro Sánchez, defendió entonces que "cambiar la hora dos veces al año ya no tiene sentido" y sostuvo que "apenas ayuda a ahorrar energía y tiene un impacto negativo en la salud y en la vida de la gente".
Sin embargo, la petición no ha alterado el calendario. La Comisión Europea ha publicado las fechas de los periodos de hora de verano hasta 2031 y mantiene las dos modificaciones anuales. La normativa comunitaria vigente, recogida en la Directiva 2000/84/CE, establece que el periodo de verano termina el último domingo de octubre en todos los Estados miembros. Mientras no se apruebe una nueva regulación, el reloj seguirá adelantándose en primavera y retrasándose en otoño.
El argumento que impulsó históricamente el cambio de hora fue el aprovechamiento de la luz natural para reducir el consumo de energía. La práctica comenzó a extenderse durante la Primera Guerra Mundial y volvió a ganar protagonismo en numerosos países durante la crisis del petróleo de los años 70. La idea era ajustar la hora oficial a los periodos de mayor actividad para reducir la necesidad de iluminación artificial.
Pero las condiciones de consumo han cambiado. La iluminación representa solo una parte de la energía que utiliza una vivienda, junto a la calefacción, la climatización y los electrodomésticos. También influye cuándo se trabaja, se estudia, se cocina o se permanece en casa. Por eso, disponer de más luz al final de la tarde no implica necesariamente una reducción equivalente del consumo eléctrico.
Las estimaciones citadas del Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE) sitúan el posible ahorro en torno al 0,1% del consumo energético anual. Una cifra que cuestiona la magnitud del beneficio que tradicionalmente se ha asociado al cambio horario, aunque no basta por sí sola para determinar el balance energético de todos los hogares y actividades.
El ajuste del reloj es inmediato, pero la adaptación de nuestras rutinas no siempre lo es. Aunque muchas personas apenas perciben el cambio, otras pueden notar alteraciones en el sueño, el apetito o la concentración durante los días posteriores.
La razón está en el reloj biológico, que regula los ritmos diarios del organismo y se sincroniza, entre otros factores, con la luz. Cuando la hora oficial cambia, las obligaciones cotidianas pasan a organizarse con una referencia distinta, aunque el cuerpo no siempre se adapta al mismo ritmo.
Quienes mantienen horarios muy regulares —para levantarse, trabajar, estudiar, hacer ejercicio, comer o acostarse— pueden notar más el desajuste. El cansancio, la irritabilidad, las dificultades para dormir o una menor capacidad de concentración figuran entre las molestias que algunas personas experimentan. La intensidad y la duración de estos efectos varían de unas a otras.
El cambio de octubre tiene, además, una consecuencia cotidiana especialmente visible: la tarde se acorta según el reloj. La luz natural se concentra más en las primeras horas del día, mientras que la oscuridad llega antes al salir del trabajo o de clase. No es que el día pierda luz por retrasar las agujas; cambia la correspondencia entre la hora oficial y las horas de sol.
Con el horario de invierno, organizar las actividades para aprovechar la iluminación natural puede ayudar a reducir el uso innecesario de electricidad. Abrir persianas y cortinas durante las horas de sol, situar las zonas de trabajo cerca de las ventanas cuando sea posible y apagar las luces de las habitaciones vacías son medidas sencillas, pero ninguna resuelve la discusión sobre el cambio horario. Al fin y al cabo, el consumo energético depende tanto de la hora oficial como de los hábitos diarios.
Mientras Europa decide si mantiene o elimina el sistema, el reloj volverá a moverse. La decisión política, de momento, sigue pendiente.
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