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De profesión, alguacil: Serenos diurnos en la era wifi

De profesión, alguacil: Serenos diurnos en la era wifi

Actualizado 06/04/2026 07:13

No tienen farol, pero recurren a ellos ante cualquier problema. Controlan decenas de llaves, coordinan oficios y se han puesto las pilas con las nuevas tecnologías. Un oficio casi invisible, pero imprescindible en muchos pueblos.

Son las figuras que vertebran la vida de un pueblo. Guardianes silenciosos de la normalidad, solucionadores de imprevistos y el primer teléfono al que todos llaman cuando algo se tuerce. Son los alguaciles, aunque bien podríamos llamarles ‘serenos 2.0’, y su labor va mucho más allá de lo que se percibe a simple vista. En Covaleda, esa figura la encarna Vidal Herrero, de 58 años, quien desde 2016 se ha convertido en uno de los pilares de la vida municipal. En sus bolsillos guarda las llaves de todas las puertas de los edificios municipales, y es también él la persona que gestiona las redes sociales del Ayuntamiento. Autodidacta en la mayoría de sus facetas, nos descubre cómo es otro de esos oficios que, normalmente, pasan desapercibidos, pero que resultan imprescindibles.

Fijo y en su casa

Antes de convertirse en el hombre para todo del Ayuntamiento pinariego, este covaledense ya sabía lo que era trabajar duro. Dedicó años al sector de la construcción y, durante otros tantos, le contrataron en varias fábricas de madera, a menudo fuera de su pueblo natal. Igualmente, sabía lo que era desesperarse en su casa engrosando las listas del paro y esperando una llamada que se retrasaba más de la cuenta. Por ese motivo, cuando surgió la oportunidad, no lo dudó ni un instante y se puso a estudiar y prepararse para que esta no se le escapase.

Herrero llegó al puesto de alguacil tras superar un proceso de oposición que ponía a prueba conocimientos tan dispares como la Constitución y otras leyes, fontanería, electricidad o albañilería. Un reflejo de la polivalencia que el cargo exige. Encontrar este trabajo fue, para él, “todo un premio” y una forma de echar raíces definitivas con su familia en el lugar que lo vio nacer.

Sin embargo, asumir el rol no fue un camino sencillo. Tuvo que llenar el vacío dejado por su predecesor, Eusebio Herrero ‘Use’, al que más que querer, adoraban la gran mayoría de sus vecinos. Ganarse la confianza de todos ha sido un proceso gradual, un ejercicio de paciencia y buen hacer que ha ido construyendo día a día, llamada a llamada, puerta a puerta y problema a problema.

Ahora ya conoce todos los entresijos y, cuando se le pregunta qué hace un alguacil a Vidal le cambia la cara y se le escapa una sonrisa. Responde de forma sincera y directa: “De todo”. Su jornada oficial abarca desde las 8.00 de la mañana hasta las 15.00 horas. La real es mucho más amplia porque un alguacil nunca desconecta. “Todo lo que pide el alcalde, lo que piden los concejales, las asociaciones, todo lo que te puedas imaginar, eso es lo que hace un alguacil”, explica.

Además, su labor también ha debido adaptarse a lo digital y Vidal Herrero no solo actualiza la página web municipal o gestiona las redes sociales, también soluciona problemas técnicos o, por ejemplo, “instalo la conexión WiFi para las CEAS”. Incluso se encarga del “seguimiento de las quejas vecinales, de coordinar a los operarios para arreglar un bordillo levantado o de abrir las instalaciones municipales a cualquier hora. Todo el mundo recurre a mí”, afirma.

La cara B

La cercanía con sus vecinos, el trato personal, la satisfacción tras lo bien hecho... Su trabajo tiene muchas cosas positivas, pero estar permanentemente disponible tiene un coste personal. No oculta que, “aunque son pocas, hay veces en las que me he arrepentido”. El desgaste llega cuando la línea entre lo profesional y lo personal se vuelve casi invisible. “Estás tomándote una cerveza con tus amigos y estás quemado porque has tenido que ir el sábado a hacer cualquier cosa, y hay personas que te buscan para seguir insistiendo con cosas del trabajo”, relata con tono resignado.

La mayoría de los vecinos tiene su número de teléfono personal, lo que convierte cualquier momento de descanso en una posible interrupción. A esto se suman los llamados “arreglapueblos”, aquellos que, regresando a Covaleda por vacaciones, no dudan en señalar todo lo que, a su juicio, debería mejorarse. Herrero ha aprendido a manejar estas situaciones con una paciencia forjada a fuego lento. “Antes de contestar, hay que contar hasta diez”, bromea. Se considera a sí mismo el “cartero” cuando debe entregar notificaciones, ya sean buenas o malas, y asume las reacciones de cada vecino como parte del trabajo.

La prueba más difícil

De entre todos los desafíos a los que se ha enfrentado, “ninguno ha sido tan duro como la pandemia del Covid”. El recuerdo más doloroso tiene que ver con los entierros, pues debían realizarse en solitario para evitar contagios. “Íbamos cuatro trabajadores y el cura. La familia no podía bajar o, si lo hacían, eran pocos y se quedaban en la verja”, expresa emocionado.

A pesar de las dificultades, Vidal mantiene el compromiso con Covaleda. Tiene calidad de vida y un horario que le permite “disfrutar del monte, mi gran pasión”. Su deseo es servir a sus vecinos “hasta que llegue la jubilación” y “ver a mi pueblo progresar”.

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