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La provincia que nunca existió, 50 años del polémico centro de investigación nuclear

La provincia que nunca existió, 50 años del polémico centro de investigación nuclear

Actualizado 22/03/2026 20:49

Hace medio siglo, Soria estuvo a punto de desarrollar el proyecto de un centro de investigación nuclear que nunca se materializó, pero que dejó un debate social que aún late en la memoria de muchos hogares y sirve hoy para recrear dos provincias posibles si se hubiera construido.


Si la teoría del multiverso fuera cierta, cada uno de nosotros estaría viviendo también en una realidad paralela donde la Soria que conocemos sería absolutamente diferente. En uno de esos mundos, mientras usted lee estas líneas, científicos de física cuántica y expertos en energía nuclear, estarían investigando en un centro en Lubia, mientras que en este mundo lo hacen ingenieros y expertos en energías renovables.

Hace cincuenta años, en pleno final del franquismo y en los inicios de la Transición, el Gobierno aprobaba el llamado Centro de Investigación n.º 2. Era una inversión prevista de 4.500 millones de pesetas, en un momento en el que un piso no alcanzaba el millón. El proyecto dependía de la entonces Junta de Energía Nuclear y respondía a un modelo internacional reconocible: laboratorios, instalaciones experimentales y equipos científicos integrados en el desarrollo del programa nuclear civil.

Nunca se construyó. Pero su mera existencia sobre el papel activó algo inédito en la provincia: un debate social amplio, transversal y muy áspero. Fue la gran contestación social de la provincia y muchos recuerdan que no ha existido otra igual.

Aquí es donde la memoria de Tito Carazo adquiere un valor singular. Hijo de Fidel Carazo —alcalde de Soria en el 76, senador en el 77 y periodista, y una de las voces más enérgicas a favor del "sí"—, cuando se aprueba el proyecto, él está a las puertas de la universidad, en un momento vital en el que se define una mirada propia sobre el mundo.

Carazo observa el debate desde una posición privilegiada. Por un lado, vive en casa los argumentos de su progenitor a favor del proyecto: la apuesta por la ciencia, la inversión, la posibilidad de transformar estructuralmente la provincia. Por otro, percibe en la calle y en el ambiente social el rechazo, el miedo y la movilización que despertaba todo lo relacionado con lo nuclear. Su recuerdo está marcado por esa tensión entre dos relatos enfrentados.

El comienzo de una discutida historia

Tito sitúa el momento con precisión: sexto de bachillerato entonces en el Instituto Machado. "Era el 76, lo tengo clavado", explica a Soria Noticias. En los albores de aquel proyecto fallido, un grupo de alumnos viaja a Madrid para visitar el centro Juan Vigón, referencia de lo que podía llegar a ser Soria. "Allí me di cuenta de que lo que se hablaba en Soria no era ninguna película de ciencia ficción", recuerda. Aquella visita —entrar en un reactor experimental, observar de cerca una instalación real— actuó como un punto de inflexión personal. Lo que hasta entonces era objeto de discusión política y social adquiría forma concreta.

Ese contraste entre lo imaginado y lo tangible es clave para entender el clima de la época. Porque, como subraya Carazo, el conocimiento sobre lo nuclear era limitado, pero las expectativas eran altas. "Los objetivos de la sociedad eran otros", explica. Parte de ella tenía una cierta fe en la capacidad de la ciencia para transformar territorios. En su casa, esa idea se vivía con claridad. Su padre defendía el proyecto no tanto por la energía en sí, sino por lo que arrastraba: inversión, conocimiento y una posibilidad que en Soria siempre ha sido esquiva, la de fijar población. "Hubiera sido una forma de anclar ese éxodo", apunta. La provincia venía de perder habitantes de forma acelerada, "del 60 al 75 de aquí se fue gente a patadas", dice Tito, y cualquier iniciativa de ese calibre era interpretada como una oportunidad estructural.

Manifestaciones "brutales"

Pero en sus recuerdos también introduce matices. "Cuando oías 'nuclear', no pensabas en investigación; pensabas en lo atómico", resume. Pronto, los partidarios del 'no' arguyeron en contra del proyecto la fabricación de una bomba atómica en Lubia. El paso de la investigación a la fabricación no estuvo nunca documentado, pero Soria Noticias ha confirmado la intención. La Transición no fue fácil y el primer gobierno de la Democracia con Adolfo Suárez como presidente intentó garantizar la, también, transición de las Fuerzas Armadas con la promesa de fabricación de un arma nuclear.

