Hubo un tiempo en que llamar por teléfono exigía paciencia, monedas sueltas y, a veces, abrigo. Hoy basta con sacar el móvil del bolsillo. En poco más de un siglo, Soria ha pasado de celebrar la conexión con Madrid como un acontecimiento a convivir con una conectividad casi total. La diferencia no es solo tecnológica: marca nuevas formas de relacionarse.
En abril de 1921 abrió una puerta que ya no se volvería a cerrar. Se establecía entonces la conexión telefónica con Madrid, que situaba a Soria en un mapa de comunicaciones que hasta entonces avanzaba con lentitud. Aquel logro, que se haría plenamente efectivo en 1925, fue vivido como un salto al futuro. Hoy cuesta imaginarlo, pero hablar con la capital era un acontecimiento.
Los primeros años de teléfono tuvieron algo de experimento y de privilegio. A comienzos del siglo XX, era caro, escaso y fascinante. Si uno se detiene a pensarlo, aún hoy, sin formación en tecnología, cuesta entender el 'milagro' del viaje instantáneo de la voz.
Pero el teléfono llegó antes de poder usarlo con Madrid. En 1915, cuando se inauguró oficialmente el servicio urbano en la capital (lo bendijo el abad de la entonces colegiata de San Pedro), apenas un centenar largo de abonados podían permitirse ese lujo. Pero, poco a poco, la red fue creciendo y extendiéndose a los pueblos, tejiendo una provincia que empezaba a escucharse a sí misma.
La llegada masiva a la provincia se produjo en la década de los 50. El teléfono llegó, entre otras localidades, a Sotillo del Rincón en 1950, a Vinuesa un año después, Berlanga de Duero y Ólvega lo empezaron a disfrutar en 1952, Muro de Ágreda en 1955, a Salinas de Medinaceli en 1958 y a Dévanos en el 59.
Durante décadas, el teléfono fue un objeto fijo, casi doméstico, ligado a un lugar concreto de la casa. Salvo para aquellos afortunados que apostaban por un largo cable con el que poder encerrarse en otra habitación.
Las conversaciones eran, entonces, públicas sin necesidad de salir de tu salón, con tus hermanos sobre el hombro para que colgaras porque esperabas una llamada. Eran tiempos en los que no había otra manera de quedar con los amigos.
Fuera de casa, las cabinas telefónicas marcaron una época. Eran refugio en invierno —un pequeño cubículo de cristal que protegía del frío soriano— y también escenario de urgencias: la llamada rápida, el "llego tarde a casa", el aviso inesperado...
Generaba ansiedad rebuscar monedas cuando no llevabas cambio suficiente, angustia en calcular el tiempo de la conversación o en esperar turno para llamar mirando de reojo al reloj.
Con el paso del tiempo, aquellas cabinas también se llenaron de pintadas, pegatinas y señales de abandono, hasta convertirse en un vestigio urbano.
Su desaparición ha sido silenciosa, pero simbólica. La retirada de las últimas cabinas, la del CUS, tan frecuentada por los estudiantes de principios de los 90, la de la Plaza Mayor, suprimida el pasado año, no fue solo un gesto práctico; cerró una etapa reconocible para varias generaciones.
El que fuera un "servicio universal" terminó en 2022, desplazado por el teléfono móvil que hoy cuenta con una penetración en la provincia del 99%, con 88.930 líneas de postpago, según la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC).
El móvil ha dejado de ser un complemento para convertirse en la forma principal —casi única— de comunicación, aunque el teléfono fijo resiste con 35.920 líneas (39,9% de penetración), apoyado en buena medida en su papel como base de la banda ancha.
La red fija no ha desaparecido: se ha transformado. Las antiguas líneas de cobre han dado paso a la fibra óptica, que ya alcanza casi 30.000 accesos en la provincia. Otras tecnologías, como el viejo ADSL, han quedado en cifras testimoniales.
Sobre esa infraestructura viaja ahora la voz, muchas veces a través de internet, en llamadas que ya no distinguen entre fijo y móvil.
En paralelo, la experiencia de buscar un número también ha cambiado radicalmente. Durante décadas, los hogares y negocios convivieron con los listines telefónicos: volúmenes pesados, de papel fino, que se actualizaban cada cierto tiempo. Las páginas blancas ordenaban nombres y apellidos; las amarillas, negocios y servicios.
Eran herramientas cotidianas, el 'google maps' del siglo XX, a medio camino entre el directorio y el mapa social de la provincia.
Hoy, han sido sustituidas primero por los buscadores de internet y, más recientemente, por consultas directas a la IA. La información ya no se busca: se pide.
Con el cambio tecnológico ha llegado también el cambio de costumbres. Antes se llamaba a un sitio; ahora se llama a una persona. Antes había horarios (se respetaban las horas de comida y cena, la siesta y las noches) y espacios; ahora la comunicación es continua.
Incluso el lenguaje ha cambiado: del "¿está…, se puede poner...?" al mensaje instantáneo, del número memorizado a la agenda digital.
Soria, que en 1921 celebró la llegada de una línea telefónica como signo de progreso, vive hoy inmersa en una conectividad total que ha borrado muchas de aquellas referencias.
Un siglo después, hablar sigue siendo una necesidad básica. Lo que ha cambiado es todo lo demás.
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