En este clima de inestabilidad política y militar y con la sociedad libre de participar activamente en la vida pública, el centro nº 2 de Lubia acabó funcionando como catalizador de una conciencia colectiva que hasta entonces apenas se había expresado por la censura del franquismo. "La sociedad había estado dormidita, aplanada durante décadas", recuerda Tito desde aquella percepción suya de los 16 o 17 años.

Pero la Dictadura había terminado en 1976. "La oposición al centro unió a gente de lo más diversa durante mucho tiempo", recuerda Carazo, en lo que identifica como las primeras grandes movilizaciones de la provincia, en democracia y de la historia. El debate superó lo dialéctico y provocó más de un altercado. "No ibas preguntando por ahí a la gente lo que opinaba sobre nuclear 'sí' o nuclear 'no', ¿para qué ibas a hacerlo si creaba división?", reconoce Tito Carazo, consciente de que "aún hoy hay grandes desacuerdos en este tema".

Así lo recuerdan aún muchos. "Las manifestaciones fueron brutales, las mayores que he visto yo en Soria", rememora una zaragozana recién llegada a Soria en aquellos años. Es una de las muchas voces consultadas para este reportaje. "Una, sobre todo, la tengo grabada a fuego en la memoria", explica a Soria Noticias. Y es que el 'no' a una Soria nuclear aún permanece en la memoria histórica de muchos hogares sorianos.

Ese despertar social, sin embargo, fue breve. A medida que avanzaba la Transición, el foco de interés se desplazó. "Estábamos en un sobresalto permanente en aquellos años", recuerda Carazo: cambios políticos, incertidumbre institucional... En ese contexto, el centro nuclear dejó de ser abanderado de las protestas. Además, pronto se vería "que no iba a ir a buen puerto y desapareció de la conversación".

¿Cómo hubiera sido Soria si hubiera triunfado el 'sí'?

A partir de aquí, la efeméride de los 50 años transcurridos da pie a un ejercicio puramente imaginativo. ¿Cómo hubiera sido Soria si hubiera triunfado el 'sí'? Y entramos en el terreno de las distopías y utopías, más propias del género cinematográfico o televisivo, pero vamos a lanzarnos a ellas.

Dando crédito a los argumentos a favor del 'sí', el escenario más favorable podría hacernos pensar en que la implantación del centro habría generado varios centenares de empleos cualificados, además de actividad indirecta en servicios y construcción. En una provincia con escasa base industrial, ese tipo de infraestructura hubiera podido actuar como foco tractor: atrae talento, favorece la colaboración con universidades y genera un pequeño ecosistema tecnológico. No habría revertido por completo la despoblación, pero sí podría haberla amortiguado en su entorno inmediato.

Tito Carazo introduce aquí una hipótesis que en su momento circuló a favor del 'sí' y que él oyó defender a su padre en casa: la posibilidad de articular una universidad en torno al centro. No una gran institución generalista, sino un polo especializado, vinculado a las ciencias físicas. "Por tamaño, Soria podría haber funcionado como ciudad universitaria", reflexiona desde la perspectiva del tiempo. La idea no es menor: conecta con una de las debilidades estructurales de la provincia, su dependencia histórica de centros académicos externos.

¿Una provincia con probetas y batas de laboratorio?

Ese posible desarrollo habría tenido efectos en cadena: diversificación económica, atracción de estudiantes, llegada de proyectos de I+D. En términos simbólicos, también habría modificado la imagen exterior de la provincia, incorporando la ciencia y la tecnología a un relato tradicionalmente vinculado al paisaje y la despoblación.

Pero el propio testimonio de Carazo introduce límites a la utopía. El primero, social. La oposición al proyecto fue real, y previsiblemente habría crecido con el tiempo. Carazo recuerda cómo el debate derivó con el tiempo: dejó de hablarse de centro de investigación para hablar, directamente, de centro nuclear con el añadido de los rumores sobre la fabricación de la temida bomba. La simplificación del nombre de la instalación en boca de los ciudadanos no es menor; condiciona la percepción y alimenta la polarización.

El segundo hubiera venido condicionado por la política energética nacional. La moratoria nuclear que llegó a España a medida que avanzaban los años 80 habría afectado de lleno a un centro de estas características, generando incertidumbre sobre su continuidad. En un territorio periférico, esa dependencia de decisiones externas habría sido limitante.

Hay, además, una reflexión de fondo en el relato de Tito Carazo, que añade a sus recuerdos los conocimientos adquiridos en estos 50 años: la distancia que separa a las expectativas de los resultados. "Ha habido muchos intentos de presentar Soria como tierra de oportunidades", señala. "El centro nuclear fue uno de ellos, pero no el único".

Con todo, Carazo introduce un elemento que matiza cualquier idealización: el hecho de que la provincia, al no acoger determinados proyectos, también evitó algunos riesgos. "Soria no ha sido lugar de instalaciones contaminantes", viene a decir, en referencia a otros intentos posteriores, como la vitrificadora que se quiso instalar en los años 90 en Monteagudo de las Vicarías. Su lectura conecta con el modelo socioeconómico actual, más vinculado a lo ambiental.

El debate, medio siglo después, podría seguir abierto. Juguemos, pues, a imaginar con los argumentos que en su día dieron defensores y detractores del proyecto y que hoy duermen en las hemerotecas.

Dos guiones televisivos, dos Sorias posibles

Pero el mismo punto de partida —1976, la aprobación del Centro de Investigación n.º 2— tendría otros dos desarrollos distintos. El primero, a modo de una utopía con la filosofía de 'Star Trek', con un futuro optimista enfocado en la exploración y la ciencia. Otro, como una distopía oscura y triste, como 'El hombre en el castillo', donde la etiqueta de 'nuclear' limita la imagen de Soria. El multiverso nuevamente está servido.

La utopía de una Soria que apostó por la ciencia

Imaginen... Finales de los 70. Entre Lubia y Almazán se levanta un centro de investigación nuclear. No es una infraestructura masiva, pero sí suficiente para cambiar inercias: cientos de empleos cualificados, laboratorios en funcionamiento, técnicos y científicos instalándose en la provincia. Aquella Soria de 109.000 habitantes de 1976 no crece de golpe, pero deja de vaciarse al ritmo en el que lo ha hecho.

Un ecosistema que prende. Alrededor del centro empiezan a aparecer servicios, empresas auxiliares, colaboraciones. La provincia entra —aunque sea de forma modesta— en la red nacional de investigación energética.

Lo que en casa de los Carazo se intuía como posibilidad —ciencia, formación, universidad— empieza a cobrar forma.

La universidad que pudo ser. No una gran ciudad universitaria, pero Soria sí es un foco especializado. Estudios vinculados a la física, estancias, intercambio de conocimiento. Soria no es un campus, pero deja de depender completamente de fuera para formar perfiles técnicos bajo marchamo universitario propio.

Cambio de identidad. Décadas después, cuando llegan las renovables, el territorio ya tiene base. El relato también cambia: de provincia periférica a nodo científico. No es una revolución, pero sí un desplazamiento: Soria también es tecnología.

La distopía de la Soria que convivió con el conflicto

"Nuclear". En los años setenta no significa investigación, sino riesgo. En el siglo XXI permanece esa percepción, sólo hace falta seguir las informaciones del conflicto de Oriente Medio. La contestación social, que ya fue intensa en la realidad, no se ha diluido: crece, se organiza, se mantiene durante décadas. Permanece viva.

El miedo se globaliza. Los accidentes de Three Mile Island (en 1979, el peor desastre nuclear en la historia de Estados Unidos) o el desastre de Chernóbil en 1986 amplifican la oposición en este medio siglo transcurrido desde la aprobación del centro de investigación nuclear. Movilizaciones, tensión política, fractura social. El centro no es solo una infraestructura, sino que genera un conflicto permanente que se va actualizando.

La etiqueta pesa. Aunque no sea una central, Soria queda asociada a lo nuclear. En una economía que también se apoya en el paisaje y el medio natural, esa percepción introduce fricciones: no bloquea el desarrollo turístico o medioambiental, pero lo condiciona.

Decisiones desde fuera. Llega la moratoria nuclear de los años 80. El centro entra en incertidumbre: recortes, redefinición, dependencia total de políticas estatales. La promesa de estabilidad se vuelve frágil.

Entre dos guiones

Ni utopía plena ni distopía absoluta. El escenario más probable habría estado en un punto intermedio: más oportunidades, pero también más tensión; más ciencia, pero también más dependencia.

Como resume Tito Carazo, desde esa doble mirada —la personal y la histórica—, "no se puede saber qué habría pasado". Pero sí se puede entender qué estuvo en juego.

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